Mostrando las entradas para la consulta Solomon ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Solomon ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de diciembre de 2023

Depresión. 2. La necesidad de contarlo. 2.2. Andrew Solomon.


Imagen tomada de Wikimedia Commons

“Cuando uno está deprimido, el pasado y el futuro quedan por completo absorbidos por el presente” (A. Solomon. “El demonio de la depresión”).

 

    Llevamos unos cuantos años oyendo hablar o leyendo libros sobre la bondad del momento presente, de centrarnos en él. El mindfulness persigue ese objetivo y, con tal logro, el sosiego. Pero la afirmación que encabeza esta entrada la contraría cuando ese momento presente se da en el contexto de una depresión. Podrá haber nostalgia y culpa referidas al pasado y gran temor al futuro, pero el horror ya lo es en presente, en toda su crudeza de ser la muerte en vida misma o incluso desearla.

 

    Richard Gere protagonizó una película de 1993 (Mr. Jones) en la que encarnaba a un paciente con trastorno bipolar, algo terrible en sus dos polos, dándose en ambos una relevancia de la pulsión letal que, como hundimiento total o como alegría incomprensible, puede acabar del peor modo.


    En esa película se muestra la vida cotidiana (si vida puede llamarse a eso) en un hospital psiquiátrico, al que es ingresado el paciente en una de sus fases depresivas. El recinto que se muestra al espectador, muy probablemente inspirado en alguno real (no habría que salir de España), es ámbito de una infantilización e incluso una reificación del sujeto como no ocurre en prisiones. El final “feliz” de la película no parece muy creíble. 

 

    Y, sin embargo, la hospitalización psiquiátrica puede resultarle más llevadera, deseable incluso, a un paciente, que una vida normal, y mucho más aún si esta vida es más rica que la del común de los mortales. La celebración del éxito, por ejemplo, puede ser una tortura para quien atraviesa una depresión. Así le ocurrió al caso relatado en un post anterior, William Styron. Así le sucedió también a Andrew Solomon.

 

    Solomon tuvo tres crisis de depresión mayor. Como Styron y otros, se vio impulsado tras ellas (no habla de curación) a dar a conocer su caso. Lo hizo en un libro cuyo título es impactante, “El demonio de la depresión”.  En él trata, desde su propia experiencia, que describe en detalle, y la de otros, de explicar lo inexplicable y va más allá de lo fenomenológico, haciendo un excurso bibliográfico por la situación de la neuropsiquiatría y diversos modos de psicoterapia, incluyendo terapias alternativas. Su objetivo es la ayuda a otros pacientes que puedan verse aislados en ese círculo vicioso de soledad – depresión. 

 

    Solomon es consciente de las limitaciones terapéuticas de los psicofármacos (la lista de los que tomó es larga), pero esperanzado, a la vez que un tanto temeroso, en el avance farmacológico futuro.

 

    Un libro así enseña más que muchos tratados clínicos. Antes había secciones de revistas médicas relacionadas con los “Case report” (en las españolas conformaban la sección de “A propósito de un caso”); esas secciones fueron siendo marginadas por la triste moda de la “medicina basada en la evidencia”, que sólo tiene ojos para la estadística. El libro de Solomon es, en la práctica, un “case report”, el suyo. Desde su propia experiencia, compara su caso con el de otros amigos y conocidos, a la vez que indaga en la bibliografía médica, construyendo así un libro excelente para ofrecer una imagen viva de lo que supone padecer depresión. A la vez, a pesar del título de su libro, ve algo bueno en eso que muchos consideramos demoníaco; se trataría de una posible y peculiar protección contra la locura (cita a Kristeva al respecto). Pero sorprende que, sufriendo lo que sufrió, sostenga que “aunque parece extraño, tengo más confianza en mí mismo que la que alguna vez imaginé que podía poseer, lo cual hace que la depresión valga la pena”.

 

    Como Styron, como tantos otros, la depresión de cada cual es la suya propia, malamente comunicable, aunque comparta sentimientos y expresiones.

 

    La depresión es muy frecuente y, siendo así, cabe preguntarse, desde una óptica biologicista, ¿por qué la evolución ha favorecido ese cuadro en tantas personas de una tristeza angustiosa y de una inhibición paralizante, lo más común de un fenotipo tan mal definido? ¿Qué pasará cuándo dispongamos de fármacos realmente eficaces al respecto? ¿Sólo algo muy bueno?

 

    Mientras tanto, en el contexto de una gran ignorancia, libros como el de Solomon pueden ser de gran ayuda para contemplar y sostener, también en depresión, lo que parece imposible, la esperanza.

 

viernes, 2 de marzo de 2018

ANTIDEPRESIVOS. Los grandes números frente al dolor subjetivo.



“Pero el dolor mayor es ese dolor árido y agudo que aparece después de que todas las lágrimas se han consumido, el dolor que cierra todos los espacios que permiten el acceso al mundo y viceversa. Así es como se presenta la depresión severa”. 
(Andrew Solomon. “El demonio de la depresión. Un atlas de la enfermedad”).

Describir a posteriori lo que a uno le sucedió cuando estuvo en depresión parece un intento catártico y, a la vez, puede ser muy ilustrativo para quien no sabe lo que eso supone. Lo fenomenológico ha impregnado la Psiquiatría desde hace años y siempre precede a cualquier intento de explicación. Solomon ha escrito un extenso libro en el que, sin pudor, ha revelado todos los intentos terapéuticos, farmacológicos o alternativos, todos los estigmas y fracasos vitales que la depresión mayor puede suponer.

A veces, de un modo que parece asombroso, del pozo más oscuro uno no se conforma con salir a la superficie en la curación, y “gracias” a los medicamentos que de allí lo sacaron, va más allá, a las nubes de irrealidad que conforman la manía o la hipomanía, percibiendo que ha sido elegido por los dioses, tocado por el fuego divino, creativo, omnipotente. “Touched with Fire” es el célebre libro de una paciente que se hizo psiquiatra, Kay Redfield Jamison. A veces también, las fuerzas que se empiezan a recobrar en un tratamiento antidepresivo resultan fatales cuando propician el suicidio.

Los colores de la vida desaparecen en la depresión; sólo hay tinieblas, sólo el color asociado a la muerte, al luto, el negro. Luto por uno mismo. Churchill se refería a su “perro negro” cuando atravesaba episodios depresivos. Otros lo hicieron antes. En el contexto de la vieja medicina humoral, la depresión, la de verdad, era melancolía, μελαγχολία, bilis negra.

No hay nada que decir, no hay nada que hacer, nada que escuchar. Ni siquiera hay llanto. El tiempo se detiene, pero no para vivir el presente, sino para instalarse en una muerte en vida que no contempla pasados mejores ni percibe esperanzas futuras.

En 1956, Nathan Kline trató a pacientes deprimidos con iproniazida, un medicamento que parecía producir euforia en algunos enfermos con tuberculosis, para la que estaba indicado. Era lo que ahora se llama un IMAO. Un año antes, Roland Kuhn probó un medicamento proporcionado por Geigy y relacionado molecularmente con la clorpromazina, que había revolucionado el tratamiento de la esquizofrenia. Kuhn observó que tenía efectos antidepresivos; era la imipramina, el primer tricíclico. Después vinieron las importantes investigaciones de Julius Axelrod, y la farmacología sustentó, y parece seguir haciéndolo hasta el exceso, la hipótesis amínica de la depresión, llegándose al extremo de confundir lo anímico con lo amínico.

Al menos, algo había más allá que esperar o usar electroshocks. Unos medicamentos podían facilitar la salida del pozo de la depresión. Los efectos secundarios eran notables, especialmente con los IMAO, y había que esperar un tiempo de bastantes días para notar algún efecto terapéutico, cuando se notaba. Pero había al menos una posibilidad farmacológica de luchar contra ese “perro negro”. 


Esos medicamentos y muchos más que se fueron obteniendo después se llamaron y se siguen llamando antidepresivos. No siempre resultaban eficaces y tenían frecuentes efectos secundarios que hacían que muchos pacientes los abandonaran, pero, de repente, surgió un aparente milagro; apareció el Prozac, la fluoxetina y, a partir de él, un montón de antidepresivos más que eran mucho mejor tolerados. El Prozac inundó el mercado y hubo quien le llamó la “píldora de la felicidad”.

Al final, no fue tan maravilloso en su eficacia pero, en un primer mundo difícil (el tercero no está para muchas depresiones), el mercado de los antidepresivos de nueva generación creció prodigiosamente.

¿Cómo evaluar la eficacia de un antidepresivo? Parecería que la respuesta es similar a la que se da en otros campos de la Farmacología: realizar un ensayo clínico doble ciego, en el que se contrasta si un medicamento es superior a un placebo. Pero, en el caso de la depresión, como en el del dolor, hay un problema añadido y es que, a diferencia de un parámetro bioquímico, como la glucemia, o biofísico, como la tensión arterial, la depresión no es cuantificable. El punto final es necesariamente cualitativo; alguien mejora algo, poco, mucho, gana o pierde peso, se expresa o no... Ha de recurrirse a escalas ordinales, como la de Hamilton. Claro que no es lo mismo una puntuación ordinal que resume manifestaciones muy diferentes de un cuadro clínico, que una medida cuantitativa. A la vez, como en cualquier ensayo clínico, el tamaño muestral suele ser escaso, porque el número de pacientes con el que efectuarlo lo es al requerir cierto grado de homogeneidad. Otro elemento de interferencia, que no se da en el caso del dolor, es el prolongado tiempo de respuesta que precisa la acción de un antidepresivo, cuando ocurre, y que varía individualmente. Y, por si fuera poco, uno no es deprimido como se es diabético. No se es deprimido, se está deprimido, que es distinto porque la depresión suele acabar cediendo tarde o temprano en muchos casos por sí sola, aunque lleve tiempo. Finalmente, la significación estadística que arroja un ensayo clínico con resultado positivo sólo sirve si se acompaña también de una significación clínica, algo que no suele ser muy claro con los antidepresivos.

No sorprende, por todo ello, que los ensayos clínicos con antidepresivos arrojen entre sí resultados dispares. En realidad, no sólo ocurre con estos fármacos; las divergencias entre publicaciones son frecuentes. Eso ha inducido desde hace años a un trabajo de revisiones sistemáticas y a un análisis conjunto de múltiples ensayos, lo que se conoce como meta-análisis. En febrero de 2008, la revista PLOS Medicine publicó un meta-análisis  de 47 ensayos clínicos sometidos a la FDA para la aprobación de cuatro antidepresivos de nueva generación, fluoxetina, venlafaxina, nefazodona y paroxetina. Los resultados mostraron que prácticamente sólo hubo “una pequeña y clínicamente insignificante diferencia” entre fármacos y placebo en pacientes con depresión muy severa, atribuyéndose tal diferencia en estos casos a una respuesta disminuida al placebo más que una mejor respuesta al antidepresivo.

Frente a cierta idea de que los antidepresivos no valen para nada, sostenida en meta-análisis como el anterior, los medios de comunicación se hacían eco estos días de un gran meta-análisis que concluía que “los antidepresivos funcionan”. Dicho estudio se publicó en la prestigiosa revista The Lancet.  En él se evaluaron 21 antidepresivos mediante revisiones sistemáticas y meta-análisis en red. Los autores utilizaron 522 ensayos clínicos realizados entre 1979 y 2016, comprendiendo 116,477 participantes (29.425 de ellos tratados con placebo). Evaluaron tanto la eficacia como la tolerancia al tratamiento. En términos de eficacia, todos los antidepresivos fueron superiores al placebo, con “odds ratios” comprendidas entre 2,13 (amitriptilina) y 1.37 (reboxetina).

¿Qué podemos concluir? Los propios autores de este último estudio señalan la necesidad de tomar con precaución los resultados, dada la corta duración de los ensayos usados, y recalcan el hecho obvio de que se han fijado sólo en efectos de conjunto sin detenerse en variables clínicas y demográficas de potencial influencia en los resultados.

Hay además algo en lo que conviene fijarse. Estamos ante una forma relativamente novedosa de meta-análisis; lo es en red, implicando comparaciones tanto directas como indirectas y siendo controvertido su uso a la hora de tomar decisiones clínicas.

Sintetizando lo anterior, podemos concluir que los antidepresivos son más adecuados que el placebo para el tratamiento de la depresión, desde una perspectiva estadística, siendo la superioridad clínica relativamente escasa.

Un cientificismo creciente está optando en los últimos años por enfoques “Big Data”, entre los que podría incluirse el meta-análisis en red. Se trata de análisis de “fuerza bruta” que implican necesariamente convertir al sujeto en individuo muestral, algo muy útil en el ámbito de la epidemiología pero que puede ser muy negativo si se aplica a la mirada singular. Tal opción puede responder a preguntas muy simples pero de consecuencias poco eficaces. Los antidepresivos llevan ya usándose muchos años y no parece necesario reforzar con análisis masivos lo que los clínicos saben por su propia experiencia. Por otro lado, es dudosa la bondad de mezclar ensayos heterogéneos en multitud de variables, como todas las que pueden influir en la depresión (biológicas y biográficas) para responder a una pregunta dicotómica que tiene poco sentido al unificar un grupo heterogéneo de fármacos.

Un estudio como el recogido en The Lancet refuerza lo que suponíamos, que los antidepresivos pueden mejorar a un porcentaje de pacientes, pero poco más puede concluirse de comparaciones indirectas entre los distintos antidepresivos.

Un buen ensayo clínico puede ser más informativo que cualquier meta-análisis si éste no tiene en cuenta todos los factores que influyen en la multitud de ensayos analizados. ¿Habrá un retorno a la amitriptilina a raíz de este estudio, por su comparativa mayor eficacia o, por el contrario, reinará la fluoxetina por su mejor tolerancia?

Es sólo en el ámbito de la relación clínica en el que pueden utilizarse con mejor o peor acierto uno o varios fármacos antidepresivos, cuyo mecanismo de acción dista, por cierto, de ser claramente conocido, y cuya respuesta depende de aspectos singulares. Es en la clínica cuando los grandes números, que tanto fascinan ahora, caen ante el saber teórico y empírico del médico en su encuentro con el dolor subjetivo, algo que nunca llega a ser propiamente medible por muchas escalas que se usen.

La fascinación por los grandes números, por las aproximaciones “Big Data”, y la difusión en grandes titulares de prensa de resultados simplistas, conducen, si decae el sentido común, a una robotización del ser humano en esta nueva oleada neomecanicista a la que asistimos.

viernes, 1 de diciembre de 2023

DEPRESIÓN. 1. Un problema nosológico.


Imagen tomada por el autor

“Cuando estás postrado por la depresión, tu sistema de recogida de información coteja sus datos y te informa de los siguientes hechos: 1) no hay nada que hacer; 2) no hay ningún sitio adonde ir; 3) no hay nada que ser; 4) no hay nadie a quien conocer.” 


Thomas Ligotti. “La conspiración contra la especie humana”.

 



No es fácil hablar de depresión, como no lo es nada que implique la subjetividad humana. 


El Diccionario de la RAE de la lengua, en una de sus acepciones, nos dice que la depresión es un “síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos”; es decir, se fija en dos síntomas esenciales y no sólo percibidos por quien los padece, sino también aparentes a un observador; se trata de la tristeza y de la inhibición. Podría decirse que, cuanto más afectado está uno por la depresión, mayor es el predominio de la inhibición sobre la tristeza y bien puede llegar a verse y a sentirse como muerte en vida.


A la vez, uno puede decir que está deprimido, o bajo de ánimo, o “depre”, siendo así que los demás perciben o no una causa aparente de ese estado. Hay también quien tiene propensión a una tristeza sin sentido, como sin sentido contempla también la vida; se suele hablar entonces de melancolía. Otros alternan episodios depresivos con una euforia patológica que abarca niveles de intensidad de menor o mayor grado (hipomanía o manía); se trata de la enfermedad bipolar. Es decir, cabe hablar de ser (melancólico), de tener (depresión) o de estar (deprimido). 


La tristeza no es el único elemento de una depresión, que puede asociarse a distintos grados de ansiedad, de angustia incluso, llegando a veces a los terribles ataques de pánico, terror que se amplifica por su brutal absurdo y que puede desencadenar una espiral horrible de terror al terror mismo que volverá en cualquier momento, sin sentido alguno. 


Ese estado variado y calificado con un único término, depresión, puede haber surgido en relación a un acontecimiento biográfico, como una pérdida. Es claro al respecto el habitual duelo tras la muerte de un ser querido, algo que es normal (a pesar de que se le pongan arbitrarios límites temporales). Pero también puede aparecer sin que ni el sujeto ni el clínico que lo atiende sepan de una “causa” desencadenante. Se habla o se hablaba de depresión endógena, en comparación con la exógena, atribuible a un episodio biográfico. Parece que la depresión es, demasiadas veces, más biológica que biográfica, a tal punto que hay una tendencia neurológica por parte de no pocos psiquiatras, con una incorporación progresiva de estudios de imagen cerebral. 


El diagnóstico adecuado parece imprescindible para la orientación terapéutica, empírica de momento, pero resulta difícil establecerlo de un modo “personalizado”.  Con todas las críticas de que es susceptible, hay que reconocerle al manual DSM, a lo largo de su evolución, la bondad de establecer, aunque sea con grandes limitaciones, criterios de consenso, algo que se ha logrado, aunque sea con mero carácter operativo y a la espera de que la perspectiva “RDoc” aporte más luz sobre el sufrimiento anímico y sus aspectos biológicos.


Pues bien, el DSM V nos dice que para hablar de depresión mayor “se requiere que cinco (o más) de los síntomas siguientes hayan estado presentes durante el mismo período de dos semanas y representen un cambio del funcionamiento previo; al menos uno de los síntomas es estado de ánimo deprimido o pérdida de interés o de placer”. 


Los síntomas del DSM son, cuando menos, curiosos. Por ejemplo, el número 3 valora de igual modo la disminución o aumento de apetito, como el número 4 equipara el valor de la hipersomnia al insomnio a la hora de “puntuar”.


Sin profundizar en disquisiciones añadidas, un simple cálculo combinatorio revela que el número de entidades englobadas con el término “depresión” sería, con el criterio DSM, 256. Es obvio que, aunque ese número sea rebajado por algún autor a 227, nos hallamos ante un problema de identificación y clasificación, en este caso, ante un serio problema nosológico: más de 200 fenotipos potenciales concebidos, en la práctica, como uno solo.

 

CLASES Y CAUSAS


No es menor la cuestión de clases y su relación con las causas.


La primera pregunta que uno se hace ante la contemplación de objetos, procesos, fenómenos, del mundo natural, es un “qué”. ¿Qué es esto? Y se podrá responder que un relámpago, un insecto o una planta, por ejemplo. Estamos en una fase de la historia científica en la que se ha avanzado notablemente en la clasificación. Ese paso, el de distinguir entre lo aparente, es el primero a la hora de tratar de entender algo, como respuesta a un porqué causal y al cómo o modo en que se manifiesta. La poderosa teoría de la evolución de las especies no sería factible sin una taxonomía previa. Del mismo modo, la clasificación y ordenación de los elementos químicos iniciada por parte de Mendeleiev en forma de tabla periódica, no sólo sugería orden en el comportamiento químico parecido o diferente entre distintos elementos, sino que permitió entender las propiedades de todos ellos cuando se postularon los orbitales cuánticos. También la teoría maravillosa de la cromodinámica cuántica con el pionero Gell Mann, guiado por su imagen del “óctuple sendero”, puso orden en el excesivo número de partículas subatómicas revelado en colisiones de hadrones.


Las clases preceden a las causas y éstas requieren a aquellas. Y sólo desde la comprensión causal será posible enfrentarse a la enfermedad, sea mental o no. 


Uno no se deprime porque sí. Algo pasa con su vida o en su cuerpo, algo que habrá que elucidar. Y eso no resulta fácil si no reconocemos que no hay depresión sino depresiones y tratamos de hacer una clasificación que aborde todos los elementos en juego, que abarcan desde el conflicto biográfico inconsciente hasta potenciales determinismos genéticos y alteraciones neurobiológicas. 


Seguir hablando de la serotonina, como elemento clave de cara a tratamientos parece una simplificación extrema e insuficiente.  


¿Dónde están las causas de las clases que se vayan descubriendo, hasta ahora unificadas en un término, “depresión” que dice muy poco? ¿En problemas existenciales, conscientes o inconscientes, incluyendo creencias religiosas o seculares? ¿En los genes? ¿En el cerebro? ¿En determinados virus? ¿En la interacción de varias? ¿En dónde, por qué y cuándo y durante cuánto tiempo?? En función de eso, podrían investigarse vías diagnósticas (marcadores), terapéuticas enfocadas a causas, y elucidar el valor de las que han sido obtenidas empíricamente, como el electroshock o los mal llamados anti-depresivos.


Algo claramente distinto es necesario frente a la inercia conservadora, a la parsimonia con que se trata actualmente ese “black dog” de Churchill, ese “Sol negro” al que se refirió Kristeva, ese “demonio” de Andrew Solomon.


Algo es urgente para luchar contra lo demoníaco que supone no ya la muerte en vida, sino que la vida misma sea vivida pero como puro absurdo. El carácter de urgencia nos lo proporciona un índice crudamente claro, el de suicidios. 


Probablemente este blog recoja, en futuras entradas, posibilidades abiertas por relatos “patográficos” y por investigaciones en campos filosóficos, psicológicos y biológicos para acometer las depresiones en general y, sobre todo, la de cada paciente en particular.

lunes, 16 de febrero de 2015

El extraño recuerdo de lo trivial

“Preguntóle Temístocles para qué servía aquel arte: respondió el maestro que para acordarse de todo; y Temístocles replicó: “Más te agradecería que me enseñases el arte de olvidar lo que yo quisiera””.

Cicerón. De Oratore 2, 299.

La memoria es básica para llevar una vida normal: abrocharse los botones de una camisa, tomar un bus, saber en qué día vivimos, quiénes son los que nos rodean… Lo cotidiano vive del pasado; lo sabido ahora, de lo aprendido antes.

No todo se recuerda porque no todo es ya importante o porque no lo ha sido nunca. A veces, aunque ahora no sirva, su valor emocional pasado, bueno o malo, hace de algo recuerdo imperecedero. La zona basolateral de la amígdala cerebral parece importante en ese recuerdo selectivo ligado a emociones. Un sentimiento biográficamente importante iría ligado a un baño adrenérgico interior al que serían sensibles adrenorreceptores localizados en el nervio vago que proyecta al locus coeruleus por medio de núcleos del tracto solitario. A tal punto los afectos del alma se encarnan, que se ha sugerido la atenuación de intensidad de un stress postraumático mediante propanolol u opiáceos administrados poco después de que eso que no debía producirse, el trauma, haya ocurrido. [1]

Al margen del recuerdo emocional, hay una memoria necesaria, la de todo lo que nos permite trabajar, una memoria que acumulará datos y esquemas operacionales adaptados a necesidades concretas de actuación laboral, sea como médicos, como taxistas o como cocineros. Y existe también la memoria dedicada a la actuación principal en la vida, la que rige el comportamiento ético y que se enmarca en el plano cultural en el que vivimos. Esa memoria ha sido conducida mucho tiempo por tradición oral hasta que nació la escritura. La historia ejemplar, el mito transmitido durante generaciones acabó así dando lugar a norma leída, a libros sagrados, y lo mítico y lo místico vivificadores cedieron al dogma extraño y al fanatismo letal. La letra sin alma acabó imponiéndose en muchas almas iletradas.

Parecería que sólo lo importante es recordado y que sólo una alteración profunda como la que ocurre en el autismo puede trastocar la priorización de recuerdos. La película protagonizada por Dustin Hoffman, “Rain Man”, muestra ese contraste. Muchos “savants” son perfectos ignorantes. No siempre la buena memoria, brillante en algunos aspectos, va ligada a la normalidad psíquica. En esas personas parece regir una mezcla extraña de sensaciones ligadas, algo conocido como sinestesia, por la que los números o palabras pueden percibirse no sólo visualmente sino también como sabores y olores. El gran Borges fantaseó con la posibilidad de una memoria exhaustiva, completa, la que reflejó en el relato de “Funes el memorioso”, de quien dice que “pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez”. En esa narración se alude a un modo de sinestesia: “Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc.” El protagonista, Ireneo Funes, acaba muriendo pronto y no sabemos cómo podría soportar su vida, pues destaca Borges que “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”.

Es ya un tópico decir que la realidad supera la ficción y ocurre que existen personas que recuerdan fuertemente a Funes. Solomon Shereshevskii fue una de ellas. Llegó a fascinar con sus demostraciones como mnemonista, recordando con todo su ser, pues los números eran para él personajes en acción y la apetencia por los alimentos dependía de cómo se le nombraran. Su prodigiosa memoria no le facilitó la relación social [2].

En el año 2000 una mujer llamada Jill Price le escribía al neurobiólogo McGaugh pidiendo ayuda. Decía literalmente que para cualquier fecha desde 1974 hasta el presente podía decir en qué día había caído, lo que estaba haciendo ese día y si había ocurrido algo importante en esa ocasión. McGaugh confirmó en su laboratorio tales afirmaciones y más tarde acabó encontrando unos cincuenta casos poseedores de lo que definió como memoria autobiográfica altamente superior (HSAM) [3]. Una memoria tan extraordinaria hizo que un locutor, Brad Williams, recibiera el apodo de “hombre Google”.

Son pocos casos los recogidos, pero indican algo llamativo: hay personas que guardan en su memoria todo lo trivial. Al margen de estudiar qué mecanismos fisiológicos subyacen a esa capacidad (parece que el fascículo uncinado, alterado en la enfermedad de Alzheimer, establece mejores conexiones en estos casos), es inevitable la cuestión heurísticamente finalista: ¿por qué se guarda lo trivial? No parece que en estos casos, a diferencia de personas como Shereshevskii, se den trastornos mentales; algunos suelen estar satisfechos de ese “poder”. Tampoco parecen más inteligentes ni dotados de mayor capacidad mnemonística. Dicho de otro modo, ese exceso de memoria ni les sirve ni les perturba 

¿Sería gente así la que pudo transmitir oralmente las grandes epopeyas antes de que surgiera la escritura? 




[1] McGaugh JL. Making lasting memories: remembering the significant. PNAS. 2013. 110:10402-10407.

[2] Yaro C, Ward J. Searching for Shereshevskii: what is superior about the memory of synaesthetes? Q J Exp Psychol (Hove). 2007 May;60(5):681-95.


[3] McGaugh JL, LePort A. Remembrance of all things past. Sci Am. 2014;2:41-45.

domingo, 26 de enero de 2025

Una mirada a la depresión





“No hay nada que hacer, no hay ningún sitio donde ir, no hay nada que ser, no hay nadie a quien conocer”.


(Expresión de Dick Cavett citada por Thomas Ligotti)

 

Oh Señor, haz de mí un instrumento de tu paz

Donde haya desesperación ponga yo esperanza,

Donde haya tristeza, ponga yo alegría.

(Oración franciscana)

 

            Si le preguntamos hoy al ChatGPT cuál es la prevalencia de la depresión en España, nos dice que “según datos del Ministerio de Sanidad, el 4,1% de la población sufre trastorno depresivo, con una mayor incidencia en mujeres (5,9%) que en hombres (2,3%). Esta frecuencia aumenta con la edad, alcanzando el 12% en mujeres y el 5% en hombres entre 75 y 84 años”. No es poca gente. Claro que depende de qué entendemos por “depresión” y resulta que estamos ante un aparente problema nosológico, pues habría rasgos mencionados por manuales, como el DSM, que se dan o no, formas que apuntan a la posibilidad genética, relación con enfermedades somáticas, duración, etc.


En realidad, la definición del DSM y las escalas ordinales (como la de Hamilton) de ese mal resultan poco operativas. En la práctica, sólo se sabe lo que es la depresión en singular, si se padece, si se acompaña a quien la sufre o si se da con la persona afectada una relación profesional (no sólo por parte de psiquiatras y psicólogos clínicos, también por médicos generalistas, sean de atención primaria o internistas y personal de enfermería). 


Ha habido autores que la definieron como demoníaca (Andrew Solomon, “El demonio de la depresión” o como algo realmente extraño, como hizo William Styron refiriéndose a “Esa visible oscuridad”  .


La mayoría de quienes están deprimidos no se refieren a esa enfermedad del alma y del cuerpo más que en pasado e, incluso así, recordando mal lo que se sufrió. Algunos hacen breves escritos antes de sucumbir a algo que siempre es potencialmente letal, como la carta de despedida de Virginia Woolf a su esposo. Otros se suicidan en paisajes idílicos, cuando todo parece sonreír, como a Boltzmann en Duino.


        A veces, la depresión alterna en un ritmo infernal con la manía o hipomanía, una fase de extraña y peligrosa alegría. Esos vaivenes de muchos “Touched with Fire”, como les llamó K.R. Jamison, que algo tan simple como el litio puede amortiguar gracias al experimento un tanto delirante de Cade, y su asociación a la creatividad, han facilitado una cierta “romantización” de la depresión, lo cual no deja de ser un tanto inhumano.


El sufrimiento psíquico puede asociarse a la creatividad (no es descartable una base genética común, de momento tan ignorada a pesar de los “Genome wide”), pero también se puede vivir siendo feliz y creativo. ¿De qué hablarían en sus paseos en Princeton Gödel y Einstein, ambos geniales y tan diferentes en su perspectiva de la realidad?


Hay quien se pregunta qué ocurriría si pintores, matemáticos, físicos o escritores que sufrieron depresión no la hubieran padecido merced a un tratamiento eficaz. Es la pregunta “What if” que se formuló Peter Kramer en su libro “Against Depression” y la concretó así en una de sus páginas: “What if Prozac had been available in van Gogh’s time?”La pregunta sugiere, en caso positivo, una acción curativa en la salud de van Gogh con efectos diferentes a los habidos sin tomar Prozac, en la obra producida. Algo análogo se podría decir de Kierkegaard, como se habló en una conferencia de Kramer en Copenhage. Pero es muy plausible que filósofos, literatos o pintores deprimidos que tomaran Prozac, se limitaran en un alto porcentaje de casos a engordar, adelgazar o, simplemente, a seguir como estaban antes de tomarlo, a no ser que les indujera a suicidarse. El Prozac y su familia posterior, en la que destaca actualmente el escitalopram, no son precisamente equivalentes en eficacia a los anestésicos generales para operar a alguien o los antibióticos contra las enfermedades bacterianas. Los efectos antidepresivos de los ahora llamados inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina son eficaces cuando lo son, en ausencia de marcadores que orienten prescribirlos. Hasta la hipótesis de su acción sobre una carencia serotonínica en determinados espacios sinápticos sigue siendo discutida, como lo es, en general la hipótesis monoaminérgica iniciada por Julius Axelrod.


Lo escrito hasta aquí es un mero contexto muy simplificado a tener en cuenta cuando se mira a la depresión. Lo que sigue será, más bien, un enfoque que tiene dos características: la pretensión fenomenológica y la marca subjetiva. Se trata de una mirada sesgada, para bien y para mal, por ser quien esto escribe médico, aspirante a científico, con interés filosófico de escasa base bibliográfica y con fe cristiana. Mi intento no es abarcador, no podría serlo en absoluto; trato sólo de dar una impresión en unas cuantas pinceladas.

 

Aparece la depresión. Se anuncia, porque es conocida ya. Y se niega; será un mal día, algo ha pasado, etc., hasta que el absurdo se muestra.


Pero el absurdo no lo es tanto. Diría que nunca se muestra claramente hasta que la enfermedad alcanza su plenitud. Hasta entonces, van creciendo la tristeza, la apatía, los días malos… Y se instala. ¿Por qué? La discusión entre el carácter endógeno y el exógeno me parece bizantina, antigua. Es cierto que hay una base genética con expresión biológica cuyo conocimiento nos retrotrae al hallazgo empírico casual de los antidepresivos IMAO y los tricíclicos, y al desarrollo de los "selectivos", “duales” y otros varios. Cuando se descubrieron los fragmentos de restricción de ADN como marcadores fenotípicos por parte de Gusella (con el importante hallazgo de su aplicación en el diagnóstico de la enfermedad de Huntington), se empezaron a buscar (previamente a la “caza” del gen implicado) en múltiples enfermedades mono y poligénicas, incluyendo la psicosis maníaco-depresiva (llamada ahora bipolar) con resultados negativos. Los estudios “genome wide” extendieron el panorama, pero no es predecible a día de hoy si aparecerá o no depresión en una persona a partir de marcadores bioquímicos, genéticos o morfológicos.


            Las “dianas” de los principales antidepresivos, la serotonina, noradrenalina y dopamina, distan de ser explicación necesaria y suficiente. Pero, dicho todo esto, es obvio que hay personas bipolares, las hay distímicas, otras con tendencia mayor a la depresión, incluyendo muchas que no saben por qué les ha caído en su vida tal desgracia, potencialmente letal, y a veces, cuando, desde la mirada de los otros, todo les sonríe.


            Asumiendo que hay un substrato biológico a la depresión, sostengo que, salvo experiencias directas con fármacos, alguno usado hace muchos años, como la reserpina, todas las depresiones (exagerando algo), incluyendo las endógenas, son, en su inicio y probablemente en su mantenimiento, exógenas y, simplificando, ligadas a una pérdida real (de un familiar, de un trabajo, de un país, etc., lo que acarrearía más bien situaciones de duelo) o simbólica, que ya es otra cosa, más oculta. Ahora bien, la respuesta al dolor exógeno puede amplificarse del peor modo por mecanismos biológicos que escapan ya al control consciente y que requerirán tratamiento, por defectuoso que éste sea.


            Es decir, el conflicto biográfico se amplía y se perpetúa por mecanismos bioquímicos mal conocidos. La biografía sucumbe entonces a la biología. No basta eso para asumir sin mayor evidencia que la actual la teoría monoaminérgica necesita muchos más resultados para pasar de hipótesis a tesis. No se ha atendido aparentemente a su posible falibilidad popperiana.


            Hay que reconocer, no obstante, que son muchos los pacientes que, sea por efecto real o por efecto placebo, mejoran con psicofármacos.  Hubo dos grandes meta-análisis al respecto con resultado global contradictorio  y, de ellos, es muy citado el más reciente, del grupo de Cipriani.


            No se puede descartar el recurso a psicofármacos, la mayoría con indeseables efectos secundarios, casi todos ellos con períodos de latencia agobiantes, y que pueden mostrarse inútiles tras un prolongado tiempo de administración. Pero es lo que hay y también valiosas experiencias personales, con independencia de meta-análisis.

            

            Hay algo que me parece, esto es impresión subjetiva, interesante tener en cuenta. El mercado de los psicofármacos para la depresión y la ansiedad no parece precisar tanta I+D para mantenerse. Lo que hay se vende muy bien porque no hay otra cosa y no parece darse, a pesar de existir, un estímulo para la investigación en este campo. Algo parece ir mal cuando una terapia ya antigua como la electroconvulsiva mantiene cierto vigor. Por sus connotaciones psicodélicas, la psilocibina o la esketamina, por ejemplo, no parecen muy atractivas en investigación. No facilita las cosas tampoco el contar con mediocres modelos experimentales o que, en ensayos clínicos, los integrantes de un placebo puedan reconocer su grupo de asignación por presencia o ausencia de efectos secundarios concretos. 

          La depresión es el gran absurdo vital. Hasta el deprimido se pregunta el porqué, como hacía Styron cuando fue premiado, esas cosas que ocurren, o no, una vez en la vida. Y más lo hará quien lo presencia. ¿Por qué? ¿Por qué, si hay enfermedades “de las de verdad”, terribles, que no deprimen necesariamente a personas que las padecen? ¿Por qué ese sufrimiento sin sentido, perdiendo la vida y su color en él? Alguien es admirado, la vida no le puede ir mejor a los ojos de los demás, es un triunfador y lo sabe, pero no basta para desplomarse ante el poder del absurdo. Tenemos clarísimos ejemplos de famosos autolíticos (por suicidio o por consumo de drogas).

 

La depresión se hace corpórea. A la depresión, a ese demonio, no le basta con mostrarse como perturbación mental. Como un cáncer agresivo, se corporeiza, amplificando los males del cuerpo y somatizando otros nuevos. La queja no es ya de tristeza, de inhibición o incluso claramente de depresión, sino de fatiga, de dolores articular, precordial, gástrico…, de temor a enfermedades incurables (Styron decía que su depresión se había iniciado con abundantes notas hipocondríacas). Temor incluso a una muerte próxima, inminente.


El paciente podrá optar por acudir a distintos médicos que elegirán, en general, entre dos opciones extremas, decir que todo es depresión o, por el contrario, fijarse sólo en la semiología orgánica y atenderla o derivar al paciente a otro especialista. Y ocurre que “in medio virtus”, pagándose caros los excesos y los defectos diagnósticos.


En la depresión, especialmente en personas mayores, se echa mucho en falta la perspectiva generalista.

 

La depresión es contagiosa. El día 13 de enero fue el día mundial contra la depresión. A la vez, también fue el día mundial del chicle. Sin duda, una casualidad, pero que, sin pretenderlo, alude a un elemento común; como el chicle, la depresión es pegajosa. Contagia sin aparente necesidad de germen infeccioso (aunque se haya barajado esa hipótesis hace años). 


El grado de contagio se relaciona con la proximidad espacial y el tiempo de su duración. Depende del contagiado, pues no es lo mismo ser próximo localmente que emocionalmente. Y el contagio se produce paradójicamente donde uno se protege de enfermedades que son contagiosas por microbios, en casa. La casa se hace lugar de recuerdos, micro-clínica con sus termómetros y tensímetro y con los nuevos fármacos y registros si proceden, con internet para leer prospectos enciclopédicos e interacciones posibles. No suelen hacerse búsquedas de otros pacientes. Hay asociaciones contra las enfermedades mentales, pero no propiamente de depresivos. ¿A quién, con depresión mayor, le interesaría conocer a gente sufriendo el mismo absurdo?


Hay más bien la tentación de refugiarse en casa, donde uno no es visto. Como en otros tiempos la lepra, la enfermedad mental está mal vista, aunque su alta prevalencia vaya favoreciendo la desaparición de estigmas clásicos. Pero algo permanece y es el propio paciente deprimido quien se autoestigmatiza recluyéndose en casa o paseando sólo por lugares muy concretos y pequeños de la ciudad en la que ya no habita, sino que sólo vive.


Se sigue otorgando al deprimido una autonomía de la que carece por su enfermedad: “Anda, anímate” sigue siendo un consejo sencillamente estúpido como lo sería aconsejarle a un paciente que generase más neutrófilos (algo simpático que presencié).

El cuidado. 
       La soledad no deseada crece de modo imparable y destaca más en las ciudades por su contraste con el ajetreo juvenil en calles y lugares de ocio. Hasta la televisión es esencialmente joven y “alegre”, exceptuando los macabros telediarios.


Una persona deprimida sola puede, si su enfermedad lo permite, hablar o escuchar (conversar es más difícil) con cuidadores profesionales, que son del ámbito sanitario o con asistentes sociales. También con personas vistas de forma cotidiana. ¿Cuánta gente “incordia” a quienes esperan a que acabe su única charla del día con el tendero, con el único interlocutor de meras palabras vacías que tiene?


Y los profesionales del cuidado, aunque vayan a casa, no son de casa.


Es curioso. El término “cuidado” está descuidado. No cometeré la osadía de comentar la importancia que Heidegger concedió a “Das Sorge” y me limitaré sólo a lo que concibo como cuidado de la depresión.

 

Se trataría esencialmente de estar atento y resolver problemas que la enfermedad acarree, sean de salud o de cualquier otro tipo. Escuchar, ser receptivo a la queja perenne, al absurdo que muestra, a la resistencia a cualquier razonamiento… 


Eso sólo puede hacerse por amor a la persona enferma y, si uno cree en Dios como Amor, con Jesús como Amor Divino encarnado y resucitado, puede bastar con pedirle a Él fortaleza y serenidad, con pedirle que ayude a ayudar. Cabe así sostener una difícil desesperación esperanzada. 


Se habla del cuidado del cuidador, pero eso es una entelequia más allá del recurso a necesidades de mantenimiento propio incluyendo el médico, más allá de contar con pocos y buenos amigos con quienes, eso sí, la comunicación es facilitada por el teléfono y los medios electrónicos; a veces, raras al no haber ya tiempo propio, con un breve encuentro. Sólo se cuida al cuidador si éste no es único y comparte el cuidado del enfermo con otro familiar. El grado de soledad de la civilización actual conduce a que el cuidador de alguien lo sea también de sí mismo. Quien cuida cotidianamente a un familiar deprimido, acaba a su vez adherido a ese agujero negro mental llamado depresión. Ya sabemos que nada escapa de un agujero negro físico y por eso acercarse a su horizonte de sucesos es peligroso. También ocurre con la depresión; quien se acerca es fácilmente fagocitado por ese agujero negro mental, que reduce su tiempo propio a un mínimo.

 

¿Qué hacer?

Algo va muy mal en nuestra sociedad desarrollada para que tanta gente se deprima. Y ese algo tiene mucho que ver con la ausencia de sentido que no necesariamente ha de ser religioso, aunque esto ayude (analizaré la relación entre depresión y fe, algo tan aparentemente denostado, en una futura entrada). 


Quizá el peor factor sea la soledad, por muy rodeados de gente que estemos. Acompañarse, sea en compañerismo, amistad o enamoramiento supone el cuidado esencial y recíproco. Johann Hari lo explicó muy bien en su libro “Las conexiones perdidas” .


Si eso falla, si hay una falta de amor, aunque se reciban todos los honores del mundo, la pérdida esencial está servida y, con ella, el caldo de cultivo para la depresión.

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 29 de enero de 2026

Un trocito de arcoíris. Acompañar en depresión.


Fotografía tomada por el autor del blog
 

"Y Dios añadió: Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra". (Génesis 9, 12-13)


 

         Sabemos, desde que Newton lo explicó, de la naturaleza física – geométrica básica que se da en el bello fenómeno del arcoíris. No sorprende que Dios mismo lo eligiera como señal de lo mejor, su alianza con nosotros.

 

         Las furias meteorológicas, tiñendo de gris el paisaje, evocan e incluso amplifican la intensidad de las tormentas anímicas y su oscuridad.

 

         La alianza con Dios a escala individual, singular, puede traducirse, religiosamente, en confianza (“Jesús, en ti confío”) cuando el terremoto anímico que supone acompañar a quien sufre depresión parece inacabable. Aunque con un matiz terrenal, la esperanza de curación evoca, desde la fe religiosa, a la esperanza que alababa Sta. Teresa o la confianza de Sta. Teresita (ambas proclamadas doctoras de la Iglesia). “Spes non confundit”.

 

         Regalo de gracia divino, en el que podemos crecer, mantener la esperanza es la parte difícil de la fe como “fides”. No guarda relación alguna con ser o no optimista. Es optar por la “niñita esperanza” de Péguy, “pequeñita” entre las otras virtudes teologales. Hay, con respecto a la confianza en Dios una hermosísima oración de Teilhard de Chardin, “Adora y confía", que sostiene la esperanza a pesar de los pesares.

 

         Lo peor de la depresión es la gran expresión de lo absurdo. ¿Por qué ocurre y de modo prevalente? ¿Por qué parece haberla mantenido la selección natural? Cuando se interioriza, activando mecanismos de mantenimiento o amplificación endógenos, la pobreza de los fármacos se muestra no pocas veces ante algo que parece demoníaco, como decía Andrew Solomon. El propio transcurrir temporal se perturba según la afirmación adecuada de ese autor: “Cuando uno está deprimido, el pasado y el futuro quedan por completo absorbidos por el presente”. De la importancia de vivir el momento presente, se pasa del peor modo a morir en él. Del insensible calendario se eliminan meses y más meses como tiempos muertos ante la pobreza del conocimiento actual para enfocar adecuadamente el problema de la depresión, su naturaleza, cómo prevenirla y la investigación necesaria para lograr tratamientos y marcadores realmente eficaces.

 

Acompañar a un ser querido que padece depresión tiene riesgos, pero también potenciales efectos benéficos en quien acompaña. La salud puede resentirse, siendo lo peor la posibilidad, muy alta, de contagio. La soledad real y sentida se acrecienta dificultando cualquier lazo social más allá de breves paréntesis en los que la desconexión de lo real casero es difícil.

 

Y, sin embargo, esa compañía, dura, da qué pensar. La presencia cercana no sólo puede ser benéfica para quien sufre. También es ocasión de purificación del acompañante en el mejor de los sentidos, si opta por lo que, sin desearlo, la propicia, una prueba de amor, probablemente muy débil en comparación con todas las muestras de amor que el acompañante ha recibido de la persona acompañada, de forma cotidiana y callada a lo largo de muchos años, como algo sencillamente normal.

 

Aceptar esa posibilidad desafiante, brindar una compañía que trata de vencer inercias y ser más justa y amorosa, tal vez proporcione una mayor benevolencia cuando caiga la tarde, esa en la que, según S. Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor.