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jueves, 29 de enero de 2026

Un trocito de arcoíris. Acompañar en depresión.


Fotografía tomada por el autor del blog
 

"Y Dios añadió: Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra". (Génesis 9, 12-13)


 

         Sabemos, desde que Newton lo explicó, de la naturaleza física – geométrica básica que se da en el bello fenómeno del arcoíris. No sorprende que Dios mismo lo eligiera como señal de lo mejor, su alianza con nosotros.

 

         Las furias meteorológicas, tiñendo de gris el paisaje, evocan e incluso amplifican la intensidad de las tormentas anímicas y su oscuridad.

 

         La alianza con Dios a escala individual, singular, puede traducirse, religiosamente, en confianza (“Jesús, en ti confío”) cuando el terremoto anímico que supone acompañar a quien sufre depresión parece inacabable. Aunque con un matiz terrenal, la esperanza de curación evoca, desde la fe religiosa, a la esperanza que alababa Sta. Teresa o la confianza de Sta. Teresita (ambas proclamadas doctoras de la Iglesia). “Spes non confundit”.

 

         Regalo de gracia divino, en el que podemos crecer, mantener la esperanza es la parte difícil de la fe como “fides”. No guarda relación alguna con ser o no optimista. Es optar por la “niñita esperanza” de Péguy, “pequeñita” entre las otras virtudes teologales. Hay, con respecto a la confianza en Dios una hermosísima oración de Teilhard de Chardin, “Adora y confía", que sostiene la esperanza a pesar de los pesares.

 

         Lo peor de la depresión es la gran expresión de lo absurdo. ¿Por qué ocurre y de modo prevalente? ¿Por qué parece haberla mantenido la selección natural? Cuando se interioriza, activando mecanismos de mantenimiento o amplificación endógenos, la pobreza de los fármacos se muestra no pocas veces ante algo que parece demoníaco, como decía Andrew Solomon. El propio transcurrir temporal se perturba según la afirmación adecuada de ese autor: “Cuando uno está deprimido, el pasado y el futuro quedan por completo absorbidos por el presente”. De la importancia de vivir el momento presente, se pasa del peor modo a morir en él. Del insensible calendario se eliminan meses y más meses como tiempos muertos ante la pobreza del conocimiento actual para enfocar adecuadamente el problema de la depresión, su naturaleza, cómo prevenirla y la investigación necesaria para lograr tratamientos y marcadores realmente eficaces.

 

Acompañar a un ser querido que padece depresión tiene riesgos, pero también potenciales efectos benéficos en quien acompaña. La salud puede resentirse, siendo lo peor la posibilidad, muy alta, de contagio. La soledad real y sentida se acrecienta dificultando cualquier lazo social más allá de breves paréntesis en los que la desconexión de lo real casero es difícil.

 

Y, sin embargo, esa compañía, dura, da qué pensar. La presencia cercana no sólo puede ser benéfica para quien sufre. También es ocasión de purificación del acompañante en el mejor de los sentidos, si opta por lo que, sin desearlo, la propicia, una prueba de amor, probablemente muy débil en comparación con todas las muestras de amor que el acompañante ha recibido de la persona acompañada, de forma cotidiana y callada a lo largo de muchos años, como algo sencillamente normal.

 

Aceptar esa posibilidad desafiante, brindar una compañía que trata de vencer inercias y ser más justa y amorosa, tal vez proporcione una mayor benevolencia cuando caiga la tarde, esa en la que, según S. Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor.