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sábado, 1 de agosto de 2026

Vasijas de barro.


Imagen tomada de Wikimedia Commons 

        A veces, uno se plantea el porqué del mal, especialmente cuando se suman distintos efectos adversos que inciden muy negativamente en el orden biológico o en el acontecer biográfico. Pérdidas reales y simbólicas generarán las consiguientes reacciones, muchas de las cuales tendrán carácter de duelo.


         “… Y líbranos del mal”. Eso decimos en el cristianismo al final del Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús, de la que tantas peticiones dan que pensar, como cuando lo que nos ocurre difiere mucho de lo que esperamos al pedir la protección divina contra el mal. Solemos ignorar que, aunque providente y omnipotente, Dios permite las contingencias naturales y el devenir histórico asociado a la libertad humana, cuyo resultado parece con frecuencia obra de los jinetes apocalípticos.


         Sería todo tan hermoso si no ocurriera este o aquel episodio que consideramos nefasto en nuestra vida...  ¿Dónde estaba Dios, omnipotente e infinitamente bueno? Es memorable la respuesta dada por Paco Umbral a una mujer que intentó consolarlo ante la enfermedad letal de su hijo (que indujo la redacción de “Mortal y rosa”) aludiendo a la voluntad divina. Son muchos los avatares de salud catastróficos que no distinguen creyentes de ateos y que parecen refutar el sentido de una petición sobre el mal a Dios, que consintió algo como Auschwitz, que permite el sufrimiento de pacientes oncopediátricos y de sus padres, que permite tantas cosas. Hans Küng escribió que "el sufrimiento desmedido, inocente, absurdo, no se puede comprender teóricamente, sino soportar prácticamente"

         Y, a pesar de lo anteriormente dicho, defiendo aquí y ahora, en el contexto del problema de la teodicea, la eficacia de la oración que acaba recabando que Dios nos libre del mal. Una eficacia que no siempre se nos muestra al cien por cien. No lo haré desde textos apologéticos sino desde mi limitadísima experiencia. Lo haré en el contexto de la segunda carta de S.Pablo a los Corintios. En ella no se ven milagros espectaculares, pero sí un auxilio divino que, con frecuencia, simplemente nos sostiene ante la adversidad. 

        Leemos: “Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.” (2 Cor 4. 7-10)

     “Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.” (2 Cor 4,16).

    Sería mejor, pensamos, que la oración cristalizara en la linealidad del "Pedid y se os dará" de Jesús (Lc. 11,9), pero Jesús también concretó mucho más que en esta sencilla frase lo que supone una oración realista, de fe auténtica. Y la pretensión de esta entrada en el blog, reside en asegurar que, desde mi modo de ver las cosas, percibo con frecuencia que Dios nos ayuda, si se lo pedimos, en modo similar al apoyo que proporcionó a San Pablo y muchos días constato que esa ayuda se dio, se da, muchas veces en que estoy apurado mas no desesperado. Sirva esta manifestación como testimonio de fe en el Amor (1 Jn, 4,8) cuando las cosas vienen duras y evitando cualquier comparación remota con San Pablo, gigante del cristianismo, más allá de la admiración por su vida y textos. 

           Como curiosidad un tanto marginal, es interesante recordar que, con una perspectiva de no – dualidad, la vasija de barro sea núcleo metafórico en los Upanishad. La intuición de lo Verdadero en esa fuente remite al momento en que la vasija se rompe: su espacio interior se funde con el exterior.

sábado, 9 de mayo de 2026

"Hágase tu voluntad"

 





Imagen obtenida de Wikimedia Commons
           

“Ha llegado la hora, Señor,
De mirar a la cara la vida
Según tú, no según nosotros.”
                                    (François Cheng)
 
    Jesús dijo “Pedid y se os dará” (Mt.7,7), lo que sostiene la plegaria petitoria, compatible con la adoración contemplativa. También enseñó la oración del padrenuestro, que podemos rezar mil veces sin reparar en su contenido, especialmente una petición, “Hágase tu voluntad…” (Mt. 6,10). Esa súplica resonaría en Getsemaní, cuando Jesús, que sudó sangre ante lo que se le venía encima, la expresó (Mt.26,39). Sabía lo que podía implicar ese nuevo “fiat”. 

    La voluntad de Dios, invocada por Jesús, pareció acoger lo peor del ser humano frente al más inocente de los hombres. La voluntad de Dios fue, en apariencia, cómplice de asesinos, pero, tras la cruz, Jesús resucitó y el ser humano fue redimido. En Auschwitz Dios también pareció callar, pero vidas sacrificadas, como la de M. Kolbe o Edith Stein, lo hicieron presente. 

    Incluso en la vida corriente es relativamente frecuente oír, por parte de quien trata de consolar, que fue la voluntad de Dios la responsable de una muerte o de una catástrofe. A veces parece que la voluntad de Dios facilita lo contrario de lo que uno pide. Eso le ocurrió a Antonio Machado con la muerte de su esposa Leonor a muy temprana edad. El poeta clamó a Dios, en un verso bien conocido, “Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía”.

    ¿Podemos rezar “hágase tu voluntad” sin intuir un riesgo de que nos vaya peor en la vida por esperanza frustrada? ¿Un riesgo de que Dios nos envíe “pruebas”? ¿Por qué, a veces, parece que Dios no escucha nuestras oraciones?

    Decimos que se haga la voluntad de Dios, pero, desde una visión egocéntrica, no imaginamos que pueda concernirnos de un modo inesperado y “perjudicial”, precisamente porque es difícil o más bien imposible entender cómo conjuga Dios su omnipotencia con su amor. 

    Esa voluntad, a pesar de la omnipotencia divina, requiere la libertad humana para pasar al acto y que en un mundo humano se realice. 
Es la libertad humana la que permite el mal de la violencia y de cualquier defecto moral, pero también la bondad de la receptividad al deseo de Dios. Es la contingencia la que destruye, pero también lo que ha permitido la evolución biológica. Alfa y omega, el tiempo y su ausencia en Dios no son nuestro tiempo.

    Podemos seguir pidiendo la voluntad de Dios, cuya ejecución supone la legalidad física, la indeterminación fundamental, el azar esencial y el ruido y, para bien y para mal, la libertad humana. Al hacerlo, aceptamos las posibles reglas de juego coherentes. A Dios nos entregamos. Asumimos un Dios infinito en su belleza, de la que es pálido reflejo la maravilla de la creación, e infinito en su amor misericordioso al ser humano. A pesar del absurdo en que vivamos y nos haya penetrado. Un instante de lucidez puede bastar para una metanoia hacia el plan divino, algo que puede ser gratificante y tendrá también su dificultad para quien elige una puerta que será estrecha (Mt. 7,14). 

    Desde la referencia de Jesús, asumimos que tenemos una opción más allá de la ética esencial, y es ser acogidos por esa voluntad divina amorosa que pedimos, pues “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch.17,28), pudiendo ser instrumentos de Dios mismo y recordando, cuando estemos agobiados, la carta paulina a los filipenses: “Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo” (Flp 4,6-7).