jueves, 14 de enero de 2016

Autismo. En nombre de la ciencia, la ciencia es olvidada.

En su libro “Misa Negra”, John Gray define el cientificismo como la aplicación errónea del método científico a ámbitos de la experiencia en los que no existen leyes universales. Es una magnífica definición, aunque incompleta, de lo que se puede entender como la exageración cientificista. 

No hay leyes universales en lo que es singular, en el ámbito de lo subjetivo. No hay ley científica que pronostique si a mí me matará una hipertensión en la próxima década, o que declare el modo en que un sujeto autista deba ser tratado. Sólo tenemos esa evidencia degenerada que se aleja enormemente del término intuitivo y del recogido por el Diccionario de la Real Academia (“certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar”). 

Cuanto mayor es el número de variables en un fenómeno observable, y un trastorno mental puede serlo en sus manifestaciones, mayor es la dificultad de diferenciar la señal del ruido a la hora de establecer una relación de causalidad que sostenga la conveniencia de una terapia determinada. Por eso, la corriente conocida como “Evidence based Medicine (EBM)” asume distintos niveles de evidencia de los que surgen, a su vez, diversos grados de recomendación de algo como un tratamiento o el riesgo de un agente químico o físico.

Es sabido que la hipertensión es un factor de riesgo importante. Hay buenas terapias para reducir ese riesgo, para bajar la tensión. ¿Hasta qué nivel? La respuesta sensata aquí es la que diríamos los gallegos en general: depende. Depende de muchos elementos y la decisión debe darse en la consulta, en la relación clínica singular. Es cierto que los médicos nos podemos ayudar de guías, protocolos, confeccionados desde esa óptica de la EBM, pero siempre será para tomar una decisión terapéutica aquí y ahora para alguien concreto. Eso es lo sensato: diagnosticar y tratar si procede. Pero he ahí que la salvación cientificista aflora a la prensa cotidiana y así un periódico de gran tirada como es “El País” publicó recientemente un artículo en el que alertaba sobre la necesidad de disminuir la tensión arterial.  El nivel de insensatez conseguido ha sido convenientemente criticado en sucesivos posts del lúcido blog de Sergio Minué, por lo que sería superfluo insistir en ello. Pero es una noticia que sirve para destacar la gran diferencia y responsabilidad consecuente que tienen los medios de comunicación a la hora de redactar artículos de divulgación científica, porque no es lo mismo hacerlo sobre ondas gravitatorias que sobre aspectos de salud, en donde puede con facilidad confundirse tal divulgación con lo que no es, educación sanitaria. 

Ese amarillismo médico es una muestra de cientificismo en el sentido de J. Gray. Otro triste ejemplo es el afán de una asociación de padres de autistas, que ha promovido en "Change" una petición al Conseller de Salut de la Generalitat en la que, tras denunciar “prácticas obsoletas en la atención pública del autismo en Cataluña”, exigen que tal atención se haga con “evidencia científica” (así inician su petición). Inmediatamente ha habido la consiguiente respuesta por parte de psicoanalistas a través del “Manifiesto Minerva”, que este servidor ha firmado. El conflicto está servido y ya se han hecho eco de él los periódicos.

Change es una plataforma que permite canalizar peticiones colectivas. Los padres de niños autistas están en su pleno derecho de pedir lo que consideren más adecuado para el tratamiento de sus hijos, pero es muy dudoso que puedan erigirse en elemento inquisitorial acerca de cómo se ejerce la atención clínica, siempre singular, en el sistema público, insistiendo en que se destierren terapias que califican de obsoletas, sin justificar en absoluto el porqué de tal obsolescencia. Al hacerlo, olvidan o ignoran que las evidencias científicas propugnadas son las que son, las que pueden ser en el estado actual del conocimiento del autismo, del que no se ha desvelado ningún modelo etiopatogénico molecular consistente. Parecen olvidar también que para el ejercicio de la práctica clínica, tanto en el sistema privado como en el público, se requiere una titulación oficial y no un recuento de opiniones favorables o desfavorables sobre quiénes y cómo la ejercen.

La ciencia se basta a sí misma. No precisa defensas. Y tampoco corresponde a Change ni a El País decir qué es bueno o malo para nuestra salud. Ya no digamos qué es científico y qué no lo es. La ciencia es una “episteme”, no una “doxa". 

Y la atención a pacientes es función del clínico, de cada uno, porque sigue ocurriendo que la relación médico – paciente es eso, una relación singular, un encuentro de subjetividades a una de las que se atribuye un saber, y no afortunadamente la mera aplicación de un protocolo, cuyo valor derive, como en un programa televisivo, de la audiencia que reciba.

No es fácil lograr la evidencia en Ciencia. Es más difícil todavía si miramos a la Medicina y la dificultad se incrementa extraordinariamente si tocamos lo psíquico.

Es comprensible el sufrimiento y la angustia de familiares de enfermos, pero no debieran mezclarse ansias y esperanzas con evidencias científicas inexistentes.

Es muy habitual, lamentablemente, que, en la clínica, la alusión a la evidencia científica olvide demasiadas veces a la ciencia que debiera sustentarla.

martes, 5 de enero de 2016

Kairos

Hay una asociación intuitiva del tiempo al movimiento, al cambio, abarcando desde posiciones astronómicas hasta reacciones químicas. Hablamos de escalas de millones de años luz a femtosegundos porque algo cambia en ellas: aparece una supernova o se produce un intercambio electrónico entre dos moléculas.

Un reloj trata de medir eso que ya San Agustín consideró indefinible, el tiempo. Y un reloj no es sino movimiento regular: de agua, arena, sombra, agujas, electrones…
Relojes y calendarios muestran algo, el tiempo, que parece uniforme, como el espacio newtoniano, pero que es inasible. Si Einstein mostró el carácter contra-intuitivo de un espacio tetradimensional, siendo el tiempo una de las dimensiones, la mecánica cuántica incrementa aun más el misterio con la extrañeza del entrelazamiento y con la posible perspectiva de una discretización de lo que más continuo parece, el tiempo, que pierde sentido por debajo de un valor determinado, el tiempo de Planck.

En la práctica, somos entes clásicos y nuestro tiempo, el de nuestras vidas, también lo es, aunque reconozcamos el valor de influencias relativísticas en instrumentos ya tan cotidianos como los de navegación por GPS.

Y creemos que, por eso, por movernos en el ámbito clásico, podemos considerar el tiempo de modo intuitivo, como un río que nos lleva del nacimiento a la muerte. Pero no es así. Sólo sabemos hablar de antes y después, con un ahora que se nos escapa. Y esa apariencia de flujo a la que llamamos tiempo podría no darse. Sabemos de él no por él mismo sino por lo que lo supone: un incremento de entropía del universo (la flecha termodinámica), la evolución de éste desde el Big Bang (la flecha cosmológica) y porque recordamos nuestro pasado y no nuestro futuro (la flecha psicológica).

En el ámbito de eso que llamamos tiempo se dan ritmos, ciclos, repeticiones, que nos inducen a medir lo no medible y lo hacemos con relojes, con calendarios. Pero, de algún modo, sabemos que esa medida es insuficiente para nuestra propia vida. El tiempo, por mucho que miremos un reloj, puede “pasar” más rápido o más lento y, a medida que envejecemos, el tiempo parece correr más deprisa, como si algo así corriera o anduviera.

Ese algo que medimos y que llamamos tiempo no es, propiamente, tiempo de vida, sino abstracción contextual fenoménica. Es lo que los griegos llamaban “chronos”. 

Pero… ¿quién mide con reloj el tiempo en que está enamorado? ¿quién recuerda detalles banales de su vida y no más bien aquéllos en los que decidió algo importante? 
Nuestra infancia y nuestra vejez son en chronos, son cronometrables, en años, en meses. Incluso esa obsesión métrica maca pautas clínicas, fijándose en tiempos de supervivencia, de esperanza de vida, o de intervención quirúrgica. Las investigaciones forenses incluyen establecer la “data” de la muerte. En un hospital cuando una parada cardíaca no revierte y no hay nada que hacer se mira el reloj, la hora de la muerte, como si importara.  

Y es que, en cierto modo, chronos, implacable, nos anuncia esa hora final más allá de la cual ya nos abandona para… Según nuestras creencias, abocar a la nada, reencarnarnos hasta que logremos liberarnos del samsara,  o entrar en el misterio de lo Absoluto que en el cristianismo se llama resurrección.

Chronos anuncia a Thánatos. Y la Medicina actual, impregnada de cientificismo más que de ciencia, persigue que las elites de este planeta, en el que una gran parte de la población se muere de hambre o infecciones, pueda seguir contando años, conjurando inútilmente la llegada de la muerte. Chronos promueve ese higienismo extremo por el que hay quien llega a matarse por evitar morirse. 

Pero ya los griegos vieron que somos algo más, algo diferente a una piedra que cae o una planta que crece. Que sentimos, sufrimos, gozamos y… vivimos. Y vivir supone estar fuera de la limitación impuesta por chronos. En realidad, sólo vivimos cuando lo hacemos de modo eterno, aunque un reloj diga que esa eternidad ha durado unos cuantos minutos o segundos. No ocurre siempre. No vivimos siempre. Hay quien no ha vivido  propiamente nunca aunque se muera a los cien años y, por el contrario, hay quienes han vivido muchísimo muriéndose en plena juventud. Porque el tiempo de la vida es otro muy distinto a chronos. No es lineal, incremental, sino extraño, casual, contingente, sensible, memorable, decisorio. 

Ese tiempo vital es kairos. Es de momentos, de ocasiones aprovechadas o desperdiciadas. Tal vez por eso kairos se muestre con apariencia de injusticia, como un dios que porta una balanza desequilibrada, que vuela porque tiene alas pero que es atrapable si lo vemos venir y agarramos su cabello, algo que no podremos hacer cuando pase y nos muestre su calvicie. 

Los Carmina Burana nos lo recuerdan: “Verum est, quod legitur fronte capillata, sed plerumque sequitur Occasio calvata”. La ocasión, esa que pasa o no, algo que depende de nosotros mismos, de esa balanza extraña que porta nuestro kairos en cuyos platillos las fuerzas de nuestro inconsciente pueden influir tanto.

Lo inconsciente, lo que parece mágico, no sólo es negativo influyéndonos en desperdiciar las ocasiones. Puede ser un gran aliado. El ouroboros es un símbolo universal. Para Kekulé fue algo más que una mera ensoñación; dejó que le mostrara el camino para encontrar la estructura del benceno. Una mirada casual y una vida puede cambiar definitivamente. Einstein se imagina corriendo a la velocidad de la luz y esa intuición de adolescente dará lugar más tarde a la teoría de la relatividad. Un hongo contamina un cultivo bacteriano y se hace objeto de estudio gracias al que tenemos antibióticos. Nos daría igual que Flemming viviera mil años si despreciara ese momento. 

Kairos, a diferencia de chronos, mira a Eros, a la vida, porque la vida, si es tal, remite a eso, a lo erótico, a la Alegría, bello fulgor divino, como nos indica esa hermosa oda de Schiller recogida por Beethoven en su novena sinfonía “… Freude, schöner Götterfunken, Tochter aus Elysium! “ 

Hay alguna representación de Kairos como la mostrada arriba, pero en realidad Kairos se muestra como resultado de vida. En la creación poética, en la narración heroica, en la pintura, en la ciencia. Chronos nos diría que Renoir pintó “Sur la terrasse” en 1881. Kairos nos muestra en ese lienzo vida, eternidad, porque da igual que esas dos jóvenes hayan muerto, que el propio Renoir también. Todos ellos muestran la vida ahora igual que entonces, igual que cuando nosotros no estemos. Un instante eterno y eso basta. Decía Jesús que María, a diferencia de Marta, había escogido lo mejor porque sólo una cosa es necesaria. María se había dejado llevar por vivir su kairos, por aprovechar su ocasión, en tanto que Marta se afanaba en su chronos.

No vivimos en el tiempo cronológico newtoniano. Nada de lo humano vive en él.

La ciencia, el arte, la filosofía, la poesía, la alegría, el amor, la Medicina auténtica, viven en el tiempo kairos.

El cientificismo, el afán de encumbramiento y riqueza, la injusticia, la rutina, el miedo, lo inhumano, la triste Medicina deshumanizada, la Psiquiatría conductista…mueren en el tiempo chronos.

Una de las bellas lecciones de los evangelios es esa parábola tan mal entendida de los que cobran igual aunque unos han trabajado mucho menos: se muestra la balanza desequilibrada de Kairos, en la que influye uno mismo y también la gracia de los dioses, la contingencia, el viento que sopla donde quiere y no sabemos de dónde viene ni a dónde va. 

Y vendrá cuando venga. Porque por las prisas … puede surgir Ganesha. Lo está haciendo ya en laboratorios chinos y no será tan adorable como el benéfico dios hindú.

Este post es dedicado a mi amigo, el Dr. Norberto Galindo Planas, quien lo inspiró.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Un reloj para diez mil años. Feliz 02016.

Somos seres temporales. Los cambios biológicos y biográficos se van sucediendo en nosotros desde que nacemos hasta que nos morimos. Eso plantea la perspectiva de un tiempo lineal. No hay marcha atrás en la vida de cada uno. Y lo que le ocurre a uno, le sucede a todos. La Historia también es lineal aunque a veces parezca que se repite.
 

A la vez, esa dirección lineal es una sucesión de ciclos que la dividen en años o fracciones de año, siendo éstos artificiales (meses, semanas) o naturales (estaciones, días).
Nada ofrece mejor el carácter repetitivo que un simple día. De hecho, tan importante es esa unidad cíclica que los relojes biológicos con que contamos la mayoría de especies son principalmente circadianos. La cronobiología es, lamentablemente, un área de investigación que parece haber pasado de moda.
 

Necesidades religiosas y otras más pragmáticas, como la agricultura, han inducido a la construcción de calendarios dirigidos inicialmente al cálculo de estaciones. Más tarde, se dio también la preocupación por el recuento de años sucesivos, desde un tiempo inicial, un origen de historicidad dudosa y más bien mítico: “Ab urbe condita”, “Anno Domini", etc.
 

Pero no sólo las estaciones y la sucesión de años. También el ciclo unitario, el día, es, a su vez, una sucesión de tiempos: horas, minutos, segundos, e incluso fracciones de segundo. También en este caso se dieron necesidades de medida por las actividades civiles y religiosas.
 

Una medida precisa del tiempo tiene aspectos prácticos indudables. Quizá un buen ejemplo sea el cálculo de la longitud en navegación, pero no es el único: una ley física tan importante como la segunda de la termodinámica implica, en la práctica, una forma de intuir el tiempo.
 

Los sistemas cronométricos han evolucionado. En un rango instrumental que abarca de las  clepsidras a los relojes atómicos, todos disponemos de relojes propios y públicos y cada vez más ajustados entre sí a una hora universal.
El calendario mide años y señala estaciones y efemérides. Fue precisamente la necesidad de calcular la fecha de la pascua cristiana la que acabó induciendo a la reforma gregoriana del calendario. El reloj, a su vez, marca los tiempos de citas, de trabajo, de comidas, de inicio de espectáculos o de actividades de Bolsa, programas de televisión, etc.
 

Parecen dos sistemas con sendos objetivos diferentes: el calendario se fijaría en la sucesión de años y en las efemérides de cada uno, en tanto que el reloj sería importante para vivir la rutina diaria. ¿Por qué no unirlos? En cierto modo, nuestros relojes ya lo hacen, indicándonos no sólo la hora sino también el día, mes y año en que vivimos. Son instrumentos que precisan una fuente de energía que, en la práctica, despreciamos por su bajo coste. Todos los relojes personales y públicos de que disponemos hoy, aunque no se estropeen, acabarán parándose al cabo de años: por no darles “cuerda”, por no cambiar su pila, por no moverlos… por falta de energía a fin de cuentas.
 

¿Podría crearse un reloj - calendario que fuera independiente del mantenimiento y que marcara las fechas a ritmo de reloj, aunque este ritmo no tuviera en cuenta segundos, minutos u horas, sino días, años, siglos? Tanto los calendarios como los relojes son instrumentos de observación; requieren un sujeto que los mantenga y observe lo que indican, sea en las piedras de Stonehenge, sea usando un teléfono móvil. Pero podría construirse un reloj - calendario que funcionara con independencia de mantenimiento humano. No lo haría eternamente, pues no es posible un móvil perpetuo, pero sí durante muchos siglos. Ése es uno de los objetivos que persiguen los miembros de “The Long Now Foundation”, crear un reloj que marque el tiempo durante los próximos diez mil años. Esa fundación se caracteriza por sostener proyectos que miran a muy largo plazo. Uno de ellos, “The Rosetta Project”, ya había sido objeto de comentario en un post de este blog.
 

Tal reloj es una construcción compleja que busca la simplicidad: gente inmersa en una cultura equivalente a la de la edad de bronce podría entender su mecanismo. Requiere energía y, para ello, de las fuentes posibles, se ha elegido la que parece más estable: una diferencia térmica en la cima de la montaña que albergue en su interior al reloj se transmitiría como energía a los componentes que la precisan.

Y ¿por qué no hacer que suene también? Brian Eno, uno de los promotores de esa idea, ha construido un algoritmo que genera secuencias aleatorias de notas musicales, de modo que las campanadas, una al día, sean todas distintas.
Ya se ha construido un prototipo a pequeña escala. Ahora se pretende instalar varios relojes en lugares geológicamente estables. ¿Por qué? Quizá le pregunta mejor sea ¿Por qué no? ¿Tiene algún sentido la Torre Eiffel? ¿Una catedral? ¿Por qué no hacer algo aparentemente interesante aunque sólo sea como monumento a una generación?
 

El reloj de diez mil años es un sueño aparentemente realizable, como otros lo han sido. Será el emblema de una generación o un mero resto de ella, pues no es descartable que el paso del tiempo, en el que se anclan los recuerdos, siga siendo registrado por un instrumento que puede ser a su vez olvidado si, por la razón que sea, no queda nadie para observarlo.

Una nota sobre el año:
El año trópico es el tiempo que transcurre entre dos equinoccios vernales, cuando los planos del ecuador y de la eclíptica se cortan en primavera.
El año sidéreo es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol hasta un punto exacto del espacio, tomando como referencia las estrellas. Excede muy ligeramente al año trópico.

martes, 22 de diciembre de 2015

¿Y si…?


Muchos “comics”, antes tebeos, divierten a niños mostrando las aventuras de personajes fantásticos. Rizando el rizo, en un tiempo se popularizaron unos historias ilustradas bajo el nombre genérico “What if…” que fantaseaban a su vez sobre qué les ocurriría a esos héroes en circunstancias muy diversas, por ejemplo, en un cambio de época, en un encuentro con otros personajes, etc.

La imaginación permite esos juegos no sólo en el ámbito del comic. También en el de la ficción llevada a la ciencia o a la historia. ¿Qué pasaría si… ? Si no hubiera caído Roma, ¿tendríamos una ciencia mucho más avanzada? ¿Si la radiación del cuerpo negro no fuera vista como un problema interesante, tendríamos la mecánica cuántica? Pero también, ¿habría una segunda guerra mundial si Hitler hubiera sido admitido en la Academia de Bellas Artes de Viena?

Esas e innumerables preguntas más son tan aparentemente interesantes como inútiles, porque sólo hay una historia y, aunque responda en gran medida a lo contingente, es la que es, sólo visible en pasado, no modificable; carece de sentido imaginarla de otro modo, aunque sea importante conocerla para estar advertidos de lo que puede repetirse. Una advertencia a la que, sin embargo, nunca se le hace el menor caso.


Esa pregunta no sólo carece de sentido ante la Historia, ante lo colectivo.  También ante lo biográfico. ¿Qué ocurriría si hubiera aceptado aquella oportunidad? ¿Y si no hubiera elegido mi profesión, mi pareja, la ciudad en la que vivir… etc, etc.?  ¿Y si…? ¿Y si…? Una pregunta que se reitera demasiadas veces ante encuentros casuales, ante frustraciones, ante sueños, insistiendo en una nostalgia inútil de lo no vivido.

Hay quien dice que le gustaría volver a la juventud sabiendo lo que sabe por su experiencia vital, pero quien eso manifiesta sólo expresa una gran ignorancia sobre sí mismo. En el hipotético caso de lo que parece imposible, un viaje en el tiempo, alguien que hace tal afirmación haría lo mismo que hizo con su vida. Exactamente lo mismo en lo esencial. En realidad, mucha gente, sabiendo lo que sabe, sigue y seguirá haciendo lo mismo en el futuro, en una repetición incesante de lo peor.

Sucede que el “¿Y si…?” es una pregunta sin sentido porque nos supone mucho más libres de lo que en realidad somos, pues ocurre que estamos determinados, no tanto porque nuestros genes o los astros lo digan, cuanto por la propia biografía construida en lo familiar, por el niño que permanece en nuestro interior aunque nos hagamos viejos, por todo eso que desconocemos de nosotros y que, aunque dejándonos libres en cierto grado y responsables siempre, nos determina.


Saber de eso, de lo inconsciente en nosotros, sí permite un modo de hacer mejor con la propia vida en el presente, en el futuro que nos quede, y realza a la vez el absurdo de la pregunta “¿Y si…?” referida a nuestro pasado, a la vez que muestra su gran posibilidad cuando se enfoca al presente y al futuro personal y colectivo. 


Podemos construirnos y reconstruirnos y, a la vez, influir, aunque sea muy poco, en la Historia. Pero ese saber requiere, como el lenguaje, del encuentro con nosotros mismos en el otro especular. Por eso, la filosofía no necesariamente libera a quien a ella se dedica, pudiendo facilitar paradójicamente la vida de los otros. Tal vez en eso radique la diferencia entre filosofía y psicoanálisis, porque, en el fondo, no somos tan racionales como creemos y mucho más inconscientes de lo que suponemos.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Psicoanálisis. De la escucha a la mirada en Barcelona.

Es bien sabido que Freud creó el psicoanálisis. No fue algo que surgiera de la nada. Una excelente biografía suya, la de Peter Gay, nos muestra su evolución desde la investigación básica al descubrimiento de lo inconsciente y, con ello, la posibilidad de incidir sobre algo que era para los pacientes tan perturbador como oculto.

Un descubrimiento así no es equivalente al de un antibiótico.  Hay que hacer un trabajo hermenéutico de lo que se tiene entre manos y ya desde un principio hubo disonancias entre psicoanalistas, siendo célebre la existente entre Freud y Jung. Pero, a pesar de distintas concepciones, prácticas y escuelas, el psicoanálisis ha evolucionado desde Freud y es en la actualidad un enfoque clínico potente. 


Hay algo consustancial a esta práctica: reconoce el límite que impone la singularidad de lo subjetivo. Ese reconocimiento implica una posición de escucha. En cierto modo, simplificando, la escucha del analista permite que el paciente vaya dándose cuenta de su determinación biográfica, tan distinta de la restricción biológica y, desde ese darse cuenta, desde esa situación en la que donde era Ello acontece el Yo, según diría Freud, alguien puede hacer algo mejor con su propia vida.

Pero precisamente esa actitud de escucha es la que también se abre más allá de la clínica, la que está atenta a la patología social, a lo que ocurre en nuestra civilización, tan inconsciente como la propia Historia nos muestra. Freud mismo la utilizó en sus ensayos.

No sorprende por eso que un psicoanalista pueda interpretar, mejor que un científico, un historiador o un filósofo, las acciones humanas. Y tampoco sorprende que, precisamente para lograr un mayor entendimiento, se abra al discurso de otros. Hay, pues, una doble escucha por parte del psicoanálisis, más allá de la clínica singular: la de lo que sucede en el mundo y la del discurso de otros sobre ese suceder.


Los días 12 y 13 de diciembre de este año, Barcelona, ciudad hermosísima y acogedora donde las haya, albergó un encuentro marcado por esa doble escucha: a lo que ofrece el mundo, incluso con sus silencios, como los que acompañaron al duelo en París, y a lo que puedan ofrecer otras personas desde actividades ajenas al psicoanálisis. 


Un día para cada una de esas escuchas en las Jornadas de la ELP. Quienes asistimos a ellas fuimos afortunados porque hemos aprendido, desde la escucha de la escucha, si así puede decirse, a mirar. A mirar la realidad en que nos hallamos, a tratar de comprenderla y a recordar que nada humano puede ser ajeno a esa mirada.

Fueron muchas las intervenciones y hábil la elección de la inaugural y de la final. 


Éric Laurent inauguró las jornadas con una conferencia riquísima en detalles en la que fue mostrando cómo la acción humana es inconcebible obviando la singularidad. Tomando como núcleo lo traumático de los asesinatos de París, acabó iluminándonos sobre la gran paradoja del cientificismo: cuantos más factores causales se encuentran, menos claro es que haya una causa; lo hizo comparando las explicaciones sociológicas del yihadismo con las biológicas del autismo. Dos fenómenos bien distintos, tanto como las ciencias que pretenden abordarlos (Sociología y Biología), pero que comparten algo común, la imposible objetivación científica de lo subjetivo.
 

Y las cerró, con el brillante rigor que le caracteriza, Miquel Bassols, refiriéndose al cuerpo hablante. No tendría sentido resumir lo que dijo, por ser mucho y necesario, pero quizá baste como ejemplo ilustrativo su alusión  a E.T.A. Hoffmann (quien ya había inspirado un ensayo de Freud) para mostrar lo siniestro posible de actualizar, el siniestro cuerpo de la tecno-ciencia. 

Ésta no es la edad de la ciencia sino la del mito científico, que es muy diferente. Un mito pobre que aspira a la imposible completitud epistémica y que confunde progreso y bondad.

Actividades como la que Barcelona acogió los días 12 y 13 mantienen la esperanza en que es posible reconocer el misterio, en que no todo es igual, en que ser humanos supone una responsabilidad ineludible para cada uno.