miércoles, 4 de marzo de 2015

Lo animal o el recuerdo del alma

“Modern humanism is the faith that through science humankind can know the truth – and so be free. But if Darwin’s theory of natural selection is true this is impossible. The human mind serves evolutionary success, not truth. To think otherwise is to resurrect the pre-Darwinian error that humans are different from all other animals. John Gray

El fisicalismo considera al ser humano como un mero sistema biológico. A la vez, soporta una nueva utopía, la cientificista, la que considera el progreso ilimitado, sin pensar que una utopía o bien no es realizable haciendo honor a su nombre o bien se transforma en lo peor, en la distopía. Ya vimos sus efectos en el siglo XX. Ese “progreso” puede acabar con todos nosotros de modo literal o privándonos de nuestra libertad.

Ante el avance científico, el Dasein parece evaporarse pero a la vez, paradójicamente, el propio sentimiento de lo animal también se oculta. Entre un dualismo anticuado y un monismo bastante naïf, no nos entendemos a nosotros mismos. Seguimos viéndonos como cuerpos y almas o, como alternativa, como genes que informan una compleja organización molecular. Hay perspectivas holísticas, de sistemas emergentes, pero no basta nada de lo que tenemos a mano para explicarnos. 

Es llamativo que ninguno de esos extremos asuma lo biológico en sentido auténtico, el misterio de la animalidad que compartimos con tantos seres diferentes. Curiosamente, podríamos ver a Freud como un biologicista en sentido noble, pues al mostrar la misteriosa relación de lo inconsciente a nosotros con lo que creemos ser y con nuestras acciones, ancló su teoría en nuestra animalidad subyacente, como organismos que se alimentan y se reproducen. El pecho nutricio, los esfínteres, lo genital… Es lo animal lo que, extrañamente mezclado con lo cultural, con lo familiar, nos lleva por el único río de cada biografía.

El lenguaje nos hace humanos y, por serlo, somos conscientes de muerte y, según Heidegger, seres para ella. Dice Bauman que es precisamente por la ausencia de motivos ulteriores que la expresión espontánea de vida puede ser radical. Pero la muerte no sólo se instala como pensamiento; también lo hace más poderosamente, más enraizadamente de modo pulsional. Quizá sea eso lo que paradójicamente más nos separa de la animalidad, en donde la muerte de unos no es más que medio para la vida de otros.

“En la vida y en la muerte somos de Dios”, les escribió San Pablo a los romanos” (Rom 14:8). También lo son los animales, motivo de alabanza a Dios por parte del humilde Francisco de Asís, quizá porque sólo Dios (a saber qué queremos decir con esa palabra desgastada) comprenda lo animal, porque sólo el Gran Espíritu se compadezca de todas sus criaturas. Hay un hermoso poema de Salvador Rueda (“La dignidad de la muerte”)  que roza esa percepción factible de compasión (de "padecer con") íntima:

“Cerca de la fuentecilla que no suena,
ni con su brillo la retina hiere
un doloroso pajarito muere
roto su iris de plumas por la pena.

La soledad tan sólo ve la escena;
ningún lamento lírico profiere;
solemne, estoica, acata el miserere
con que la muerte sabia lo condena.

No estudia su postura, no declama,
no se desgreña ni a las aves llama;
sólo agoniza el leve pajarito.

Y entre el dolor que trágico lo azota,
Dios baja a recoger su última nota,
y es tan grande que llena lo infinito”

¿Qué es propiamente eso que compartimos con monos, perros, gatos, pájaros o serpientes? Ningún análisis ni síntesis posterior desde la ciencia podrá aclararlo. Nada nos evitará ese “Abgrund”. Sólo desde el arte, desde la poesía, podremos tratar de comprender sin éxito, de maravillarnos ante la enigmática belleza de todos los animales grandes y pequeños, de ese gran conjunto del que formamos parte pero con la carga responsable aún más misteriosa de poder asombrarnos ante la vida, ante algo que sólo desde la humildad socrática podremos amar. Tal vez baste y sobre con entender que el alma vital a todos nos llena para sufrir por la muerte de un animal o alegrarnos con su vida, pues es esa alma universal, la que percibió Teilhard, la que nos contagia e identifica. Quizá el conocimiento de lo animal sólo sea posible desde el animismo, desde lo que apunta al "anima", desde esa forma de religiosidad mística, pura, de identidad ignorante con el universo, desde ese gran vacío espiritual que puede dejar que conectemos con el misterio esencial. 

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