jueves, 10 de agosto de 2017

PSICOANÁLISIS. Lo que no engaña.



"De los amores de Ares y Afrodita (diosa del amor) nacieron Eros y Anteros, Deimo y Fobo (el Terror y el Temor) y Harmonía". Pierre Grimal. Diccionario de mitología griega y romana.

Y, de repente, aparece. El mismísimo demonio. A veces, sin anunciarse siquiera; otras, dando algunas señales de llegada, señales que harán recordarlo en el futuro.

Sin saber por qué, ese demonio se hace con la mente, que no puede pensar sino sólo sentir horror ante una desgracia inmediata que no tiene nombre, que ni muerte se llama, y que, además, no ocurrirá. Con una paradójica parálisis de agitación, el demonio se adueña del cuerpo. El corazón se nota en la garganta, la tensión se dispara, las manos tiemblan, la respiración se descontrola, una náusea sartreana se hace físicamente vómito. De un calor infernal que empapa en sudor se pasa al frío. Lo peor se ve inminente, sin saber a qué se le puede llamar así, peor.

Se ha entrado en pánico.

No es propiamente el miedo que incita a escapar de lo que lo provoca o a neutralizarlo. Ni siquiera es el horror, que siempre responde a una causa real o imaginada y que puede paralizar de verdad.

En realidad, ni siquiera es pánico aunque esté de moda llamarle así. Es angustia, es el afecto que, según Lacan, nunca engaña.

El demonio de la angustia se ha mostrado.

E.T.A. Hoffmann nos contagia un terror que lo recuerda en su cuento “El hombre de arena”, que utilizó Freud en su ensayo “Das Unheimliche”. Lacan tomó eso, lo siniestro, como punto de partida para su análisis de la angustia, diferente al de Freud.

Es en la angustia que el quién de uno desaparece para abrir el interrogante sobre su qué y en relación con la alteridad, porque uno es convocado por un Otro del que no sabe y, quizá por ello, haya sido tan extendido el temor de Dios en forma angustiosa en otros tiempos. Desde el anuncio de Nietzsche, las formas han cambiado, también los potenciales desencadenantes, pero persiste la relación con un Otro desde la que surge el "qué" angustioso. Llamarle a la angustia ansiedad o ataque de pánico y que el consumo de ansiolíticos y antidepresivos esté tan extendido no cambia las cosas.

La inhibición que supone la depresión puede tapar la angustia. El síntoma facilitará su ocultación, pero cuando se desvanece, cuando eso que incordiaba se amortigua, la angustia revela la falta y el interrogante definitivo no puede ya ser pospuesto.

Los fármacos apaciguarán la constelación de síntomas a la que curiosamente ha desembocado la pérdida del síntoma nuclear. Retomarlo sería la alternativa paliativa, tanto como errada. La aproximación cognitivo-conductual tratará de domar lo ingobernable del no saber sobre el “qué”, pero ni un adiestramiento ni el extendido mindfulness o métodos de relajación diversos, ni rezar, calmarán la angustia cuando ésta lo es de verdad.

El efecto farmacológico calmante (ansiolíticos, mirtazapina…), balsámico, necesario muchas veces,  inducirá a pensar en una fisiopatología molecular cerebral, como se hizo y se sigue haciendo, inútilmente, en el caso de la depresión. Algo acabará mostrando la naturaleza química de ese demonio, sea como alteraciones en receptores neuronales, en la transducción de señal, en genes alterados... A eso se aspira legítimamente, y ahí están los proyectos BRAIN y Human Brain Project, para “explicarnos” y calmarnos, pero suele confundirse en exceso un correlato con una relación causal. El cuerpo, cada molécula que lo constituye, es causa necesaria del ser humano, pero no suficiente. Si la consciencia en sentido fuerte dista mucho de ser abordable científicamente, la subjetividad en general, incluyendo todo lo que de nosotros no conocemos aunque nos influya en gran medida, eso que suele llamarse lo inconsciente, es mucho menos susceptible de la reducción a una óptica celular, molecular, científica.

La angustia, ese afecto que no engaña, no es cuestión sólo filosófica por existencial que se defina, a lo Heidegger, sino lo que apunta a lo más enigmático y singular de la vida. Podemos negarla pero no engañarnos. Es la puerta estrecha, el filo de la navaja, que hay que cruzar para alcanzar cierta cota de libertad.

Aporto una excelente referencia bibliográfica al respecto: 

Manuel Fernández Blanco: "Lo viejo y lo nuevo de la angustia". El psicoanálisis. Revista de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. 2007,11: 27-42.

4 comentarios:

  1. La angustia relacionada con lo afectivo y singular se encuentra, filosóficamente, en Kierkegaard, es diferente al análisis de Heidegger (del mismo modo que es muy diferente cuando se es ateo, como por ejemplo Sartre).
    También me parece que la angustia tiene más de emoción contenida que de ataque de pánico y, en cualquier caso, como explicas tú, no es cuestión de fármacos.
    Un abrazo,
    Marisa

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    1. Muchas gracias, Marisa, por esa precisión necesaria que haces al diferenciar las posiciones de tres autores fundamentales a la hora de hablar de angustia, algo que reconozco haber tocado ahora con demasiada superficialidad. Por supuesto, la filosofía (y la literatura) han afrontado el tema de la angustia antes que el psicoanálisis, pero en el plano singular tal vez la filosofía ayude mucho menos.
      Creo que lo de ataque de pánico tiene bastante más que ver con la versión inglesa que con la tradición europea. El caso es que ha calado con fuerza esa expresión, a pesar de que el pánico tendría más que ver con lo colectivo. Es la gente, como masa, la que entra en pánico y lo hace ante una causa concreta, sea un atentado terrorista, sea un tsunami.
      En cuanto a los fármacos, no son resolutivos, desde luego, pero pueden ayudar y mucho en circunstancias concretas.
      Un abrazo,
      Javier

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  2. Eduardo Carbonell12 ago. 2017 2:46:00

    Buenas noches, Javier:

    He leído el cuento en un pdf y es inquietante. La densidad emocional se incrementa a base de los equívocos contínuos, Comparte con la tragedia que hay un error, en una interpretación o en un hecho, cosa o personaje, o una prueba, y así, sin aparente concurso de nadie, se fragua una tragedia. Está llena de símbolos freudianos. No he leído lo que dice Freud del cuento, Pero lo de la arena en los ojos, que la vieja le cuenta sin malicia al niño, o quizás con cierta pulsión sádica; el hombre de arena, la muerte del padre, los hijos y la madre, los hermanos, los disfraces, la locura, el crímen, etc, junto al habla sosegada del relato te encoge un poco el corazón. Es una atmósfera opresiva. Pero tratar de verlo en clave simbólica e interpretarlo tiene que ser difícil, pues si lo superficial ya resulta complejo encontrar el subtexto parece endemoniado. Podría alguno elaborar una prueba proyectiva. Más que tenebroso lo veo inquietante y desosegador.

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    1. Buenos días, Eduardo.
      Muchas gracias por tu comentario.
      "El hombre de arena" es, desde luego, un cuento opresivo e inquietante.
      Y riquísimo en su simbolismo. Freud resaltó en su ensayo la figura de ese siniestro personaje que aparece con dos nombres. Pero la figura de Olimpia entraría en lo que Schelling (a quien el propio Freud se refiere) mostró como lo siniestro, es decir, lo que debiendo quedar oculto, se manifiesta.
      Quizá sean posibles varias lecturas. Nuestra época está haciendo posible realizar lo siniestro mostrado por E.T.A. Hoffmann, actualizando su idea mediante la técnica. Me permito enlazar aquí una entrada del blog de 2015, en la que analicé sucintamente esto: https://javierpeteirocartelle.blogspot.com.es/2015/10/de-olimpia-samantha.html
      Si no lo leíste, hay otro relato inquietante relacionado con lo angustioso. Se trata de“El Horla” de Guy de Maupassant, que redactó en dos versiones.
      Un cordial saludo,
      Javier

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