sábado, 9 de mayo de 2026

"Hágase tu voluntad"

 





Imagen obtenida de Wikimedia Commons
           

“Ha llegado la hora, Señor,
De mirar a la cara la vida
Según tú, no según nosotros.”
                                    (François Cheng)
 
    Jesús dijo “Pedid y se os dará” (Mt.7,7), lo que sostiene la plegaria petitoria, compatible con la adoración contemplativa. También enseñó la oración del padrenuestro, que podemos rezar mil veces sin reparar en su contenido, especialmente una petición, “Hágase tu voluntad…” (Mt. 6,10). Esa súplica resonaría en Getsemaní, cuando Jesús, que sudó sangre ante lo que se le venía encima, la expresó (Mt.26,39). Sabía lo que podía implicar ese nuevo “fiat”. 

    La voluntad de Dios, invocada por Jesús, pareció acoger lo peor del ser humano frente al más inocente de los hombres. La voluntad de Dios fue, en apariencia, cómplice de asesinos, pero, tras la cruz, Jesús resucitó y el ser humano fue redimido. En Auschwitz Dios también pareció callar, pero vidas sacrificadas, como la de M. Kolbe o Edith Stein, lo hicieron presente. 

    Incluso en la vida corriente es relativamente frecuente oír, por parte de quien trata de consolar, que fue la voluntad de Dios la responsable de una muerte o de una catástrofe. A veces parece que la voluntad de Dios facilita lo contrario de lo que uno pide. Eso le ocurrió a Antonio Machado con la muerte de su esposa Leonor a muy temprana edad. El poeta clamó a Dios, en un verso bien conocido, “Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía”.

    ¿Podemos rezar “hágase tu voluntad” sin intuir un riesgo de que nos vaya peor en la vida por esperanza frustrada? ¿Un riesgo de que Dios nos envíe “pruebas”? ¿Por qué, a veces, parece que Dios no escucha nuestras oraciones?

    Decimos que se haga la voluntad de Dios, pero, desde una visión egocéntrica, no imaginamos que pueda concernirnos de un modo inesperado y “perjudicial”, precisamente porque es difícil o más bien imposible entender cómo conjuga Dios su omnipotencia con su amor. 

    Esa voluntad, a pesar de la omnipotencia divina, requiere la libertad humana para pasar al acto y que en un mundo humano se realice. 
Es la libertad humana la que permite el mal de la violencia y de cualquier defecto moral, pero también la bondad de la receptividad al deseo de Dios. Es la contingencia la que destruye, pero también lo que ha permitido la evolución biológica. Alfa y omega, el tiempo y su ausencia en Dios no son nuestro tiempo.

    Podemos seguir pidiendo la voluntad de Dios, cuya ejecución supone la legalidad física, la indeterminación fundamental, el azar esencial y el ruido y, para bien y para mal, la libertad humana. Al hacerlo, aceptamos las posibles reglas de juego coherentes. A Dios nos entregamos. Asumimos un Dios infinito en su belleza, de la que es pálido reflejo la maravilla de la creación, e infinito en su amor misericordioso al ser humano. A pesar del absurdo en que vivamos y nos haya penetrado. Un instante de lucidez puede bastar para una metanoia hacia el plan divino, algo que puede ser gratificante y tendrá también su dificultad para quien elige una puerta que será estrecha (Mt. 7,14). 

    Desde la referencia de Jesús, asumimos que tenemos una opción más allá de la ética esencial, y es ser acogidos por esa voluntad divina amorosa que pedimos, pues “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch.17,28), pudiendo ser instrumentos de Dios mismo y recordando, cuando estemos agobiados, la carta paulina a los filipenses: “Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo” (Flp 4,6-7).