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jueves, 29 de enero de 2026

Un trocito de arcoíris. Acompañar en depresión.


Fotografía tomada por el autor del blog
 

"Y Dios añadió: Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra". (Génesis 9, 12-13)


 

         Sabemos, desde que Newton lo explicó, de la naturaleza física – geométrica básica que se da en el bello fenómeno del arcoíris. No sorprende que Dios mismo lo eligiera como señal de lo mejor, su alianza con nosotros.

 

         Las furias meteorológicas, tiñendo de gris el paisaje, evocan e incluso amplifican la intensidad de las tormentas anímicas y su oscuridad.

 

         La alianza con Dios a escala individual, singular, puede traducirse, religiosamente, en confianza (“Jesús, en ti confío”) cuando el terremoto anímico que supone acompañar a quien sufre depresión parece inacabable. Aunque con un matiz terrenal, la esperanza de curación evoca, desde la fe religiosa, a la esperanza que alababa Sta. Teresa o la confianza de Sta. Teresita (ambas proclamadas doctoras de la Iglesia). “Spes non confundit”.

 

         Regalo de gracia divino, en el que podemos crecer, mantener la esperanza es la parte difícil de la fe como “fides”. No guarda relación alguna con ser o no optimista. Es optar por la “niñita esperanza” de Péguy, “pequeñita” entre las otras virtudes teologales. Hay, con respecto a la confianza en Dios una hermosísima oración de Teilhard de Chardin, “Adora y confía", que sostiene la esperanza a pesar de los pesares.

 

         Lo peor de la depresión es la gran expresión de lo absurdo. ¿Por qué ocurre y de modo prevalente? ¿Por qué parece haberla mantenido la selección natural? Cuando se interioriza, activando mecanismos de mantenimiento o amplificación endógenos, la pobreza de los fármacos se muestra no pocas veces ante algo que parece demoníaco, como decía Andrew Solomon. El propio transcurrir temporal se perturba según la afirmación adecuada de ese autor: “Cuando uno está deprimido, el pasado y el futuro quedan por completo absorbidos por el presente”. De la importancia de vivir el momento presente, se pasa del peor modo a morir en él. Del insensible calendario se eliminan meses y más meses como tiempos muertos ante la pobreza del conocimiento actual para enfocar adecuadamente el problema de la depresión, su naturaleza, cómo prevenirla y la investigación necesaria para lograr tratamientos y marcadores realmente eficaces.

 

Acompañar a un ser querido que padece depresión tiene riesgos, pero también potenciales efectos benéficos en quien acompaña. La salud puede resentirse, siendo lo peor la posibilidad, muy alta, de contagio. La soledad real y sentida se acrecienta dificultando cualquier lazo social más allá de breves paréntesis en los que la desconexión de lo real casero es difícil.

 

Y, sin embargo, esa compañía, dura, da qué pensar. La presencia cercana no sólo puede ser benéfica para quien sufre. También es ocasión de purificación del acompañante en el mejor de los sentidos, si opta por lo que, sin desearlo, la propicia, una prueba de amor, probablemente muy débil en comparación con todas las muestras de amor que el acompañante ha recibido de la persona acompañada, de forma cotidiana y callada a lo largo de muchos años, como algo sencillamente normal.

 

Aceptar esa posibilidad desafiante, brindar una compañía que trata de vencer inercias y ser más justa y amorosa, tal vez proporcione una mayor benevolencia cuando caiga la tarde, esa en la que, según S. Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor.

 

 





jueves, 18 de diciembre de 2025

Navidad 2025




        Es habitual que, en conversaciones de adultos, la Navidad sea denostada curiosamente por el recuerdo de anteriores celebraciones acompañadas de una felicidad que ahora se ve inconcebible. Hay quien falta a la reunión familiar por haberse muerto, hay quien sí está, pero no celebra nada por enfermedad, otros están tan lejos que ni la comunicación electrónica palía la tristeza… Existe una amplia variedad de circunstancias por las que la llegada de la Navidad sencillamente horroriza. Parece que la felicidad completa de ese día correspondía sólo al tiempo en que éramos niños.
        Situaciones como la celebración por enemigos que dejan de serlo, como ocurrió en la Gran Guerra de 1914, ya no ocurren en la paz. 
        Se da una situación de nostalgia, en sentido estricto, del lugar y sus habitantes familiares, y también del tiempo mismo (algo que se está llamando anemoia) en que fuimos niños. Y es algo humanamente natural. La Navidad recuerda, como ninguna otra fiesta, a los ausentes, a la vez que nos recuerda que somos mortales (“...Y nosotros nos iremos…”) Muchos conjuran el “algos” combatiendo el “nostos”, cambiando de aires en islas paradisíacas o yendo a países desconocidos. Otros hacen de la fiesta discusión familiar. Las variantes de “escape” abundan. Otros más la “sufrimos” esperando que los alegres carnavales nos animen en vez de entristecernos.
        Hay otra salida, más realista, más auténtica, de celebración, incluso en medio de la tristeza actualizada. Proviene de la creencia, de la fe como confianza en el infinito Amor de Dios, creador de la legalidad física que, en armonía con contingencias, ha añadido la Belleza de lo viviente a la estructura del Universo evolutivo, emergiendo así en todos los órdenes de magnitud espacio-temporal y de complejidad alcanzables una Belleza sublime, inimaginable, aunque la observemos y midamos sus variables químico-físicas construyendo modelos matemáticos. Una emergencia lenta se revela a nuestros ojos
        Y esa opción, compatible con humanas tragedias, proviene especialmente de la creencia en la Palabra que se encarna y habita entre nosotros, tras una kénosis por la que Dios entró en la historia humana, con todas las consecuencias bondadosas para el ser humano, incluso en el dolor, la agonía y la muerte. Este contenido de fe y fundamento de esperanza, de sentido ético, supone la alegría profunda, a veces más esperanzada que actual, y que se da en mayor o mínimo grado entre quienes creemos cuando asumimos, sin infantilismos patéticos, la mirada infantil al Amor encarnado en un niño, a ese hombre llamado Jesús, que dio sentido al Universo, a la Vida, a cada sujeto como criatura única, singular. Un sentido trascendente, de Amor.
        Es siendo niño o renaciendo de nuevo, que uno, por mayor que sea, puede percibir, aunque malamente, lo que una Navidad de hace más de dos mil años, cuando no se llamaba así, significó y sigue significando para sí mismo y para el mundo.
        Jesús no fue un mito heroico, ni su objetivo fue desarrollar una religión mistérica de salvación ilustrada. Su originalidad, que se transmitió y perdura, fue enseñar una religión de Amor incondicional, que entroncará con lo que él mismo enseñó, con lo que él mismo sufrió y con su resurrección, que abrió la posibilidad de la nuestra hacia la eternidad como Vida, que no a la aburrida inmortalidad que tan bien atacó Borges.
        Esa fue, es y será la base de una celebración felicitaría en Navidad, aunque quien lo haga esté enfermo o arruinado, solo y hundido, aunque quien lo haga espere un milagro navideño y tenga confianza en que, si no se produce, se acomodará al tiempo que desconocemos, el Tiempo que le importa a Dios, al margen de prisas humanas
        Ese Niño, nacido fuera de la civilización (no había casa que acogiera su nacimiento), la transformó. Fue la luz primigenia que sosiega, cura, alegra y confiere sentido. El valor de la propia vida queda relativizado ante la Vida, ante el Amor. Muchos mártires lo fueron por asumir la primacía del Amor, de Jesús, y no sólo en tiempos lejanos. 
        Jesús fue humano y no quiso lo que se le venía encima estando orando en Getsemaní. No era masoquista. Amó la vida. Sudó sangre rogándole a Dios Padre que le apartara el cáliz de su Pasión sin conseguirlo. Ya en la cruz gritó el abandono de Dios. Y murió. Pero resucitó y con Él, gracias a Él, lo haremos nosotros. Basta con amar a Dios, a todos los demás y también, incluso lo más difícil, a uno mismo en el Dios de la Belleza y el Amor.
 
Feliz Navidad !!












 

domingo, 20 de abril de 2025

RESURRECCIÓN. 2025


     

    Es relativamente sencillo, natural para muchos en los que me incluyo, percibir la existencia de un Dios estético, creador del cosmos y de la vida. Los “errores” de la dinámica evolutiva, o la desmesura de especies extintas hasta que el juego azaroso condujo a un ser que es consciente de sí mismo y que habla, no nublan, sino que realzan la asombrosa belleza de lo observable, un orden desordenado en el que aparecemos como seres singulares y con sensibilidad para asumir o no un sentido universal del todo al que llamamos, en las religiones del libro, Dios. 

    La belleza aparente se acrecienta con la aproximación instrumental y con la herramienta y lenguaje que proporcionan las matemáticas a la perspectiva física y biológica. A pesar de catástrofes naturales endógenas o exógenas, incluyendo las que suponen dramáticas enfermedades infantiles, accidentes o terremotos, la extraordinaria abundancia de Belleza en el mundo, asociada a una intuición de Bondad subyacente, nos incitan a muchas personas a creer en un Absoluto amoroso que abarca y sostiene lo inmanente y lo trascendente. Y que hace, de la abundancia de astros y formas de vida, sometidos a relaciones de causalidad y también azarosas, signo de sentido.

    Y, sin embargo, por atractiva que sea, tal perspectiva es incompleta, ingenua si no contempla la existencia del mal en el mundo, tanto el de origen natural como, especialmente, el humano, consustancial a serlo y cuya manifestación es generalizada. El mal natural de la enfermedad y la muerte será conocido en la vida de cada cual. El mal humano de tintes apocalípticos, como el hambre y la guerra, ha ejercido y sigue ejerciendo a lo largo de la historia una fascinación innegable. La bondad del avance tecno-científico ha tornado con demasiada frecuencia en paso al acto de la pulsión de muerte. Es bien conocida al respecto la conferencia de Heidegger (“Sólo un dios puede salvarnos”).

    Pues bien, quienes nos declaramos cristianos, asumimos que, efectivamente, sólo Dios, misteriosamente único y trinitario, ha podido salvarnos mediante el auto-vaciamiento, la “kenosis”, del Logos, del Hijo, encarnándose, muriendo y cargando así con el mal humano originario y fuertemente enraizado. Atravesó el sufrimiento y abandono ante la muerte, realzada por la crueldad con que fue precedida y culminada. Y todo quedaría ahí como ejemplo de bondad humana, o de imprudencia (Jesús podría haber "trepado" pacíficamente en la jerarquía judaica de su tiempo, sin darle disgustos a su madre y amigos) de no haberse dado lo que se ha hecho núcleo central, esencial, de la esperanza cristiana, la resurrección, tras sacrificar Su Vida por Amor.
    Todo masoquismo queda fuera de lugar en la fe cristiana, a la vez que todo tipo de sufrimiento que el amor exija, la cruz de cada cual, será puerta estrecha a la vida más real, eterna, fuera del tiempo métrico, destino a la visión beatífica como se decía antes

    El acceso a Dios parece muy limitado si se queda en búsqueda de contemplación, en ideal de unión mística, aunque ésta se haya dado en el caso de algunas personas. Un gran regalo divino, pero no meta humana. El acceso al Dios estético sostiene, más bien, una fe facilitada.

    La resurrección de Cristo funda la esperanza amorosa sin límite en quienes la afirmamos. Sostiene la "pequeña esperanza" como la llamaba Charles Péguy. Muchos pagaron su fe con esa "esperanzita" por Amor con su propia vida.

    Hoy muchos recordamos que Cristo resucitó.


lunes, 1 de abril de 2024

Ciencia y Fe.

 


Fotografía obtenida por el autor




        “Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y continuadamente reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí” I. Kant. Crítica de la razón práctica.

            

Bertrand Russell respetaba a Kant y su rechazo de las pruebas racionales de la existencia divina (la ontológica, la cosmológica y la teleológica), pero, en su obra “Por qué no soy cristiano”, nos muestra a Kant como un tanto incoherente, diciendo de él que “Era como mucha gente: en materia intelectual era escéptico, pero en materia moral creía implícitamente en las máximas que su madre le había enseñado. Eso ilustra lo que los psicoanalistas enfatizan tanto: la fuerza inmensamente mayor que tienen en nosotros las asociaciones primitivas sobre las posteriores”


Últimamente se están editando libros que parecen no sólo buscar una coherencia entre el conocimiento científico y la fe, sino incluso una demostración de la existencia de Dios a partir de la ciencia, usando dos de los argumentos racionales rechazados por Kant, el teleológico y, relacionado con él, el cosmológico.


No es algo novedoso que haya científicos que defiendan una perspectiva personal, separando ambos campos, ciencia y creencia, como hizo Stephen Gould en “Ciencia versus Religión” o Martin Gardner con su texto “Los porqués de un escriba filósofo”, que ya comenté en otra entrada de este blog. Bueno, ya decía S. Pablo que “lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras” (Rom.1,20). 


Me resultó, no obstante, llamativo, encontrarme con un extenso libro cuyo título es “Dios. La Ciencia. Las Pruebas”, de MY Bolloré y O Bonnassies. Hay otro texto anterior redactado por el ya fallecido y buen divulgador científico Amir D. Aczel, “Why Science does not disprove God”. Ambas obras, hay más, persiguen resucitar dos de los argumentos rechazados por Kant. Uno es el cosmológico, por el que el Universo, surgido de la singularidad del Big Bang, “demuestra” una causa incausada, acorde con la narración del Génesis. El otro argumento es finalista, mostrando la exquisita precisión de constantes físicas y su relación, así como la extraordinariamente baja entropía del Universo inicial (resaltada también hace años por Penrose), básicas para la aparición de la vida y su evolución hasta la génesis humana. En síntesis, se recogen datos conocidos y ya muy bien desarrollados en otros libros, como los de John D. Barrow, que sustentarían lo que se conoce habitualmente como principio antrópico fuerte, enunciado inicialmente por Brandon Carter. No cabe duda de que la admirable relación de “Las constantes de la naturaleza” (así se titula uno de los libros de Barrow), aunque alguna quizá no sea tan constante a lo largo del tiempo, incita a la reflexión y puede sustentar la atención de muchas personas, entre las que me encuentro. A Barrow se le otorgó el premio de la Fundación Templeton en 2006.


El libro de Bolloré y Bonnassies resulta muy interesante por la revisión que hace del saber cosmológico, mostrando un gran trabajo de recopilación y síntesis. Es introducido por Wilson, quien, con Penzias, ganó el Premio Nobel de Física de 1978 por su descubrimiento de la radiación cósmica de fondo, uno de los pilares de la actual perspectiva del cosmos. Ese galardón lo compartieron con Kapitsa, descubridor de la superfluidez. Los autores no se contentan con la narración científica que avala sus argumentos, sino que citan como respaldo la religiosidad de muchos científicos, heterogénea y que abarca el panteísmo de Einstein (“Creo en el Dios de Spinoza…”), aunque se refiriera también al “secreto del Viejo” en su correspondencia con Max Born, la creencia plausible o incluso la mera alusión como posibilidad de un Dios creador personal por parte de Hawking o de George Smooth... También se incluye a Gödel, que, años después de demostrar la incompletitud en Matemáticas, desbaratando el sueño axiomático de Hilbert, defendía, en formalismo matemático, el viejo argumento ontológico de San Anselmo.  


Un universo con origen contrasta claramente con la idea de una alternativa de eternidad, como sugería el ya olvidado estado estacionario con creación continua de materia defendido por Fred Hoyle. Eso, un origen, nos destacan Bolloré y Bonnassies, supuso la represión de no pocos científicos en el ámbito soviético, mostrando que una narración científica puede tener efectos, incluso letales, por avalar o contradecir una religiosidad tradicional o una religiosidad atea (no sobra recordar que John Gray escribió un libro titulado “Siete tipos de ateísmo”).


Hay una posibilidad que podría desbaratar la idea de un Universo con principio en una singularidad y abocado a una muerte entrópica. Se trataría de la existencia de múltiples universos heterogéneos en sus constantes fundamentales; es decir, el nuestro sería un elemento más de todos los universos que constituyen el propuesto multiverso, coherente con la teoría del campo inflacionario (la inflación de nuestro universo daría cuenta de su homogeneidad y la isotropía de la legalidad física), si bien hay que considerar que tal hipótesis teóricamente plausible según proclaman sus defensores, no parece ofrecer, por el momento, posibilidad de verificación, considerándose así, de momento, no “falsable” en el sentido de Popper.


Es curiosa la aparición de un libro cuyos autores indican que proporciona pruebas científicas de la existencia de Dios, pero no es menos cierto que antes de éste se publicaron artículos y libros en sentido contrario y con similar afán apologético. Se habla del “nuevo ateísmo desde hace un tiempo (parece que el término apareció en la revista Wired en 2006). En esa línea claramente cientificista destacan personas como Christopher Hitchens, Daniel Dennett, Sam Harris y Richard Dawkins, que se autodenominaron “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” en un libro conjunto con ese título y prologado por Stephen Fry. 


Hacer razonable una creencia no es demostrar una tesis o descubrir un axioma. Y Dios es, para el creyente, ante todo, creencia, confianza, esperanza … y, en el caso delas religiones del libro, revelación esencial que supone una adhesión siempre singular.


Desde mi punto de vista, el libro que he comentado tan brevemente, reverbera en mí no por una demostración que la ciencia no puede dar, sino por la belleza que la ciencia muestra y que, justo es reconocerlo, recoge ese texto, aunque incluya otros apartados mucho más alejados, alguno tan curioso como el milagro de Fátima.


Yo creo, desde el prisma cristiano, que Dios existe, como creo que la ciencia puede ser un camino personal para intuir esa existencia, pero no demostración de ella y que, en todo caso, remitiría al Ser de un modo extremadamente apofático.


La ciencia tiene su ámbito y la teología el suyo. Pueden darse fecundas relaciones entre ciencia y creencia, pero no debiera producirse una mutua invasión de campos con extrapolaciones a explicaciones indemostrables.


Ello no obsta para que personalmente me adhiera a un principio antrópico, no tanto epistémico como estético. De modo singular, no comunicable, sí que concibo al Dios estético y amoroso desde esa bellísima armonía de la legalidad física y su isotropía universal aparente, promotora y acogedora de la vida y de su evolución hacia la consciencia del mundo y de sí, también hacia el estremecimiento ante Dios. Es mirando un planeta, una flor, o ante la perspectiva del exquisito funcionamiento de una célula, que resuena en mí la expresión del Chandogya Upanishad, “tú eres eso”, esa invisible danza de partículas, atómica y por ello oculta en el vacío aparente de una semilla partida, esa participación en el Ser. Y así, desde la perspectiva estética, comparto la expresión de Sto. Tomás (cuyas pruebas de existencia divina desbarató Kant), “ex divina pulchritudine esse omnium derivatur”. Y coincido con el criterio de François Cheng cuando afirma que el Universo parece haber esperado al ser humano para ser dicho.


Pero la contemplación estética, pudiendo ser incluso extática, no bastaría si no fuera recepción amorosa que al Amor mismo impulsa.


Tampoco bastaría ese extasiarse ante la inconcebible complejidad de la vulgar hierba más próxima, sin la posibilidad de sentido propio singular, a la vez que compartido, como la hermandad que proclamaba Schiller en su “Oda a la Alegría”. No nos bastaría ni a mí ni a muchos. “Sólo Dios basta”, que decía Sta. Teresa, equivale a decir “Jesús basta”, pues en Él está la esperanza de muchos de nosotros, el sentido real de la vida en Dios.


La creencia, ya cristiana, en Dios, se ancla en la biografía del ser humano. No sólo en su pensamiento, sino también, esto no se puede negar, en lo que le es o le fue inconsciente, algo en lo que también tenía razón Russell.


El propio evangelio ya mostró el camino, en el que conviene, de vez en cuando, no sólo la actitud ética, sino también la esperanzadora y realista mirada estética, la que contempla los lirios del campo (Mt 6,28) y nos sitúa así en un mundo a cuya belleza y bondad podemos contribuir, asumiendo que quien no crea e incluso defienda apologéticamente su ateísmo, puede estar más cerca de Dios que el creyente más fervoroso.

 

 

miércoles, 28 de febrero de 2024

Nostalgia de carencias y la mirada del corazón

 


Imagen tomada por el autor

     " Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos " (Mt. 18, 3).


    Allí y en otro momento que hoy recuerdo, fue uno de tantos “aquí y ahora”, aparentemente igual a muchos previos y probablemente a otros que vendrán, pero distinto sólo por haberlo reconocido, por ser de nuevo consciente de que hay un tiempo en que podemos parar el pensamiento habitual o la mera distracción, y un lugar cualquiera donde hacerlo, como en la adolescencia. No importa el cuándo ni el dónde, ni siquiera lo que estemos haciendo entonces, sólo que dejemos que ocurra. 


    Un instante espacio-temporal basta para contemplar la Vida, para tratar de mirar lo esencial, siendo, de paso, conscientes de que eso ocurre, por más quietud que haya, viajando, con la tierra que pisamos y todos los seres que la habitan, a algo más de cien mil kilómetros por hora en torno al sol, casi treinta kilómetros por segundo. Un instante que puede presentarse como la repetición de tantos otros de nuestra vida pasada. Y, sin embargo, cada aquí y ahora en que Somos realmente, podemos retornar del mejor modo a la frescura juvenil con el potencial deseo del buen olvido de proyectos y de logros prescindibles, y con gran receptividad pasiva a la belleza del mundo y de la Vida.  


    En una Audiencia General, habida el 11 de mayo de 2022, el Papa Francisco, decía que, en la vejez, se “es capaz de vivir una época de plenitud y de serenidad”, aclarando poco después que, “como ancianos, se pierde un poco la vista, pero la mirada interior se hace más penetrante: se ve con el corazón. Uno se vuelve capaz de ver cosas que antes se le escapaban”


    En muchas profesiones y trabajos de todo tipo, cada vez más, se da un largo proceso métrico al que, desde el colegio (hoy en día ya desde la etapa preescolar) hasta la jubilación, nos sometemos, un proceso al que solemos llamar “carrera”, con buen sentido porque corremos por buenas notas escolares, superación de exámenes, calificaciones académicas, reconocimientos bibliométricos, indicadores de empresa, índices de “calidad”, etc. Nos instalamos así durante demasiados años en una métrica curricular, que no excluye la social y económica. Hay quien no para de correr y sigue haciéndolo tras la jubilación, no necesariamente jubilosa, para lograr puestos de relevancia social. Siempre hay quien se fascina ante las nuevas versiones del “cursus honorum”.


    A la vez, decidirse por una u otra carrera, si eso es factible, supone, además del deseo inconsciente que pueda haber, elegir y descartar a una edad de inmadurez para hacerlo, optando, en el aparentemente mejor de los casos, por un enriquecimiento epistémico muy parcelado. En cualquier ámbito del conocimiento, se cede entonces necesariamente en curiosidad, o se la mantiene sin acabar de concentrarse sólo en lo que nos es exigible. Pueden bien ser tiempos de frustración en los que el afán de saber se reprime ante el proyecto curricular, y eso tiene consecuencias. La aspiración a la belleza que implica el conocimiento desprendido se ve frustrada ante la enseñanza pragmática, “reglada”, de datos. 


    ¿Y al final de todo eso, en la jubilación, qué? Hasta el propio Francisco, ya mayor pero que no se ha jubilado, recogía la pregunta que muchos nos hicimos y hacemos con la abrupta, aunque sabida, llegada de ese momento, porque ni siquiera es algo gradual, ¿Qué haré ahora que mi vida se vaciará de lo que la ha llenado durante tanto tiempo?” Parece claro que lo más sensato y difícil sea eso, acoger el vacío para despojarse del mejor modo de todo lo que lastra la mirada del alma. 


    Y vaciarse puede ser apoyado por la buena nostalgia de un tiempo, el de la adolescencia y juventud inicial, más rico en carencias y en deseos que en proyectos definidos, más abierto a la contingencia que a ninguna planificación. Eso va ligado a una nostalgia de la época en la que el pensamiento era mucho más libre por una ignorancia menos constreñida, en que el conocimiento no estaba encorsetado en “materias”, en “disciplinas, en "especialidades”. Nostalgia de músicas, películas y tiempos en los que se suplía la carencia de libros con el vuelo de la imaginación y con el aburrimiento, que siempre es fructífero. Nostalgia de soñar despiertos.


    Sucumbir a esa nostalgia parece un buen impulso para una nueva mirada, que incluya un desapego y un amor crecientes, por paradójico que esto parezca. Desde la nostalgia, se nos muestra la necesidad de contemplar de nuevo el mundo y la Vida. 


    Libres de “fines”, podemos, si no lo hicimos antes, ir más allá y renacer a lo mejor, a lo Inagotable. Es en un “aquí y ahora” que el vacío puede acoger la Vida. Es en ese elemento espacio-temporal que toda la biografía pasada es relativizada rescatando de ella los momentos de amorosa lucidez que, por serlo, fue creativa, pudiendo serlo nuevamente y mejor. 


    Refiriéndose a la eternidad, François Cheng decía que “lo es todo excepto una interminable y monótona repetición de lo mismo” y que “está hecha también de instantes únicos”. Es decir, nada que ver con una aburrida inmortalidad. La tarea más aceptable sería recrearse, también soportar miedo, tristeza y angustia si se dan, en esos instantes que ya son factibles aquí, participando sin percibirlo, sólo queriéndolo, en la danza cósmica de las estrellas.


    En su segunda carta a Timoteo, S. Pablo escribía esto: “He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe”. Eso me parece lo esencial, conservar la Fe, entendiendo por tal lo que vemos más claramente, la Vida, lo que puede abrir a uno, no sin dificultad, a un tiempo nuevo, primaveral, en el invierno de su vida.


Siempre son accesibles instantes de mirada y de comprensión, buscando siempre o recordando, si se olvidó, la gran conclusión vital.

 

    

            

 

jueves, 21 de diciembre de 2023

Navidad 2023

 


Imagen tomada de Wikimedia Commons



“¿Y Cristo? Kafka inclinó la cabeza. Cristo es un abismo lleno de luz. Hay que cerrar los ojos para no precipitarse en él”

(G. Janouch. Gespräche mit Kafka. Aufzeichnungen und Erinnerungen. Frankfurt).

 

“Si a mí alguien me probase que Cristo se encuentra fuera de la verdad, y si la verdad realmente estuviese fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo y no con la verdad”.

(F. Dostoievski. Carta dirigida a Natalia Fonvizine en 1854)

 


    Vivimos en una mezcla del tiempo cíclico con el lineal. Nos hacemos mayores, envejecemos y un día moriremos. No podemos vivir sin recuerdo ni olvido. Si en el tiempo lineal construimos una biografía marcada por sucesivos ritos de paso, en el tiempo cíclico el recuerdo, como repetición periódica, nos evoca también algo esencial en nuestra cosmovisión. Esa repetición puede darse en modo de conmemoración social, de ritual mítico o de liturgia religiosa.

            

    La Navidad desencadena los mejores recuerdos de la infancia y las grandes nostalgias en personas ancianas que se van quedando solas. Cuando la celebración alude a su origen por cristiana, lo hace referida a un suceso histórico, no mítico. Sabemos que Jesús nació en el año 4 a.C, o algo antes, en Belén o Nazaret (sujetos a discusión). La celebración remite a la encarnación divina en Jesús, referencia vital en esperanza, en contemplación y en acción para sus seguidores.

            

    La creencia en un Dios estético, surgida ante la belleza y complejidad de lo observable, y que favorecería una tendencia panteísta que se da con frecuencia, precisa, en el cristianismo, a quien le da nombre, Cristo, como camino, verdad y vida, lo que supone y realza el reconocimiento de la Alteridad divina. 


    El Amor divino es mostrado en Jesús. Lo Absoluto se encarna y se hace receptivo a la queja, la petición, la meditación, la contemplación y la alabanza del ser humano. A todo eso que llamamos oración. 

            

    En un mundo que no ha olvidado la guerra ni los agravios humanos, sigue siendo relevante que el anuncio del nacimiento de Jesús a pastores fuera hecho, según el evangelio de San Lucas, por ángeles que decían “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc.2,14). No se necesita más.

  

¡ Feliz Navidad !

jueves, 10 de agosto de 2023

Dos relecturas de verano

 


            

“No se puede imaginar la muerte personal más que desde la vida y de su pretensión de inmortalidad”. Julián Marías. “La felicidad humana”.

 

“El salto de la fe, en su propia naturaleza, sigue sin aclarar. Lo entiendo tan poco como pueda entender la esencia de un fotón”. Martin Gardner. “Los porqués de un escriba filósofo”.



    Hay libros que vale la pena leer incluso más de una vez. Comento hoy dos leídos hace tiempo y releídos últimamente. El primero es “La felicidad humana” de Julián Marías. El otro lleva por título “Los porqués de un escriba filósofo” y su autor es Martin Gardner.


      “La felicidad humana” se escribió en 1987, lo cual nos sirve para estimar un plazo mínimo en el que empezó la locura de los libros de autoayuda, algo absolutamente ajeno al libro de D. Julián Marías. Quizá sea nostalgia por edad, pero tengo la sensación de que hace cuarenta años no se publicaban tantas tonterías “psi” como ahora.


    En ese texto, que se armoniza con otro suyo, “Breve tratado de la ilusión” se hace un estudio de lo que Marías llama imposible necesario a lo largo del pensamiento filosófico, planteando las condiciones de la felicidad, cómo éstas han ido variando a lo largo de la historia y lo que tiene de instalación vectorial y dramática. 


    Concebida por él la vida como proyecto, constata que “es frecuente la expectativa del envejecimiento como mera pérdida”, afirmando en contra que “se olvida que la realidad es emergente, que no está dada, y, por consiguiente, a cualquier edad puede ocurrir algo, aunque no todo”. No obstante, no es ajeno su análisis a la importancia de la soledad y el horizonte de enfermedad y muerte a la hora de contemplar que la felicidad en esta vida es algo siempre frágil.


    Su perspectiva del hombre como ser “futurizo” realza no sólo el encanto de la felicidad festiva esperada, sino el más importante para un creyente, la felicidad tras la muerte, que no puede concebir en modo alguno como aniquilación. En esa creencia, incita al lector a un ejercicio de imaginación, a tratar de plantearse el cómo de la salvación que, para Marías, incluye toda la biografía humana y la de su circunstancia, la “mismidad” de cada ser humano, su carnalidad resucitada y también la de la Historia misma, sin incurrir en el exceso de la apocatástasis. 


    Se trata, pues, de un libro que muestra la fe de quien lo redacta, siendo una obra que facilita la discusión entre posturas diferentes e incluso contrapuestas sobre esa cuestión tan huidiza, en estos tiempos de psicofármacos y autoayudas, como es la felicidad.


    El otro libro que me parece muy recomendable es el de Martin Gardner. 

    

    Supe de la existencia de Gardner algún día de junio de 1974, cuando me llegó a casa la revista de Scientific American a la que me acababa de suscribir. Ya la portada era llamativa, mostrando la reacción de Belousov-Zhavotinski, relacionada con un artículo sobre ella redactado por Arthur Winfree. En ese número había la sección correspondiente de Martin Gardner sobre “Juegos Matemáticos”. Aunque él no era matemático, sabía de lo que hablaba e inclinó a muchas personas a esa área del conocimiento. Estudió Física, pero se graduó en Filosofía y prestó mucha atención al método científico, alertando de su vulneración en libros como “La Ciencia, lo bueno, lo malo y lo falso”. Detractor de la homeopatía y de todo tipo de pseudociencias, fundó la revista “The Skeptic”. 


    Es presumible que muchos de sus seguidores no vieran con buenos ojos que un escéptico de la talla de Gardner se declarara teísta en el libro que recomiendo aquí.


    En “Los porqués de un escriba filósofo” da sus razones para creer en Dios, en la oración y en la inmortalidad. Aunque su razonamiento guarda paralelismos con apologetas cristianos como C.S. Lewis y Chesterton (de quien realza su “asombro ontológico”) y tiene rasgos comunes con la pasión unamuniana, defiende que su apoyo reside en la filosofía y no en la religión. No obstante, él nació en una familia protestante y en este libro hay grandes coincidencias con el cristianismo. Lo familiar siempre acaba influyendo. 


    Descarta una a una las “pruebas” tomistas de la existencia de Dios, así como el argumento ontológico de S. Anselmo. Sugiere una armonía entre la eternidad divina y el tiempo humano que sustentaría la conveniencia de la oración intercesora, cuya eficacia podría proporcionar Dios mismo de un modo “elegante”, influyendo en la función de onda asociada a un suceso antes de su colapso por observación.


    Todo el libro se apoya en numerosos autores de diversos ámbitos, aunque principalmente filósofos. Ya el inicio, con la negación del solipsismo enlaza con Berkeley y Russell, y resulta de gran interés.


    Una de las afirmaciones que se dan en el libro es que el salto de fe de Gardner se dio “por la gracia de Dios” y al respecto manifiesta lo siguiente: “creo que la causa de mi fe es, en un modo que escapa a mi comprensión, el mismo Dios desde fuera de mí pidiendo y queriendo que yo crea, y el mismo Dios en mi interior respondiendo a ello”. 


Gardner recuerda a Penrose con su alusión a que Dios tuvo que elegir un universo de extraordinaria baja entropía y también recuerda el principio antrópico, pero ni él ni Marías parecen partir de un Dios estético, sino del revelado, principalmente por y como Jesús de Nazaret.

 

sábado, 1 de julio de 2023

La exuberante belleza cotidiana.



" El estremecimiento es la parte mejor de la humanidad. Por mucho que el mundo se haga familiar a los sentidos, siempre sentirá lo enorme profundamente conmovido." (Goethe)


    De tanto verla, no apreciamos la belleza que abraza la complejidad de lo viviente, desde el orden molecular hasta formas macroscópicas de un tamaño que nos empequeñece, pasando por la estructura de una simple hoja de hierba o un árbol. Belleza existente que es tan variada como exuberante, en cierto modo enorme.


    La vida tardó en concebirse por los científicos como atomística, triunfando ese criterio con la teoría celular. Lo fluídico era más visible y más extrapolable, pero quedó restringido al intercambio de múltiples moléculas nutrientes o sintetizadas entre células distintas, con circuitos vasculares con corazón, como la circulación sanguínea, o sin él como las riadas microscópicas que conducen el floema y el xilema vegetales a lo largo de enormes gradientes, jugando con la gravedad o desafiándola, en un juego de presiones que asombra. 


    Nada más demostrativo de lo individual celular que una bacteria, en aparente contraste con los tejidos formados por células eucarióticas. Y, sin embargo, siempre se da un juego interactivo entre individuos aparentemente aislados hasta tal punto que, a veces, formas nuevas de vida emergen como simbióticas, y lo más discreto, lo bacteriano, puede dejar de serlo en la práctica por un sentido de quorum que, de un modo extraño y complejo de comunicación molecular restringida a umbrales, propicia una acción conjunta cuasi-tisular “decidida” mostrada en diferentes modos, algunos molestos para nuestra salud, otros bellísimos como la bioluminiscencia.


    Belleza utilitaria de las flores para favorecer la polinización entomógama. Belleza que percibimos en nuestro espectro óptico, diferente al sentido por una amplia variedad de insectos que a las flores se acercan. Belleza en animales tan distintos como los corales, las águilas, los insectos o los gorriones.


    La riqueza de formas se realza con los colores que surgen acompañándolas. Simetrías y asimetrías a veces conjugadas armónicamente, frecuentes relaciones fractales, muestran una amplia variedad de formas brillantes, de relaciones alométricas y cromáticas, en cualquier lugar. La vida y su belleza lo inunda todo, incluyendo el medio urbano, siendo demasiadas veces desapercibida.


    La ciencia nos permite ver más y más belleza en la vida que nos rodea y constituye mediante su mirada microscópica, molecular, biofísica y matemática. Realza y amplía la perspectiva poética, como defendía el gran Feynman, hasta que uno reconoce que no hay palabras para describir lo que cotidianamente ve sin ver. 


    Toda esa belleza que abarca desde el uso de fuentes de baja entropía como los fotones solares en los cloroplastos para la fotosíntesis, hasta la construcción de un embrión con todo lo que supone de diferenciación topológica y organización de distintas diferenciaciones celulares fisiológicamente coordinadas en el tiempo, nos interroga sólo si estamos abiertos, receptivos, a las preguntas que la vida nos hace. 


    Decía François Cheng que “la belleza es misterio porque el universo no estaba obligado a ser bello”. Es un postulado discutible, hermoso en sí mismo, y que parece implicar una perspectiva del principio antrópico en el orden estético y no en el modo epistémico. Y ese misterio no demuestra nada, sólo sugiere…o no. Ese misterio, ese "mirum" de la belleza natural asociada a lo complejo en una discreta banda de órdenes de magnitud en el seno de los que en el espacio – tiempo se desarrolla el universo, no demuestra nada, pero a mí, como a otros, nos sugiere fuertemente un sentido amoroso, inefable, poético, sagrado. 


    Se necesita más ciencia para elucidar los grandes problemas de la vida, especialmente los que afectan a nuestra salud y nuestra comprensión del mundo vivo y su evolución, pero no nos bastará con la ciencia para apreciar lo que, a pesar de evidente, parece no creíble, la belleza del mundo de la vida. Es así absolutamente imprescindible la mirada poética, aunque “sólo” sea para ayudar a Dios, como tan particularmente decían, aludiendo a su posición, Rilke y Etty Hilessum.

domingo, 9 de abril de 2023

Resurrección

 



    “Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!»”, Jn. 20, 15-16 


    "Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas". S. Francisco de Asís. Laudato si.


    La resurrección de Jesús es la piedra de toque del cristianismo. Ser cristiano supone asumir eso que parece inaceptable. Los motivos para la creencia son dispares o inexistentes. Pero creer tal cosa supone esencialmente aceptar como válidos, aunque susceptibles de la exégesis correspondiente, los testimonios escritos del Nuevo Testamento, y confiar en que Dios existe y su amor sostiene el sentido de la Vida frente a lo absurdo y brutal.


    Un misterio éste que no se resuelve aduciendo a otro. Por ejemplo, el problema de la consciencia en sentido fuerte, el de la subjetividad, mostrado a veces como el problema de los “qualia”, no se soluciona invocando una interpretación cuántica, al menos por el momento, entre otras cosas porque la comunicación sináptica parece abordable en términos clásicos.


    El gran escéptico y científico Martin Gardner resultó ser a la vez un gran creyente en su cosmovisión, con una fe de tintes unamunianos, y tratando de mostrar la eficacia de la oración intercesora como una acción elegante de Dios sobre el comportamiento de la función de onda antes de que ésta colapsase tornando en fenómeno observable. Explicándolo así, propiamente no explicaba nada. Pero hay algo que parece oportuno recordar; se trata de la expresión del extraordinario físico Feynman que decía lo siguiente: “Creo que puedo decir con seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica”.


    Quiero decir con todo esto que el mundo es misterioso y milagroso en el sentido de los mirabilia a los que se refería Jacques Le Goff. Lo maravilloso natural lo es tanto que milagro parece. Lo más corpóreo, lo material, no es, en su belleza, accesible a la intuición, por más que el comportamiento de las partículas elementales pueda ser expresable en un formalismo matemático cuya hermosura suele asociarse a la verdad.


    La fe puede ser razonable para uno mismo, pero difícilmente comunicable. Menos procedente parece el vano intento proselitista (no es mi pretensión), pero sí es defendible la expresión de lo que para uno mismo resulta importante, se comparta o no por amigos y extraños. Es por eso que me permito esta entrada, que conecta con algunas más anteriores a ella.

    

    En el evangelio de Juan, Jesús resucitado es confundido por María Magdalena (primera persona a la que parece presentarse) con un hortelano o jardinero (según las traducciones). Ese modo de aparición de Jesús resucitado resuena en mí esta vez porque remite al cuidado de un jardín. Antes de su muerte ya aludía a la belleza de los lirios del campo. Fue uno de sus más similares discípulos, Francisco de Asís, quien se hermanaba con él en su alabanza a Dios por todas las criaturas. Belleza, verdad y bondad parecen inexorablemente unidas en un término, amor, que remite en mi alma a Dios.


    Con el mayor respeto y admiración a la coherencia de personas extraordinarias y que son agnósticas o ateas, entre las que se encuentran mis mejores amigos, hoy, día de la pascua cristiana, me he  permitido esta expresión de mi perspectiva fundamental de la Vida. 

lunes, 13 de febrero de 2023

Terremotos. Movimiento y conmoción.

 

Imagen tomada de "La Voz de Galicia"


    Las placas tectónicas van a su ritmo, los constructores de casas al suyo.


    Se anuncia desde hace años el nuevo terremoto que sufrirá la ciudad de San Francisco. Probablemente, en caso de ocurrir, no sea tan destructivo como lo que aconteció hace pocos días en Turquía y en Siria.


    Lo que vemos en los telediarios es impresionante. Edificios que se derrumban como si su demolición hubiera sido pautada, como castillos de naipes, con gente dentro, llevando vida normal, como la nuestra. Miles de muertos. Horrible. Y lejano. Parece que lo terrible se neutraliza con la lejanía, por ridícula que ésta sea en ese punto azul en el cielo que llamamos, con Carl Sagan, Tierra.


    Y, a la vez, una gran luz nos alumbra. Es la de gestos humanos, sencillos, simples, incluso podríamos decir que “naturales”. Enfermeras que abandonan su puesto de control, pero que no lo hacen para escapar de la debacle que supondría su posible muerte inminente, sino para salvar la vida de quienes aún son tan inconscientes como inmaduros biológicamente hablando, niños en incubadoras. ¿Cuánto “vale” un bebé?


    La zona sísmica se ve ahora, en la televisión, como algo de un país ajeno, extraño (qué horrible es la palabra “extranjero”). Pero no lo es tanto. Tenemos compatriotas allí, a donde han acudido para jugarse el tipo por salvar la vida de desconocidos. No buscan grandes ni pequeñas glorias, no tienen seguramente más de una decena de “likes” en redes sociales (quienes las usen), “instagrames” y demás historias de seguidores. Podríamos decir que es normal, que eso va incluido en su sueldo, y seríamos solemnemente estúpidos si nos atreviéramos a semejante despropósito, porque su heroicidad no es, no puede ser, mercantil, sino, quién lo diría, natural, vocacional, inscrita en su propia madera de buena gente.


    Yo no sé qué sentirían quienes han rescatado personas, algunos a niños muy pequeños, de esa masacre. Pero están justificados. Hagan lo que hagan o lleven la vida más normal del mundo a partir de ahora, salvando a indefensos se han salvado a sí mismos, parece que se han justificado sobradamente. No sé el nombre de ninguna de esas personas, hombres y mujeres que me han servido de espejo tan crudamente humano. Y tú… ¿Qué has hecho que valga realmente la pena? ¿Hay otra cosa, que no sean los otros, que te haya desviado la atención egocéntrica? Es eso lo que, sin querer, sin necesitar ellos saberlo, preguntan sin preguntar. La respuesta siempre parece pobre, burda.


    Vida y muerte van unidas, íntimamente. Y no hay mejor vida que la que se da por otros, ya nos lo dijo Jesús, ni mejor muerte que la tragedia de compartirla con y por los indefensos. 


    Un terremoto mueve de la peor de las maneras, a la vez que conmueve del mejor modo. Habrá la tentación de la arcaica teodicea de que no nos puede regir un Dios bondadoso, visto lo visto, pero es una idea paupérrima de Dios. Somos libres ante el Gran Misterio. Podemos hacerlo mejor, con las casas, con las personas, con nosotros mismos. Muchos científicos (hay más vivos que muertos, se dice) han dejado de perseguir el saber fundamental y también su aplicación en aras del afán narcisista. Muchos políticos han dejado hacer. No es que Dios se calle ante los despropósitos humanos; simplemente estos ocurren porque Dios no es escuchado. No hay silencio para oírlo. También es cierto que Dios tiene sus modos de hablar. Lo ha hecho en las miradas de esos bebés rescatados tras días de entierro en vida.


    La tierra se ha movido ... y ese movimiento, con sus efectos, ha conmovido el alma.