domingo, 6 de septiembre de 2026

Medicina. La necesaria mirada amorosa


 



    Si comparamos los recursos que tienen los médicos actuales para desarrollar su trabajo, en comparación con los de hace sólo un siglo, nos podemos maravillar legítimamente del avance habido en lo que constituyen los dos grandes momentos clínicos, el diagnóstico y el terapéutico. Esos logros han debido mucho al avance básico y tecnológico, con ejemplos como la aplicación del conocimiento de secuencias genéticas a la inmunoterapia, o de la Física a estudios de imagen de alta resolución, o la cirugía mínimamente invasiva.

    Se ha avanzado mucho en el conocimiento médico gracias al enfoque estadístico, que permite obtener inferencias relacionadas con cuestiones de gran calado como la eficacia de una terapia potencial o el carácter mutagénico de productos químicos, entre muchos ejemplos.

    A los jóvenes que desean ser médicos se les exige una alta calificación (no cualificación) preuniversitaria para poder iniciar una carrera que les supondrá bastantes horas de estudio, porque de correr más rápido que sus compañeros y a la vez competidores se trata, a fin de elegir una opción MIR prestigiada socialmente.

    Los especialistas son imprescindibles por su dedicación a áreas muy concretas en las que la concentración de casos que requieren estudios y tratamientos específicos es esencial. Las enfermedades raras son un ejemplo claro de esa necesidad.

    Pero esa necesaria especialización corre el riesgo de que el brillo curricular asociable a ella ensombrezca el incuestionable valor de la mirada generalista más habitual en médicos de familia, geriatras o incluso internistas, especialidad muy valorada antes de su disgregación en subespecialidades de órganos y sistemas. Tampoco en la práctica quirúrgica brillarán los cirujanos generales, sino más bien los que operan en campos que requieren recientes recursos tecnológicos o uso de técnicas vanguardistas.

    En este contexto han surgido cosas muy buenas, como diagnósticos precoces y curaciones novedosas que han contribuido a una mayor esperanza y calidad de vida. Ha sido muy importante en ello el acceso universal en nuestro país a un sistema sanitario público potente en recursos tecnológicos, aunque siempre mejorable.

    Pero no todo ha sido bondadoso en Medicina y hay factores que han influido negativamente en la concepción del ser humano. Uno de ellos, ya comentado es la pérdida de la mirada generalista y derivas asociadas, con el incremento de peregrinaciones inter-consulta. Otro, quizá el más relevante, sea el afán cientificista. Aspirando legítimamente a hacerse científica en todas sus ramas (incluso la Psiquiatría), la Medicina ha ganado en cientificismo lo que aparentemente ha perdido en humanidad.

    El cientificismo médico se nutre del olvido de que 
la Medicina, aunque beba de la tecnociencia, no es una ciencia a pesar de su carácter empírico. Y no lo es porque el conocimiento logrado en ensayos clínicos, estudios observacionales, metaanálisis, etc., siempre se topará con el caso por caso, con el sujeto real, que no será sólo un conjunto de órganos o la expresión de un genoma particular; no será algo, sino alguien, singular en la historia del mundo, con su único relato biológico, pero también biográfico, irreductible al término “caso”.

    La especialización desmesurada conduce a muchos pacientes a una peregrinación por múltiples consultas con sendas miradas a trozos de su cuerpo, cuyo número irá en crecimiento con sus edades. La medicalización excesiva de la vida no sólo permite felices diagnósticos tempranos, también facilita una yatrogenia asociada al ruido que produce. 

    Esa medicalización parcelada mira a regiones corporales delimitadas a través de instrumentos y ordenadores. Lamentablemente, el paciente en su singularidad también tiende a ser visto así, es decir, no mirado. Y, con esa carencia visual, se pierde también la palabra, presta a recoger sólo datos que serán dicotómicos o numéricos en una historia clínica digital de elaboración rápida. 

    Tal vez contribuya a una distancia real frecuente entre médico y paciente la pérdida de los elementos que fueron claves de la exploración diagnóstica pasada: la anamnesis detallada, la auscultación con fonendoscopio y el uso de las propias manos que cada vez palpan menos, quedando el “fonendo” como indicador de la profesión de quien lo lleva al cuello, y quedando las manos para tocar teclados. Así, la exploración se ha sofisticado, pero no todo son ganancias. Auscultar al paciente o palpar su vientre y ver su cuerpo aporta datos que pueden no haberse recogido por razones diversas con instrumentos modernos. A veces, la rapidez y compartimentalización desplazan una mirada antigua que no olvidaría la posibilidad de un cáncer metastásico en un trozo de cuerpo examinado por todos y por ninguno de “sus” médicos. También esa vieja proximidad exploratoria tiene algo de terapéutica por acogedora. Hace años se hablaba de “ponerse en las manos" de un médico concreto.
  

    Se han dado grandes avances en la relación médico – paciente, como las unidades de paliativos o de hospitalización a domicilio, la aproximación de familiares en áreas antes restringidas, como las pediátricas, las UCI, incluso quirófanos, pero, teniendo en cuenta lo anteriormente comentado, parece necesario un mayor grado de humanidad, de calmada empatía, en cuya manifestación hay médicos ejemplares, a la vez que otros no lo son tanto por más que los avale un amplio curriculum académico.

    Lo aquí comentado se hace más “visible” por el médico cuando pasa al conjunto de enfermos (la película “The Doctor lo ilustra muy bien) o simplemente pierde el status que le otorgaba la bata blanca que colgó con la jubilación. 

    Tal vez el curriculum básico del médico en formación incidiera favorablemente en la relación clínica si abarcara asignaturas humanísticas actualmente ausentes en los estudios de licenciatura.

    Si los ojos del médico y del paciente cruzasen con mayor frecuencia sus miradas en cada consulta, si el amor privilegiase aún más que ahora la relación clínica y fuera el principal ingrediente vocacional, la Medicina sería más humana de lo que ya es y, por ello, más eficiente.
  
 

sábado, 1 de agosto de 2026

Vasijas de barro.


Imagen tomada de Wikimedia Commons 

        A veces, uno se plantea el porqué del mal, especialmente cuando se suman distintos efectos adversos que inciden muy negativamente en el orden biológico o en el acontecer biográfico. Pérdidas reales y simbólicas generarán las consiguientes reacciones, muchas de las cuales tendrán carácter de duelo.


         “… Y líbranos del mal”. Eso decimos en el cristianismo al final del Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús, de la que tantas peticiones dan que pensar, como cuando lo que nos ocurre difiere mucho de lo que esperamos al pedir la protección divina contra el mal. Solemos ignorar que, aunque providente y omnipotente, Dios permite las contingencias naturales y el devenir histórico asociado a la libertad humana, cuyo resultado parece con frecuencia obra de los jinetes apocalípticos.


         Sería todo tan hermoso si no ocurriera este o aquel episodio que consideramos nefasto en nuestra vida...  ¿Dónde estaba Dios, omnipotente e infinitamente bueno? Es memorable la respuesta dada por Paco Umbral a una mujer que intentó consolarlo ante la enfermedad letal de su hijo (que indujo la redacción de “Mortal y rosa”) aludiendo a la voluntad divina. Son muchos los avatares de salud catastróficos que no distinguen creyentes de ateos y que parecen refutar el sentido de una petición sobre el mal a Dios, que consintió algo como Auschwitz, que permite el sufrimiento de pacientes oncopediátricos y de sus padres, que permite tantas cosas. Hans Küng escribió que "el sufrimiento desmedido, inocente, absurdo, no se puede comprender teóricamente, sino soportar prácticamente"

         Y, a pesar de lo anteriormente dicho, defiendo aquí y ahora, en el contexto del problema de la teodicea, la eficacia de la oración que acaba recabando que Dios nos libre del mal. Una eficacia que no siempre se nos muestra al cien por cien. No lo haré desde textos apologéticos sino desde mi limitadísima experiencia. Lo haré en el contexto de la segunda carta de S.Pablo a los Corintios. En ella no se ven milagros espectaculares, pero sí un auxilio divino que, con frecuencia, simplemente nos sostiene ante la adversidad. 

        Leemos: “Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.” (2 Cor 4. 7-10)

     “Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.” (2 Cor 4,16).

    Sería mejor, pensamos, que la oración cristalizara en la linealidad del "Pedid y se os dará" de Jesús (Lc. 11,9), pero Jesús también concretó mucho más que en esta sencilla frase lo que supone una oración realista, de fe auténtica. Y la pretensión de esta entrada en el blog, reside en asegurar que, desde mi modo de ver las cosas, percibo con frecuencia que Dios nos ayuda, si se lo pedimos, en modo similar al apoyo que proporcionó a San Pablo y muchos días constato que esa ayuda se dio, se da, muchas veces en que estoy apurado mas no desesperado. Sirva esta manifestación como testimonio de fe en el Amor (1 Jn, 4,8) cuando las cosas vienen duras y evitando cualquier comparación remota con San Pablo, gigante del cristianismo, más allá de la admiración por su vida y textos. 

           Como curiosidad un tanto marginal, es interesante recordar que, con una perspectiva de no – dualidad, la vasija de barro sea núcleo metafórico en los Upanishad. La intuición de lo Verdadero en esa fuente remite al momento en que la vasija se rompe: su espacio interior se funde con el exterior.

jueves, 4 de junio de 2026

Sobre “Magnifica Humanitas”

 



Imagen obtenida de Wkimedia Commons


    La reciente encíclica del Papa León XIV es un texto luminoso, necesario, que no se presta fácilmente a argumentaciones en contra de su contenido, porque ya las ha previsto y las responde con elegante claridad, sostenido por su conocimiento humanístico.
 
    Estamos ante el resultado de un trabajo que apunta de principio a fin a los efectos de la digitalización creciente, como la IA, no sólo bondadosos sino también inquietantes, en las grandes esferas de pensamiento, deseos y acciones humanas.

    Cualquier argumento por mi parte para inducir a la lectura de “Magnifica Humanitas” sería superfluo. Sólo quiero subrayar que es un texto redactado desde el espíritu del cristianismo, religión del Amor, que atraviesa y guía toda la encíclica, realzando con la sencillez del evangelio de Marcos el rigor con que se ha realizado.

sábado, 9 de mayo de 2026

"Hágase tu voluntad"

 





Imagen obtenida de Wikimedia Commons
           

“Ha llegado la hora, Señor,
De mirar a la cara la vida
Según tú, no según nosotros.”
                                    (François Cheng)
 
    Jesús dijo “Pedid y se os dará” (Mt.7,7), lo que sostiene la plegaria petitoria, compatible con la adoración contemplativa. También enseñó la oración del padrenuestro, que podemos rezar mil veces sin reparar en su contenido, especialmente una petición, “Hágase tu voluntad…” (Mt. 6,10). Esa súplica resonaría en Getsemaní, cuando Jesús, que sudó sangre ante lo que se le venía encima, la expresó (Mt.26,39). Sabía lo que podía implicar ese nuevo “fiat”. 

    La voluntad de Dios, invocada por Jesús, pareció acoger lo peor del ser humano frente al más inocente de los hombres. La voluntad de Dios fue, en apariencia, cómplice de asesinos, pero, tras la cruz, Jesús resucitó y el ser humano fue redimido. En Auschwitz Dios también pareció callar, pero vidas sacrificadas, como la de M. Kolbe o Edith Stein, lo hicieron presente. 

    Incluso en la vida corriente es relativamente frecuente oír, por parte de quien trata de consolar, que fue la voluntad de Dios la responsable de una muerte o de una catástrofe. A veces parece que la voluntad de Dios facilita lo contrario de lo que uno pide. Eso le ocurrió a Antonio Machado con la muerte de su esposa Leonor a muy temprana edad. El poeta clamó a Dios, en un verso bien conocido, “Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía”.

    ¿Podemos rezar “hágase tu voluntad” sin intuir un riesgo de que nos vaya peor en la vida por esperanza frustrada? ¿Un riesgo de que Dios nos envíe “pruebas”? ¿Por qué, a veces, parece que Dios no escucha nuestras oraciones?

    Decimos que se haga la voluntad de Dios, pero, desde una visión egocéntrica, no imaginamos que pueda concernirnos de un modo inesperado y “perjudicial”, precisamente porque es difícil o más bien imposible entender cómo conjuga Dios su omnipotencia con su amor. 

    Esa voluntad, a pesar de la omnipotencia divina, requiere la libertad humana para pasar al acto y que en un mundo humano se realice. 
Es la libertad humana la que permite el mal de la violencia y de cualquier defecto moral, pero también la bondad de la receptividad al deseo de Dios. Es la contingencia la que destruye, pero también lo que ha permitido la evolución biológica. Alfa y omega, el tiempo y su ausencia en Dios no son nuestro tiempo.

    Podemos seguir pidiendo la voluntad de Dios, cuya ejecución supone la legalidad física, la indeterminación fundamental, el azar esencial y el ruido y, para bien y para mal, la libertad humana. Al hacerlo, aceptamos las posibles reglas de juego coherentes. A Dios nos entregamos. Asumimos un Dios infinito en su belleza, de la que es pálido reflejo la maravilla de la creación, e infinito en su amor misericordioso al ser humano. A pesar del absurdo en que vivamos y nos haya penetrado. Un instante de lucidez puede bastar para una metanoia hacia el plan divino, algo que puede ser gratificante y tendrá también su dificultad para quien elige una puerta que será estrecha (Mt. 7,14). 

    Desde la referencia de Jesús, asumimos que tenemos una opción más allá de la ética esencial, y es ser acogidos por esa voluntad divina amorosa que pedimos, pues “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch.17,28), pudiendo ser instrumentos de Dios mismo y recordando, cuando estemos agobiados, la carta paulina a los filipenses: “Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo” (Flp 4,6-7).

miércoles, 15 de abril de 2026

Ex divina pulchritudine …


Imagen de "Wikimedia Commons"

 

            El astronauta de la misión Artemis 2, Victor Glover, dio testimonio de su fe con la Biblia en órbita y afirmando, antes de su inicio de tan extraordinario viaje espacial que “Necesitamos a Jesús, ya sea aquí en la Tierra o en órbita alrededor de la Luna”.


       Expresar la perspectiva religiosa de quien se embarca en una misión espacial no es nuevo, pero sí relevante de la relación entre lo que se observa y la cosmovisión del observador cuando éste se halla en un lugar tan especial como una órbita terrestre o lunar, cuando se está realmente fuera de "casa".

 

Nikita Jrushchov dijo "Gagarin estuvo en el espacio, pero no vio a ningún Dios allí" (no habiendo grabaciones, se discute si el propio Gagarin dijo eso; en cualquier caso, no parece que lo haya desmentido, cosa complicada en esos tiempos). John Glenn, que orbitó la Tierra, lo percibió de otra forma: “Mirar a este tipo de creación y no creer en Dios es para mí imposible”.

 

Dios no es demostrable a otros por astronautas ni por científicos, pero sí asumible personalmente como creencia y sentido de fundamento existencial. Si no se es agnóstico, asumir la existencia de Dios o negarla admite variedad de grados, modos e implicaciones.

 

El contenido de este blog ha ido abarcando, entre otras temáticas, la personal perspectiva de su autor sobre la fe, algo que ha sufrido pequeños cambios desde el inicio del blog. Supongo que, descartando cualquier afán proselitista, es habitual que, tanto si uno es creyente como si es ateo, incurra en el deseo de expresarlo. Tal vez sea así porque, en cierto modo, le va la vida en ello. La imagen aquí recogida me recuerda la belleza de una serie algo antigua, "Cosmos", cuyo autor, Carl Sagan mantuvo su perspectiva atea hasta el final de su vida. Isaac Asimov también fue inmune a oraciones por él al fin de sus días. 


No es fácil ser creyente ni lo es ser ateo,  y se da una amplia variedad de modos en ambas posiciones. John Gray escribió un interesante texto sobre "Siete tipos de ateísmo". Es también muy variable la relación entre creencia y biografía, dándose "conversiones" entre posiciones antagónicas. 


Escribo esta entrada desde el impacto que me produjo la imagen de la Tierra desde la órbita lunar, similar a las fotografías tomadas desde el mismo suelo lunar por Armstrong y Aldrin en la misión Apollo 11 de 1969. Un impacto visual que me evoca otros ocurridos desde mi adolescencia y que tuvieron que ver con la mirada científica en general, principalmente física y biológica. Estudiar era mirar a la belleza de la complejidad, del juego de legalidad física y contingencia, a la inconcebible pero real grandeza del universo. Y, a veces, algo como la maravilla de una simple mitocondria suponía un instante sencillamente extático, de tal modo que la existencia de un Dios estético y amoroso se convertía en evidencia esencial, acogedora, suficiente.


A esa evidencia se sumó la fascinación por el Jesús de los Evangelios como referencia fundamental ante la vida y la muerte, es decir, ante la vida (como diría François Cheng). Esta perspectiva, que considero un don, más que el resultado de indagación histórico – teológica, ha permanecido, a pesar de avatares biográficos que todos sufrimos de un modo u otro y hacen que el problema de la Teodicea surja con una frecuencia prácticamente inexistente en la juventud. 


Gracias a Dios, tengo muy buenos amigos ateos, que curiosamente enriquecen desde su óptica mi limitada fe cristiana, mi confianza en la Belleza.


Ver nuestro planeta así, pequeño y hermoso (a mayor distancia sería un punto azul en el cielo, como diría Sagan) detiene el pensamiento, dejando sólo que hable la mirada a un lugar de tantos, pero el único del que a día de hoy sabemos que alberga vida y consciencia y, sobre todo, belleza.

 

Es esa belleza, observable a todos los órdenes de magnitud que la tecnociencia permite, es la belleza en general del universo observable y de la vida que alberga un poco de tierra, un pez, una flor, del vuelo de las aves y sus migraciones, del orden inscrito en los cloroplastos y en la doble hélice genética… Es la belleza de la propia dinámica evolutiva de la vida… Es el juego de dados divino... Es tanta la belleza observable en un pequeño planeta visto un poco de lejos (esta vez a 1,33 segundos luz)…

 

... Que sigue siendo factible, inducible, la mirada extasiada a tanta hermosura y, desde ella, asumir la existencia de la propia Belleza divina, de un Dios estético, que es Belleza misma y -Amor (1 Juan, 4:8) 


"Ex divina pulchritudine esse omnium derivatur" 

 

           

 

jueves, 29 de enero de 2026

Un trocito de arcoíris. Acompañar en depresión.


Fotografía tomada por el autor del blog
 

"Y Dios añadió: Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra". (Génesis 9, 12-13)


 

         Sabemos, desde que Newton lo explicó, de la naturaleza física – geométrica básica que se da en el bello fenómeno del arcoíris. No sorprende que Dios mismo lo eligiera como señal de lo mejor, su alianza con nosotros.

 

         Las furias meteorológicas, tiñendo de gris el paisaje, evocan e incluso amplifican la intensidad de las tormentas anímicas y su oscuridad.

 

         La alianza con Dios a escala individual, singular, puede traducirse, religiosamente, en confianza (“Jesús, en ti confío”) cuando el terremoto anímico que supone acompañar a quien sufre depresión parece inacabable. Aunque con un matiz terrenal, la esperanza de curación evoca, desde la fe religiosa, a la esperanza que alababa Sta. Teresa o la confianza de Sta. Teresita (ambas proclamadas doctoras de la Iglesia). “Spes non confundit”.

 

         Regalo de gracia divino, en el que podemos crecer, mantener la esperanza es la parte difícil de la fe como “fides”. No guarda relación alguna con ser o no optimista. Es optar por la “niñita esperanza” de Péguy, “pequeñita” entre las otras virtudes teologales. Hay, con respecto a la confianza en Dios una hermosísima oración de Teilhard de Chardin, “Adora y confía", que sostiene la esperanza a pesar de los pesares.

 

         Lo peor de la depresión es la gran expresión de lo absurdo. ¿Por qué ocurre y de modo prevalente? ¿Por qué parece haberla mantenido la selección natural? Cuando se interioriza, activando mecanismos de mantenimiento o amplificación endógenos, la pobreza de los fármacos se muestra no pocas veces ante algo que parece demoníaco, como decía Andrew Solomon. El propio transcurrir temporal se perturba según la afirmación adecuada de ese autor: “Cuando uno está deprimido, el pasado y el futuro quedan por completo absorbidos por el presente”. De la importancia de vivir el momento presente, se pasa del peor modo a morir en él. Del insensible calendario se eliminan meses y más meses como tiempos muertos ante la pobreza del conocimiento actual para enfocar adecuadamente el problema de la depresión, su naturaleza, cómo prevenirla y la investigación necesaria para lograr tratamientos y marcadores realmente eficaces.

 

Acompañar a un ser querido que padece depresión tiene riesgos, pero también potenciales efectos benéficos en quien acompaña. La salud puede resentirse, siendo lo peor la posibilidad, muy alta, de contagio. La soledad real y sentida se acrecienta dificultando cualquier lazo social más allá de breves paréntesis en los que la desconexión de lo real casero es difícil.

 

Y, sin embargo, esa compañía, dura, da qué pensar. La presencia cercana no sólo puede ser benéfica para quien sufre. También es ocasión de purificación del acompañante en el mejor de los sentidos, si opta por lo que, sin desearlo, la propicia, una prueba de amor, probablemente muy débil en comparación con todas las muestras de amor que el acompañante ha recibido de la persona acompañada, de forma cotidiana y callada a lo largo de muchos años, como algo sencillamente normal.

 

Aceptar esa posibilidad desafiante, brindar una compañía que trata de vencer inercias y ser más justa y amorosa, tal vez proporcione una mayor benevolencia cuando caiga la tarde, esa en la que, según S. Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor.