sábado, 7 de enero de 2017

RELIGIÓN. El olvido de la fe. ¿En qué creen los que creen?


“En summa de todos los remedios en tales tiempos es mostrar muy grande ánymo contra el ynimigo, totalmente desconfiando el hombre de sy, y confiando grandemente en Dios, puestas todas las fuerças y esperanças en él”. Schumacher G, Wicki J, Epistolae S. Francisci Xavieri. Roma 1945 II, 180-182. Citado por Recondo JM. “Javier, las culturas”. Historia 16. XXIV, 2000; 294: 31-49.

Al final, no se trata de creer sino de ser. Decía Ortega que las ideas se tienen y que en la creencia se está. En nuestro idioma, ser y estar no es lo mismo. Se puede estar en la creencia, instalado en ella, pero sin saber propiamente lo que se es o se aspira a ser.

Lo que uno cree puede tener poca relación con su deseo. Inconscientemente interiorizamos la ley. Freud le llamó a eso superego. Demasiadas veces nos confundimos con esa referencia extraña y tantas veces culpabilizadora. Algunas veces la asociamos a la ley más universal concebible, la divina.

Qué debemos hacer se plantea en alguna ocasión como la pregunta kantiana más urgente, la que más ansiedad puede causar porque la respuesta ha de ser inminente. Las otras dos cuestiones, qué puedo saber y qué debo esperar, parecen secundarias a la urgencia de la acción en un momento dado, la acción que se espera siempre sustentada por una creencia esencial que va más allá de lo racional aunque lo abarque.

Y esa acción, ética, supone al otro concreto y por eso puede desterrar al gran Otro que sustenta la creencia esencial, que sostiene a uno mismo.

Soportar la creencia implica asumir que se está en posesión de la verdad. Y ya se sabe, la verdad os hará libres, decía Jesús, que se mostró como camino, verdad y vida. Nada menos.

Pero el afán de lo mejor puede suponer lo peor. En nombre de la pureza, se quema al impuro.

Si hay algo absurdo es pretender conocer desde el creer. Se puede creer en Dios pero no tratar de conocerlo desde la creencia. Se puede gritar a Dios pero no tratar de escucharlo, porque resulta que se le da por callar. El propio Ratzinger, siendo papa, se refirió a ese silencio de Dios que resonó en Auschwitz. El papa Francisco ni siquiera lo mencionó; simplemente calló y rezó en ese lugar. No se puede hacer más. 

En Auschwitz, Kolbe murió por otro y con ello su vida se justificó. Poco importa que fuera un reaccionario antes. Basta con un acto tan simple como duro y definitivo. 

Y el silencio divino nos deja inermes a quienes creemos en Dios, a quienes esperamos contra toda esperanza. Porque suponemos que Dios acoge, que ama, que no es indiferente. Bastaría con pocas señales, con alguna, pero no la hay. No desde luego cuando se necesita. Y entonces, ¿qué?

Sólo silencio. Ése es el título de una novela de Shusaku Endo y de la maravillosa, extraordinaria, película de Scorsese, basada en ella. 

Una gran película en la que se recoge lo bueno oriental, su saber desconfiado de modas religiosas  foráneas, el ritual japonés tan elegante como sensato y cruel, la temporalidad histórica que todo lo enmarca y sin la que nada se comprende.

Y una película sabia al mostrar que bien puede ocurrir que todo se derrumbe en quien confía, incluso la confianza misma, la fe más asentada, pero que aun así, del peor modo, es posible la compasión. Es la compasión bien entendida, no al modo sensiblero, lo que nos hace realmente humanos, dadores de lo que tenemos y también, es lo esencial, de lo que no tenemos. 

Aunque no sepamos, podemos dar. Aunque traicionemos a Dios (a saber qué queremos decir con tal nombre), podemos alcanzarlo del mejor modo en el otro. En el peor de los momentos, podemos quedarnos sin base alguna, pero podemos dar, incluso sin darnos. Podemos traicionarnos pero peor traición sería negar al otro la donación esencial, tan esencial como simple y contraria al orgullo implícito a la coherencia, con la que a veces se confunde la ética.

A pesar del silencio de Dios y en contra de lo que uno cree más propio de sí, lo que supone su fe más auténtica, es factible precisamente la creencia esencial sostenida por el Gran Misterio y que acoge lo que parece más incoherente, la renuncia a todo por amor real a lo que se creía menos querido.

Y es que la fe no supone creer lo que no vemos sino precisamente aceptar del mejor modo lo que vemos y lo que urge nuestra actuación. Eso nos puede hacer más humanos. 

martes, 3 de enero de 2017

La biografía en imágenes. Entre el recuerdo y el narcisismo.



“… Algún día 
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.” 
(Miguel Hernández. El rayo que no cesa)

Desde 1900 y durante 45 años, un matrimonio alemán (Anna y Richard Wagner) se hizo fotos en Navidad en el salón de su casa. Las enviaban a sus amigos como felicitación. Las fotos los muestran acompañados del árbol navideño y de regalos aunque algún año la escasez debida a la guerra hacía que posaran con abrigo. Los efectos del tiempo son evidentes.

Mucho más recientemente, desde 1976, Diego Goldberg hace algo parecido con su familia, pero con diferencias. Sólo muestra los rostros de frente de cada miembro de la familia; otra diferencia con los Wagner, es que las fotos son tomadas siempre el 17 de junio. También aquí es clara la influencia del tiempo.

En la actualidad es gratis y además muy fácil hacer fotos (cosa muy distinta es hacerlas bien) gracias a la fotografía digital y a su incorporación a los teléfonos, auténticos ordenadores personales de bolsillo. Pero lo cuantitativo cambia con frecuencia lo cualitativo. Parece que eran más visitados los viejos álbumes familiares que las fotos digitales de ahora. Aunque sea coincidencia, parece también que el color disipa una mirada que se centraba en las viejas fotos en blanco y negro; quizá no sea casual que las fotos tomadas por Goldberg lo sean así, en blanco y negro.

Vivimos un tiempo paradójico. El extraordinario desarrollo de las aplicaciones informáticas facilita la desinformación. La ingente cantidad de fotos que se pueden tomar de modo gratuito perturba la mirada sosegada al recuerdo que una foto antigua puede evocar.

La foto ya no sirve al recuerdo sino al culto del instante. Uno se fotografía para mostrarse aquí y ahora en las redes sociales o en los círculos de "WhatsApp", no para ser recordado, incluso por sí mismo, al cabo de años. Se persigue además que ese aquí y ahora sea lo más especial posible, un lugar remoto, un ámbito de felicidad, o un sitio accesible por una hazaña singular, sea en lo alto de una montaña o en el fondo del mar. Esa posibilidad se facilita porque ya no se requiere siquiera de un otro que tome la foto; basta con el ya popular “selfie”. Y por hacerse “selfies” insólitos hay quien llega literalmente a matarse despeñándose o corneado por un toro. 

De los matices nostálgicos que pueda suponer el recuerdo fotográfico se pasa con gran frecuencia al interés puramente narcisista por mostrarse y realzar el momento en que se hace. El recuerdo se evapora en la fugacidad del momento.

Se dice con frecuencia que una imagen vale más que mil palabras, algo que incluso electrónicamente parece reafirmarse en términos de “gigas” destinados a almacenar imagen o texto. Pero eso suele ser una gran mentira porque la palabra siempre acaba diciendo más de lo realmente importante que cualquier fotografía. Y es que lo subjetivo se muestra mejor hablando o callando que con una foto. Pocos bits bastan para decir “no” o para expresar un enunciado importante.

No es descartable que el exceso fotográfico actual sea un frenesí pasajero como lo fue hace años la obsesión por registrar bodas, bautizos, excursiones y lo que fuera en video, a veces con el único y sádico propósito de mostrarlo a parientes y amigos a su pesar.

Esas modas pasajeras sustentan la esperanza de que no caminemos irreversiblemente hacia la estupidez generalizada que permite la técnica. La vida media de cualquier software avanzado e incluso de cualquier soporte físico suyo se hace progresivamente más breve. La gran novedad que supuso el CD, por ejemplo, ha quedado relegada al olvido entre los más novedosos almacenamientos en “pendrives” o en “la nube” y el retorno nostálgico del vinilo.

No es descartable que las maravillosas tecnologías de que disponemos acaben sirviendo también para facilitar que seamos propiamente humanos, algo que requiere una comunicación real, aunque sea en soledad.

martes, 27 de diciembre de 2016

CIENCIA. El olvido actual de la posición femenina



Recientemente hemos sabido de la muerte de Vera Rubin, una científica que destacó principalmente por su prueba observacional de la existencia de materia oscura en el Universo.


También en diciembre, pero de 1921, moría otra destacada científica, Henrietta S Leavitt, descubridora de la relación entre el período de variación de brillo de las estrellas cefeidas y su luminosidad, lo que sentaría la base para un cálculo de distancias a galaxias. Sin ese trabajo, probablemente Hubble no sería conocido. 


En 1967, Jocelyn Bell descubrió, siendo doctoranda de Hewish, el primer pulsar, lo que le valió el premio Nobel no a ella sino a su director de tesis.


No sorprende que, cuando se habla de mujeres científicas, se repare en un contexto machista en el que muchas de ellas realizaron su trabajo. Es célebre la expresión atribuida a Hilbert en el sentido de que la universidad de Göttingen era algo muy distinto a unos baños públicos, razón por la que la gran Emmy Noether podría trabajar libremente en ella para bien de las matemáticas, como así ocurrió hasta que llegó Hitler al poder, momento en el que Noether acabó siendo peor vista por ser judía que por ser mujer.


Otro ejemplo clamoroso de parasitismo machista se dio en esa triste época, con Otto Hahn desplazando la contribución de Lisa Meitner en el descubrimiento de la fisión atómica y llevándose un premio Nobel. 


Y el modelo de Watson-Crick, que ya aparece desde hace años en libros de texto básicos de bachillerato, probablemente se llamaría de otro modo si no fuera por el aprovechamiento que Watson hizo de las imágenes de difracción de rayos X de buenos cristales de ADN obtenidas por Rosalind Franklin.



Hoy en día las cosas parecen distintas en los países civilizados, pero los ejemplos citados, entre otros muchos más, apuntan al coraje de mujeres que optaron por dedicarse a la investigación científica en una época en la que eso sencillamente no estaba nada bien visto.


El caso es que sólo 49 mujeres han sido galardonadas con el premio Nobel frente a 833 hombres. Probablemente Mme. Curie sea la gran excepción a una regla que aun se mantiene.


Es probable que esa proporción se vaya aproximando a la que sólo debe ser regida por la igualdad de oportunidades entre seres humanos, al menos en nuestro medio, pues parece lejano el día en que un premio Nobel se consiga por alguien, sea hombre o mujer, que trabaje en un laboratorio del tercer mundo.


Ahora bien, esa diferencia cuantitativa entre hombres y mujeres no se corresponde, curiosamente, con la posición de cada cual a la hora de hacer investigación, pues cabría hablar de una posición femenina o masculina, que tendrían que ver, a muy grandes rasgos, con la forma de atender a la Naturaleza a la hora de cuestionar sus enigmas. Y tal posición no depende propiamente de que uno sea hombre o mujer ni de su orientación sexual, sino del modo de afrontar un problema científico determinado. Por ejemplo, no parece la misma actitud la observacional que la experimental. Tampoco parece igual la experimentación in silico que in vitro. Podría decirse que tanto lo femenino como lo masculino, el yin como el yang son precisos para que la ciencia se desarrolle. 


Muchas de las grandes científicas lo han sido por hallarse en esa posición femenina de acogimiento, como las anteriormente citadas, una posición observacional. En cierto modo, la actitud de Mme. Curie también sería esa, de expectativa de purificación de algo a partir de la pechblenda.

Dian Fossey también tuvo una clara posición femenina, como Jane Goddall, en su observación minuciosa de la etología de primates. Pero también hubo excelentes científicos que lo fueron por esa posición receptiva. Podría decirse, por ejemplo, que Einstein, Planck o Gell-Mann la adoptaron, afirmando la curiosidad, la mirada. Caso distinto sería el de grandes experimentadores como Tonegawa.


Aunque ya se ha sugerido en un exceso de imaginación, la creatividad implícita a la investigación científica no parece robotizable. La ciencia es tarea humana y, por ello, todo lo que conforma lo subjetivo influye en el modo de acceder a lo objetivable. Actividad y pasividad, intromisión y recepción son necesarias en la tarea científica.


Suzuki recoge en un libro escrito en colaboración con Erich Fromm (“Budismo zen y psicoanálisis”) sendos poemas de Tennyson y Basho referidos a una flor. El primero se refiere a una flor arrancada y examinada; el segundo, un haiku, a una flor que se deja en su sitio. Tal vez esas dos posiciones reflejen dos modos extremos y complementarios de trabajar en ciencia, el observacional, femenino, y el experimental, masculino, al margen de la orientación sexual de los participantes.


No sólo se precisa una adecuada igualdad de oportunidades distinta a la mera obsesión por la paridad matemática; también es preciso acoger y potenciar los dos modos de hacer ciencia, en un tiempo en que el machismo tradicional se mantiene transformado en forma de una masculinización de la investigación que prima la competitividad y las prisas frente a la calma y la buena repetición que, en ciencia, se llama reproducibilidad.


La posición femenina en Ciencia parece en caída libre en contraposición, sólo aparentemente paradójica, a un número creciente de investigadoras, muchas de las cuales participan curiosamente de ese exceso de posición masculina. 

Llamativamente, hay que recordar que "ciencia" es nombre femenino en diversos idiomas. 

jueves, 22 de diciembre de 2016

Feliz Navidad.




Es bien sabido que la Navidad es continuación de la fiesta solsticial. Nos lo suelen recordar los ilustrados estos días, tal vez tratando de dismitificarla. Pero la Navidad no se sostendría sin su carácter mítico y perderla supondría perder algo bueno de nosotros mismos. La Navidad real, no la parafernalia sensiblera y consumista, sólo puede ser mítica.


No siempre ganamos con pasar del mito al logos porque ocurre que somos seres simbólicos y el mito es consustancial a nosotros. Nunca lo perdemos; sólo ocurre que con demasiada frecuencia hacemos del logos mito, de la ciencia cientificismo y del progreso material fe salvífica. Es decir, seguimos creando mitos y figuras heroicas, modelos, pero extraordinariamente pobres y alienantes. 


Dos evangelistas, Mateo y Lucas, nos hablan del nacimiento de Jesús. Pero los evangelios no son propiamente textos históricos aunque haya historicidad encerrada en ellos, algo reconocido también por investigadores ateos. Refieren a la creencia. Siempre nos movemos en ese terreno. Incluso en el ámbito científico creemos en la inducción, la deducción y la isotropía del universo. No viviríamos humanamente sin la creencia, aunque lamentablemente ésta se haga en ocasiones excluyente y letal. 


De algún modo hay que hablar de lo misterioso y la divinización humana sólo es así posible, en tal contexto, mediante la mujer. Algo más allá del texto cala en la perspectiva simbólica. No fue en los evangelios sino en el concilio de Éfeso en el año 431 cuando se atribuyó a María el término theotokos. Aporía de aporías, como un koan, pero que alude a lo más misterioso, al ser humano, su vida y su posibilidad. 


Ratzinger nos recordó un día que en los evangelios canónicos no se dice nada de los animales que figuran en todos los belenes, el buey y el burrito. Pero la divinización sólo parece posible fuera de los hombres, entre los animales. Roma fue factible por la leche de la loba capitolina. También un dios como Zeus o un héroe como Ciro precisaron el soporte animal. 


Los evangelios no lo dicen pero el dulce San Francisco asumió la bondad de la tradición. Si no hay casa, un establo o una gruta acogerán el deseo de Dios. La Naturaleza será más bondadosa que los hombres. Si no hay calor humano, lo proporcionarán los animales. Un buey y un burro  bastan. Respirando alientan. Viviendo soportan la vida de un bebé, dándole calor.


Lo animal se impone en la representación del nacimiento del héroe divino, que, sobre un asno, entrará siendo adulto en Jerusalén. A diferencia de Buda, Jesús no buscará la Iluminación. A diferencia de Mitra, Jesús no precisará sacrificar un animal para vivificar la tierra. Lo hará con su propia sangre. 


La Navidad celebra la unión de familias, algo que puede explicar el aumento de divorcios en enero, pero en realidad remite a la soledad inicial de la familia que para muchos es ejemplar, a su aislamiento brutal. El recuerdo navideño de esa soledad puede hacernos solidarios con algunos de tantos que nacen y mueren así, en soledad, que no es lo mismo que solos, pues solos nacemos y morimos. A veces con la dulce compañía de un perro o un gato. A veces, muy cerca hoy de nosotros, bajo las bombas lanzadas por insensatos. 


La Navidad se mantiene precisamente porque no puede desmitificarse. Brilló en 1914 cuando grupos de contendientes dejaron sus trincheras y los odios implantados para celebrarla. Poco duró, pero sigue brillando en muchos sitios y seguirá haciéndolo. Ese brillo inmaterial es la estrella que encaminó a los magos de Oriente y que sigue facilitando la búsqueda humana.




viernes, 16 de diciembre de 2016

FILOSOFÍA. Sobre el libro “El ocaso de Occidente”.


"El ser humano está condenado a esa libertad de elevarse hacia lo excelente o de hundirse en lo miserable". 
"Vivir es des-vivirse por algo".
(Luis Sáez Rueda. El Ocaso de Occidente)

No bastó con dos guerras mundiales en el pasado siglo. El Occidente cultural parece condenado a autodestruirse. La barbarie amenaza a un mundo ya barbarizado por haber traicionado el suelo nutricio de su cultura. Podemos pensar superficialmente que los errores y soluciones tienen que ver sólo con un sistema político y que, si nos liberamos de lo liberal, del neoliberalismo cruel que impera, las cosas cambiarán, pero eso es dudoso. La mirada de un filósofo puede ir mucho más allá de lo aparente, de lo que es mera superficie.

Esa mirada reflexiva se muestra en un libro relevante, “El ocaso de Occidente”, de Luis Sáez Rueda.

De mirar se trata. Y de mostrar lo que se encuentra. Pero no es fácil hacerlo. Para esa mirada se precisa la valentía de sostener la distancia del “extrañamiento” de lo más natural, de lo más propio, aceptando la “perplejidad lúcida” implícita.

Desde esa distancia en tensión con lo más próximo, con lo más céntrico, puede reconocerse no sólo lo aparente, ese afán de dominio de la naturaleza empeñado en transformar lo existente en “existencias” sirviendo al mito del progreso, sino el nuevo malestar en la cultura, una angustia que proviene de la expulsión de lo que a ella es subyacente y primordial, la physis, la natura naturans, lo que le confiere “su ser salvaje”. Un malestar consistente en “una experiencia colectiva de vacío”. 

Sáez Rueda hace un análisis profundo de la situación en la que estamos, contrastando el nihilismo pasivo que supone, en el que el ser humano se hace anecdótico, con el nihilismo activo vivificador, “caosmótico”, que sustenta la aparición de cosmos, de orden en el caos, de espíritu en la materia, de génesis autocreadora sin alfa ni omega referenciales. Ese “nihil” activo nos da vida y nos deja estupefactos (nos recuerda a Nietzsche), porque va más allá de la pregunta tomista por el origen o de la sugerencia poética teilhardiana de una teleología teológica. Más allá del bien y del mal. Nos deja a nosotros solos, desamparados, pero con la posibilidad de asumir trágicamente la libertad.

Precisamente en la aceptación de la tragedia está la posibilidad de acoger el kairós que la propia crisis ofrece, “para una revitalización capaz de generar una nueva posibilidad”.

Sólo podremos habitar este mundo, en sentido poético, como escribió Hölderlin, si nos atrevemos a mirarlo y a nosotros en él. Y eso supone el coraje del autoextrañamiento al que apunta el autor de este libro. Sólo desde esa salida podremos contemplar el mundo de la vida en general, empezando a preguntarnos más que a respondernos por la maravilla del continuum de lo material que acaba reconociéndose espiritualmente a sí mismo, pasando del Umwelt de la alondra al Welt humano. 

El libro muestra el ocaso de Occidente, no la decadencia a la que se refería Spengler, pero no es pesimista sino realista y por ello se cierra con un capítulo cuyo título, “Luces de Aurora”, implica la posibilidad ética. Trágica pero ética al fin.

No es un libro que pueda resumirse; no cabe pensar en un “abstract”. Ningún texto propiamente filosófico puede aceptar tal cosa. Es un trabajo que se inserta en una obra más amplia, sucediendo a otro, “Ser errático. Una ontología crítica de la sociedad” y augurando algo más que será, sin duda, tan brillante, tan esclarecedor como este profundo estudio.

El autor, que ya nos ofreció un texto imprescindible de la filosofía contemporánea (“Movimientos filosóficos actuales”), revela con el libro aquí comentado y en otros trabajos suyos que estamos ante un filósofo auténtico y no sólo ante un profesor de filosofía, pues puede uno enseñar malamente filosofía sin ser filósofo y serlo sin enseñar. En el caso de Luis Sáez Rueda, sus alumnos son afortunados pues están ante un hombre que se posiciona con la necesaria modestia socrática, la que implica la indagación constante, vital, aunque no haya respuesta, la que supone la asunción de la vida humana en su tragedia y su belleza.

viernes, 9 de diciembre de 2016

MEDICINA. El ars moriendi posible. Psilocibina.


"If the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is, infinite.” William Blake. 

Hubo un tiempo en que la muerte era más tenida en cuenta. Para un cristiano, saber que era llegada su hora (como se dice en tantos textos) suponía un momento crítico, el de la última posibilidad de salvarse. Las grandes tentaciones (soberbia, apego, desesperación…), estaban servidas y caer en ellas podría suponer la condenación eterna. La agonía no hacía fácil el tránsito, demasiado rápido a veces como en el calamitoso siglo XIV con la peste negra. En el siglo XV se difundió una guía en varias versiones para ayudar al enfermo en esos difíciles y peligrosos momentos para su alma. Se trataba del Ars Moriendi.

Parece que, mucho antes, los participantes en los cultos mistéricos perdían en gran medida el miedo a la muerte. En su libro “El camino a Eleusis”, Wasson, Hoffman y Ruck aventuran la hipótesis de la relación de los misterios eleusinos con el uso de sustancias alucinógenas existentes en hongos. Robert Gordon Wasson inició con su esposa Valentina el estudio de hongos utilizados por aborígenes mejicanos en sus prácticas religiosas. En otra expedición fueron acompañados por un micólogo francés que estudió y cultivo el hongo Psylocibe y le proporcionó muestras a Albert Hoffman, químico de los laboratorios Sandoz, quien consiguió aislar el principio activo psilocibina en 1958. Se trata de un agonista del receptor de la serotonina. Veinte años antes, Hoffman había alcanzado notoriedad por su descubrimiento del LSD. 

Se dice que tanto la psilocibina como el LSD son alucinógenos. Sin embargo, ha ido calando desde hace tiempo otro término para estas sustancias, “enteógeno”, para referirse a algo divino interior y que daría cuenta de experiencias extáticas por parte de chamanes e iniciados. Timothy Leary pareció empeñado con poco éxito en hacer del LSD el sacramento de una nueva religión. En 1966, el LSD se ilegalizó. Unos años antes, Aldous Huxley había publicado “Las puertas de la percepción”, en donde daba cuenta de sus experiencias personales con la mescalina.

La distinción entre droga y fármaco no siempre es fácil. Lo que se cree que es un buen fármaco acaba convirtiéndose en droga ilegal. Así ocurrió con la heroína, concebida como sustituto de la morfina porque se pensaba que no era adictiva, algo que se reveló claramente erróneo. Pero también puede ocurrir al revés. La talidomida es tristemente célebre por sus efectos teratogénicos. Sin embargo, en 1965 Sheskin, un médico israelí, observó que pacientes tratados con ella con finalidad sedante mejoraban de sus lesiones por lepra; la FDA acabó aprobando su uso para este fin.

El veneno de la serpiente recogido en la copa de Hygeia es símbolo de curación. Lo peor puede ser bueno.

Los estados alterados de la conciencia como los que tal vez se dieran en los misterios pueden inducirse por drogas pero también por métodos más “naturales” como el ayuno y diversas prácticas ascéticas. ¿Por qué no probar la potencial bondad de drogas enteógenas en situaciones límite? Y una clara situación límite es la que perciben muchos pacientes con un cáncer avanzado, sabiendo que la muerte acaecerá pronto, siendo frecuentes en tales casos la ansiedad y la depresión. Pues bien, hoy mismo se publicaron en el Journal of Psychopharmacology  los resultados de un ensayo clínico, cuya conclusión fue clara: En pacientes con cáncer potencialmente mortal, una sola dosis de psilocibina disminuyó de modo sustancial y duradero (seis meses) la depresión y ansiedad frente a la muerte mejorando la calidad de vida. 

Este mismo año ya se había publicado en Lancet Psychiatry un artículo que apoyaba la seguridad y eficacia de la psilocibina en casos de depresión resistente al tratamiento convencional. Los estudios son escasos pero no novedosos. En 2011 ya se hizo un estudio piloto de la psilocibina en pacientes con cáncer avanzado, con resultados prometedores sobre su estado anímico.

Se abre así una puerta potencial a facilitar las cosas en el peor de los momentos, cuando alguien es consciente de que se va a morir y no puede soportarlo. Hasta ahora, las medidas basadas en antidepresivos, ansiolíticos y opiáceos distan mucho de ser adecuadamente paliativas. Por el contrario, en el estudio publicado hoy parece que los pacientes tratados con psilocibina pueden encarar mucho mejor la muerte e incluso saber aprovechar lo que les queda de vida sin la carga de un sufrimiento añadido al que el propio cáncer plantea.

Pero sólo se abre la puerta. Se necesitarán más estudios para poder obtener conclusiones firmes a efectos de aplicación en la última fase de la vida. En caso de verificarse la bondad anunciada de la psilocibina, podríamos hablar de eutanasia en un sentido diferente al que se plantea en la actualidad. No se trata ya de facilitar o no activa o pasivamente la muerte, sino el tránsito a ella. Se trataría de hacer llevadero el saber que se es moribundo e incluso aprovechar ese tiempo que quede hasta que sobrevenga la muerte. De un modo digno, sin sufrimientos evitables.

Vivimos un tiempo en que los éxitos de la Medicina se presentan en términos de esperanzas de vida media, de curaciones sorprendentes, en retrasar la muerte y en facilitar una vida sana. El propio envejecimiento es calificado por algunos como enfermedad a combatir. Los transhumanistas sueñan con una inmortalidad alcanzable a corto plazo.

Pero sabemos que moriremos y que incluso sabremos, gracias a la Medicina, de que ese momento puede ser cercano tras un diagnóstico “precoz”. Con los nuevos mitos de la juventud eterna con que nos inundan en medios televisivos y calles, eso se hace todavía más difícil de soportar ahora que en la Edad Media. 

La creencia religiosa no necesariamente facilita las cosas. Jesús sudó sangre y gritó su abandono por Dios en la cruz. No es fácil morir. El sufrimiento físico y psíquico no nos hace mejores. Como en los tiempos del Ars moriendi, puede destruirnos como sujetos antes que como cuerpos. Por eso, si la Medicina consolida la eficacia de la psilocibina o de cualquier otro fármaco o grupo de ellos para hacerlo más llevadero, más digno, estaremos ante un gran avance, poco espectacular, pero extraordinariamente humano. Podremos hablar entonces de una eutanasia auténtica, la que se dirige al tránsito más que al propio momento de decidir la muerte.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Atomismos. Lo individual o el olvido del sujeto


Quién le iba a decir a Demócrito que sus ideas iban a tener tanta importancia en una visión generalizada del cosmos. Los átomos surgen de la vieja filosofía (Demócrito, Epicuro, Lucrecio…) y a ella vuelven, pasando por la ciencia (Dalton, Rutherford, Bohr…). Pero no vuelven en general del mejor modo.

En el ámbito de la materia la perspectiva atomística es incuestionable. Poco importa que el átomo mismo sea divisible, pues al final lo que supone tal concepción es que hay unidades de materia, sean leptones, quarks o supercuerdas. No sólo la materia, también las transiciones energéticas son discretas (los “quanta”). Y hay quien postula, como Lee Smolin, que el espacio y el tiempo pueden ser discretos y no continuos como los percibimos. 

La perspectiva atomística triunfó también en el mundo de la vida, cuando se reconoció a la célula como unidad viviente.  Las células aisladas, nuestro cuerpo o el de otros, son entidades discretas. Estamos siempre ante seres vivos individuales aun cuando esa individualidad no sea siempre fácil de discernir, como ocurre en el caso del pando (populus tremuloides).

Ese ser individual lo vivimos literalmente en el caso de la enfermedad, concebible a veces como la lucha entre individuos. Las enfermedades infecciosas son un ejemplo muy claro, pero también el cáncer puede verse desde esa perspectiva, como si en el seno de un individuo surgiera otro, caótico, con características celulares diferentes. La respuesta inmune muestra de la mejor manera ese valor del reconocimiento individualizado, pues cada uno percibe lo extraño a él por su sistema HLA en cuyo contexto será presentado lo ajeno a los mecanismos de defensa propios. Somos un individuo inmunológico, neuronal, dermatológico… 

Hasta el mal puede asumirse mejor si se le individualiza como demonio. ¿Cuántos psicóticos habrán sido exorcizados? 

La individuación de nuestra vida puede ser, no obstante, muy artificiosa. Es cierto que tenemos un cuerpo concebible como un sumatorio de órganos y tejidos pluricelulares en el que es posible la emergencia de algo novedoso como la consciencia; es cierto que, en buena medida, dicho cuerpo ha sido informado en su construcción y mantenimiento por los genes. Pero somos entes dinámicos; nuestras células cambian, se reproducen, mueren.  A la vez, nuestro cuerpo no es sólo humano; también alberga una gran cantidad de bacterias (microbioma), que pueden adoptar grados diversos de individualidad y un conjunto de ellas puede, en un momento dado, emerger como ente supraorganísmico, como otro individuo; es lo que ocurre en el llamado “quorum sensing” en el que la densidad de bacterias en un volumen dado puede ser determinante para que en conjunto se expresen de un modo distinto a como lo harían aisladamente (un fenómeno parcialmente relacionado con algo tan desagradable como la placa bacteriana que estropea los dientes). 

Lo supraorganísmico es claro en múltiples ejemplos de la naturaleza, desde insectos sociales hasta bancos de peces. ¿A qué se le puede llamar propiamente individuo? Sólo cabría definirlo en sentido operativo pero, si los criterios son claros ante morfologías aisladas (una bacteria, un pez), no lo son tanto ante agrupaciones. Hay una gradación un tanto difusa de la individualidad. Y esa dificultad se da también en grupos humanos. En el ejército se habla de división o brigada, para referirse a agrupaciones de soldados. Una opción política o un juego pueden definir también individualidades de las que se habla en singular (el ala republicana, el sector demócrata, la selección nacional de fútbol…). Incluso grandes números de individuos pasan a ser llamados “audiencia” o “electorado”. Siempre en singular. Las estadísticas sociales, incluyendo la epidemiología, realzan la teoría atómica haciendo a cada individuo átomo de un colectivo a estudiar.

Y con ello tenemos un problema que va más allá de criterios metodológicos de estudios o de necesidades organizativas de empresas y estados. Vivimos un tiempo en que la atomización se aplica a cada uno de nosotros, que pasamos a ser concebidos como elementos, átomos, de uno o de muchos conjuntos. Y esa atomización, dada por la preeminencia del conjunto, puede implicar merma en lo que propiamente nos hace humanos, en nuestro ser como sujetos únicos e irrepetibles. Desde la atomización, uno puede llegar a identificarse a sí mismo con el conjunto mismo y sólo con eso (blancos o negros, hombres o mujeres, creyentes o infieles, etc.), de tal modo que la identificación es a su vez un conjunto de propiedades de conjuntos, el resultado de una intersección de muchos o pocos de ellos. Se da así la tendencia a creer entenderse desde la pertenencia a un conjunto intersección. El “quién” pasa a ser resuelto por propiedades compartidas con otros "quienes", exceptuando algunas marcas como el nombre.

La Medicina no ha sido ajena a esa atomización que prioriza al individuo frente al sujeto. Las radiografías y analíticas encasillarán a un paciente como elemento de un conjunto intersección y como tal será tratado, con protocolos que lo son del conjunto, no de cada uno de sus elementos. El problema reside en que no haya conjunto, en cuyo caso habrá que definirlo aunque sea sin fundamento, algo que el DSM ha sabido hacer con triste éxito al permitir catalogarnos a todos como trastornados mentales (¿quién no se ve reflejado en alguna de sus páginas?). 

Somos con otros, somos sociales, pero cada uno es un doble interrogante para sí mismo (quién y qué soy). Ser humano supone algo más que ser individuo, que tener un cuerpo reconocible por un observador, que ser un quién; supone un qué, una subjetividad que no es reducible a un pensamiento atomístico clasificador, pues no hay conjuntos de sujetos, sólo de individuos. Al margen de bondades operativas, individualizarnos puede suponer menos el reconocimiento de una autonomía que el potencial atentado ético de la cosificación, algo subyacente con demasiada frecuencia a lo que parece más bondadoso, la medicina o la educación.

Al final, como al principio, cada cual acaba viviendo con una filosofía “ambiental” que le viene dada (los libros de autoayuda son un patético ejemplo) o puede tratar de construírsela, lo que no es sino hacerse las viejas preguntas y, a ser posible, con la ayuda de otros, muchos de los que ya nos han precedido como vivientes. Y nuestro ambiente es el de un atomismo que, si bien se aproxima de modo excelente a lo real a que aspira la Ciencia, es muy pobre cuando trata de aplicarse a la comprensión del fenómeno humano. Siempre fue necesaria la filosofía pero hoy en día, con tantas respuestas dadas y sobre todo prometidas por la Ciencia, parece más crucial que nunca.