miércoles, 15 de abril de 2026

Ex divina pulchritudine …


Imagen de "Wikimedia Commons"

 

            El astronauta de la misión Artemis 2, Victor Glover, dio testimonio de su fe con la Biblia en órbita y afirmando, antes de su inicio de tan extraordinario viaje espacial que “Necesitamos a Jesús, ya sea aquí en la Tierra o en órbita alrededor de la Luna”.


       Expresar la perspectiva religiosa de quien se embarca en una misión espacial no es nuevo, pero sí relevante de la relación entre lo que se observa y la cosmovisión del observador cuando éste se halla en un lugar tan especial como una órbita terrestre o lunar, cuando se está realmente fuera de "casa".

 

Nikita Jrushchov dijo "Gagarin estuvo en el espacio, pero no vio a ningún Dios allí" (no habiendo grabaciones, se discute si el propio Gagarin dijo eso; en cualquier caso, no parece que lo haya desmentido, cosa complicada en esos tiempos). John Glenn, que orbitó la Tierra, lo percibió de otra forma: “Mirar a este tipo de creación y no creer en Dios es para mí imposible”.

 

Dios no es demostrable a otros por astronautas ni por científicos, pero sí asumible personalmente como creencia y sentido de fundamento existencial. Si no se es agnóstico, asumir la existencia de Dios o negarla admite variedad de grados, modos e implicaciones.

 

El contenido de este blog ha ido abarcando, entre otras temáticas, la personal perspectiva de su autor sobre la fe, algo que ha sufrido pequeños cambios desde el inicio del blog. Supongo que, descartando cualquier afán proselitista, es habitual que, tanto si uno es creyente como si es ateo, incurra en el deseo de expresarlo. Tal vez sea así porque, en cierto modo, le va la vida en ello. La imagen aquí recogida me recuerda la belleza de una serie algo antigua, "Cosmos", cuyo autor, Carl Sagan mantuvo su perspectiva atea hasta el final de su vida. Isaac Asimov también fue inmune a oraciones por él al fin de sus días. 


No es fácil ser creyente ni lo es ser ateo,  y se da una amplia variedad de modos en ambas posiciones. John Gray escribió un interesante texto sobre "Siete tipos de ateísmo". Es también muy variable la relación entre creencia y biografía, dándose "conversiones" entre posiciones antagónicas. 


Escribo esta entrada desde el impacto que me produjo la imagen de la Tierra desde la órbita lunar, similar a las fotografías tomadas desde el mismo suelo lunar por Armstrong y Aldrin en la misión Apollo 11 de 1969. Un impacto visual que me evoca otros ocurridos desde mi adolescencia y que tuvieron que ver con la mirada científica en general, principalmente física y biológica. Estudiar era mirar a la belleza de la complejidad, del juego de legalidad física y contingencia, a la inconcebible pero real grandeza del universo. Y, a veces, algo como la maravilla de una simple mitocondria suponía un instante sencillamente extático, de tal modo que la existencia de un Dios estético y amoroso se convertía en evidencia esencial, acogedora, suficiente.


A esa evidencia se sumó la fascinación por el Jesús de los Evangelios como referencia fundamental ante la vida y la muerte, es decir, ante la vida (como diría François Cheng). Esta perspectiva, que considero un don, más que el resultado de indagación histórico – teológica, ha permanecido, a pesar de avatares biográficos que todos sufrimos de un modo u otro y hacen que el problema de la Teodicea surja con una frecuencia prácticamente inexistente en la juventud. 


Gracias a Dios, tengo muy buenos amigos ateos, que curiosamente enriquecen desde su óptica mi limitada fe cristiana, mi confianza en la Belleza.


Ver nuestro planeta así, pequeño y hermoso (a mayor distancia sería un punto azul en el cielo, como diría Sagan) detiene el pensamiento, dejando sólo que hable la mirada a un lugar de tantos, pero el único del que a día de hoy sabemos que alberga vida y consciencia y, sobre todo, belleza.

 

Es esa belleza, observable a todos los órdenes de magnitud que la tecnociencia permite, es la belleza en general del universo observable y de la vida que alberga un poco de tierra, un pez, una flor, del vuelo de las aves y sus migraciones, del orden inscrito en los cloroplastos y en la doble hélice genética… Es la belleza de la propia dinámica evolutiva de la vida… Es el juego de dados divino... Es tanta la belleza observable en un pequeño planeta visto un poco de lejos (esta vez a 1,33 segundos luz)…

 

... Que sigue siendo factible, inducible, la mirada extasiada a tanta hermosura y, desde ella, asumir la existencia de la propia Belleza divina, de un Dios estético, que es Belleza misma y -Amor (1 Juan, 4:8) 


"Ex divina pulchritudine esse omnium derivatur" 

 

           

 

jueves, 29 de enero de 2026

Un trocito de arcoíris. Acompañar en depresión.


Fotografía tomada por el autor del blog
 

"Y Dios añadió: Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra". (Génesis 9, 12-13)


 

         Sabemos, desde que Newton lo explicó, de la naturaleza física – geométrica básica que se da en el bello fenómeno del arcoíris. No sorprende que Dios mismo lo eligiera como señal de lo mejor, su alianza con nosotros.

 

         Las furias meteorológicas, tiñendo de gris el paisaje, evocan e incluso amplifican la intensidad de las tormentas anímicas y su oscuridad.

 

         La alianza con Dios a escala individual, singular, puede traducirse, religiosamente, en confianza (“Jesús, en ti confío”) cuando el terremoto anímico que supone acompañar a quien sufre depresión parece inacabable. Aunque con un matiz terrenal, la esperanza de curación evoca, desde la fe religiosa, a la esperanza que alababa Sta. Teresa o la confianza de Sta. Teresita (ambas proclamadas doctoras de la Iglesia). “Spes non confundit”.

 

         Regalo de gracia divino, en el que podemos crecer, mantener la esperanza es la parte difícil de la fe como “fides”. No guarda relación alguna con ser o no optimista. Es optar por la “niñita esperanza” de Péguy, “pequeñita” entre las otras virtudes teologales. Hay, con respecto a la confianza en Dios una hermosísima oración de Teilhard de Chardin, “Adora y confía", que sostiene la esperanza a pesar de los pesares.

 

         Lo peor de la depresión es la gran expresión de lo absurdo. ¿Por qué ocurre y de modo prevalente? ¿Por qué parece haberla mantenido la selección natural? Cuando se interioriza, activando mecanismos de mantenimiento o amplificación endógenos, la pobreza de los fármacos se muestra no pocas veces ante algo que parece demoníaco, como decía Andrew Solomon. El propio transcurrir temporal se perturba según la afirmación adecuada de ese autor: “Cuando uno está deprimido, el pasado y el futuro quedan por completo absorbidos por el presente”. De la importancia de vivir el momento presente, se pasa del peor modo a morir en él. Del insensible calendario se eliminan meses y más meses como tiempos muertos ante la pobreza del conocimiento actual para enfocar adecuadamente el problema de la depresión, su naturaleza, cómo prevenirla y la investigación necesaria para lograr tratamientos y marcadores realmente eficaces.

 

Acompañar a un ser querido que padece depresión tiene riesgos, pero también potenciales efectos benéficos en quien acompaña. La salud puede resentirse, siendo lo peor la posibilidad, muy alta, de contagio. La soledad real y sentida se acrecienta dificultando cualquier lazo social más allá de breves paréntesis en los que la desconexión de lo real casero es difícil.

 

Y, sin embargo, esa compañía, dura, da qué pensar. La presencia cercana no sólo puede ser benéfica para quien sufre. También es ocasión de purificación del acompañante en el mejor de los sentidos, si opta por lo que, sin desearlo, la propicia, una prueba de amor, probablemente muy débil en comparación con todas las muestras de amor que el acompañante ha recibido de la persona acompañada, de forma cotidiana y callada a lo largo de muchos años, como algo sencillamente normal.

 

Aceptar esa posibilidad desafiante, brindar una compañía que trata de vencer inercias y ser más justa y amorosa, tal vez proporcione una mayor benevolencia cuando caiga la tarde, esa en la que, según S. Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor.