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A veces, uno se plantea el porqué del mal, especialmente cuando se suman distintos efectos adversos que inciden muy negativamente en el orden biológico o en el acontecer biográfico. Pérdidas reales y simbólicas generarán las consiguientes reacciones, muchas de las cuales tendrán carácter de duelo.
“… Y líbranos del mal”. Eso decimos en el cristianismo al final del Padrenuestro, la oración que nos enseñó Jesús, de la que tantas peticiones dan que pensar, como cuando lo que nos ocurre difiere mucho de lo que esperamos al pedir la protección divina contra el mal. Solemos ignorar que, aunque providente y omnipotente, Dios permite las contingencias naturales y el devenir histórico asociado a la libertad humana, cuyo resultado parece con frecuencia obra de los jinetes apocalípticos.
Sería todo tan hermoso si no ocurriera este o aquel episodio que consideramos nefasto en nuestra vida... ¿Dónde estaba Dios, omnipotente e infinitamente bueno? Es memorable la respuesta dada por Paco Umbral a una mujer que intentó consolarlo ante la enfermedad letal de su hijo (que indujo la redacción de “Mortal y rosa”) aludiendo a la voluntad divina. Son muchos los avatares de salud catastróficos que no distinguen creyentes de ateos y que parecen refutar el sentido de una petición sobre el mal a Dios, que consintió algo como Auschwitz, que permite el sufrimiento de pacientes oncopediátricos y de sus padres, que permite tantas cosas
Y, a pesar de lo anteriormente dicho, defiendo aquí y ahora, en el contexto del problema de la teodicea, la eficacia de la oración que acaba recabando que nos libre del mal. No lo haré desde textos apologéticos sino desde mi limitadísima experiencia. Lo haré en el contexto de la segunda carta de S.Pablo a los Corintios. En ella no se ven milagros espectaculares, pero sí un auxilio divino que, con frecuencia, simplemente nos sostiene ante la adversidad.
Leemos: “Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.” (2 Cor 4. 7-10)
“Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.” (2 Cor 4,16).
Sería mejor, pensamos, que la oración cristalizara en la linealidad del "Pedid y se os dará" de Jesús (Lc. 11,9), pero Jesús también concretó mucho más que en esta sencilla frase lo que supone una oración realista, de fe auténtica. Y la pretensión de esta entrada en el blog, reside en asegurar que, desde mi modo de ver las cosas, percibo con frecuencia que Dios nos ayuda, si se lo pedimos, en modo similar al apoyo que proporcionó a San Pablo y muchos días constato que esa ayuda se dio, se da, muchas veces en que estoy apurado mas no desesperado. Sirva esta manifestación como testimonio de fe en el Amor (1 Jn, 4,8).
Como curiosidad, es interesante recordar que, con una perspectiva de no – dualidad, la vasija de barro sea núcleo metafórico en los Upanishad. La intuición de lo Verdadero requiere ver lo evidente: cuando se rompe la vasija, su espacio interior se funde con el exterior.