Hay términos que
no parecen precisar definición. El Diccionario de la RAE recoge ocho
acepciones, nada menos, para "acompañar". Y hay dos que parecen relevantes: "Estar o ir en compañía de una u otras personas" y “Participar
en los sentimientos de alguien”.
Si buscamos el término “compañía”,
acabamos en una circularidad. No está claro (en realidad, no puede estarlo) qué
significa acompañar cuando nos referimos a la enfermedad. En tal caso, la
compañía no es propiamente activa; sólo hay pasividad, un pathos que se asocia
al sufrimiento de otro y que supone una expresión de un hacer lo que se pueda, aunque
no se pueda hacer nada más que estar ahí, cerca, incluso callado.
En el acompañamiento, ser se
identifica con estar. No se trata de ser, sino de estar, aunque esto dependa de
cómo uno es. Se trata de estar próximo, al lado, como intermediario, de “cuerpo
presente” podría decirse, de un cuerpo vivo que atiende a las señales de otro
cuerpo debilitado por su situación clínica.
Un hospital es un lugar en el
que se da una extraña mezcla de compañías que, curiosamente, comparten algo, la
mirada al cuerpo de otro. El médico responsable del paciente mira un cuerpo
sometido a un tiempo distinto, el de la enfermedad, modificable muchas veces
por un tratamiento farmacológico o quirúrgico. Atiende a su semiología manifiesta y también a la oculta (imágenes, analíticas...). En eso se confía. El personal de
enfermería detalla las “constantes”, término curioso para aludir a variables
medibles, y proporciona esas analgesias tan importantes como tantos otros cuidados.
El término “auxiliar” designa a personas cuya función (ayuda al aseo, limpieza
de habitaciones, atención a llamadas, etc.) es mucho más importante de lo que
parece dar a entender.
Y, en medio de esas compañías
profesionales y en el contexto de un horario extraño de comidas y medidas, es
factible la compañía de la persona por familiares y amigos. Se le preguntará
cómo está, qué dicen los médicos, se le ayudará a animarse… Y a veces, uno de
esos acompañantes es médico y tendrá una disociación de mirada, una caída en un
dualismo por el que, por un lado, atiende al alma del paciente intentando
apoyarla, “animarla” (¿cómo animar el anima, el alma?), y por otro observa el cuerpo como
seno de una semiología rica en alarmas, que pueden producirse en cualquier
momento, del peor modo.
Cuando el médico se hace acompañante,
no puede ser médico, pero tampoco dejar de serlo, entrando en una situación
complicada, extraña. La deseable tendencia a “descansar” en la adecuada
atención clínica de otros no excluirá esa pasión impaciente por saber lo que se
desea, por asegurarse de que las cosas irán bien, de que el cuerpo enfermo dejará
de serlo, de que lo que se imagina improbable y terrible acabará cediendo a lo
probable y llevadero. El pensamiento mágico temeroso ignora al reverendo Bayes.
La vida lo irá determinando en
cada caso, pero todo médico joven debiera saber de las bondades y maldades de
la necesaria compañía. Todo médico joven debiera saber lo que supone acabar
siendo reducido, aunque sea por poco tiempo, a cuerpo enfermo. Es más, quizá
fuera conveniente una estancia hospitalaria para quien, por sus buenas notas,
cree tener vocación por la Medicina. Muchos serían disuadidos de iniciar sus
estudios. En la película “The Doctor”, se jugaba con esta inversión de papeles.
Es discutible que sirva en realidad para poco más que para percibir las cosas
de otro modo y con una inmunidad lúdica.
Nunca se acompaña sólo a un paciente. Se está, porque
acompañar es estar, con otros, el compañero de habitación, pacientes que acuden
a espacios comunes (cada vez más raros), espacios que pueden tener una vista
magnífica y, a la vez, carcelaria, con ventanas bloqueadas para evitar
suicidios, algo que siempre puede ocurrir en un hospital. Y se está así en
presencia de otras realidades que se suponían, pero no se sabían; la
insuficiencia funcional de alguien, la soledad de otro, tristezas, tragedias,
esperas desesperadas y esperas resignadas que quizá sean peores. A veces, algunas notas de humor.
¿Quién es médico en un hospital? En general, alguien que
lleva una bata y que, con frecuencia, la adorna con un fonendoscopio muchas veces inútil.
Desde ese rol aparente puede acoger y quizá sostener esperanzas de otros que
hasta hace poco fueron desconocidos, de otros que no son ni serán sus pacientes
pero que también están ahí. El rol permanece, aunque la posición sea otra.
Se ve al otro en su indefensión. Un otro callado, quizá
temeroso, a veces querulante. Todo lo bueno y lo malo de cada cual aflora en la
enfermedad. Habrá quien vea como una bendición del cielo ser atendido por
otros, a la vez que persistirán casos de familias de visión onfalocéntrica que
creen que su paciente es el único importante para todo el mundo hospitalario, para todo el mundo en general, y
que para eso le pagan a todo ese mundo, para atender hasta los últimos
caprichos de un imbécil, porque se puede estar enfermo y seguir siendo imbécil.
Acompañar excita, atemoriza y agota, pero es tan necesario
como la medicación. Ya hay felices intentos de facilitar el acompañamiento en
lugares como las UCIs. Sigue habiendo serias carencias de apoyar a cuidadores en el
caso de enfermedades crónicas, de esas en las que se asume tan falsamente que
el paciente donde mejor está es en su casa, aun cuando en ella esté en realidad
mucho peor en las necesidades asistenciales básicas, algunas tan esenciales como
apaciguar la sed cuando se han olvidado hasta los reflejos que permiten beber.
La compañía supone asumir el temor ante la pérdida de quien
se acompaña y, a la vez, aunque en mucho menor grado, ante la pérdida de sí, de
uno mismo. La muerte se muestra también en bellos paisajes visibles desde una
habitación o una sala de hospital. Se percibe como el gran contrapunto de la
vida. Universal, siempre al acecho.
No se saldrá del hospital más reforzado, sólo un poco más
sabio porque se saldrá más humilde. Y, sobre todo, más agradecido a tantos que
todos los días dedican su trabajo a una tarea que, por profesionalizada, se
llega a hacer ingrata, considerándose erróneamente obligación lo que no podría acontecer sin
una mínima dosis de amor.
En nuestro país somos afortunados por disponer de un sistema
público sanitario en el que abunda gente excelente, cuidadosa, amorosa. Bien
podría decirse que no sabemos lo que tenemos, por más deficiencias que el
sistema pueda sufrir por parte de gestores iluminados o vaivenes políticos.
Querido Javier: uno nunca sabe cómo puede reaccionar ante la certidumbre de la muerte, ante su inminente llegada. Pero en mi caso, la enfermedad y la estancia en un hospital (experiencia que hasta ahora no he pasado como paciente) se me presentan en mi imaginación como algo poblado de los terrores más primitivos. La idea de quedar reducido a un cuerpo, el sentimiento de pasividad, de convertirme -inevitablemente- en objeto de la medicina (atención: toda mi admiración por los médicos. No formo parte del culto que considera que cuanto más lejos de los doctores mejor…) me produce pavor. Como acompañante (soy muy malo para esa tarea, aunque ponga mi mejor empeño) no puedo dejar de experimentar el hospital como un lugar escalofriante, incluso en nuestro país, donde contamos con muchos que se parecen a las clínicas privadas más lujosas de Suiza, como el Hospital Rey Juan Carlos de Móstoles. Y ya no digamos la calidad del personal sanitario, desde el jefe de un servicio hasta el camillero, pasando por las enfermeras, las auxiliares y las limpiadoras. Una actitud humana y afectiva digna de admiración. Los médicos y el personal de enfermería tienen que adoptar una posición tremendamente difícil. Esperamos de ellos que tengan la suficiente distancia como para que el acto esté despojado de sentimentalismo, pero al mismo tiempo les exigimos que sean empáticos, solidarios, que puedan imaginar el dolor y fundamentalmente el miedo del enfermo. A veces decimos que se creen dioses, pero también nosotros esperamos que lo sean.
ResponderEliminarGustavo Dessal.
Querido Gustavo,
EliminarMuchas gracias por este comentario. Comparto plenamente lo que dices. La estancia hospitalaria supone verse reducido a la corporeidad. Uno pasa a ser un cuerpo productor de semiología ajena al lenguaje en la práctica: datos eléctricos, bioquímicos, imágenes externas e internas... Un cuerpo, un número de historia, de cama...
Es difícil ser médico en ese sentido que expresas y que todos deseamos, alguien que mantenga la distancia que precisa la frialdad diagnóstica y terapéutica y que, a la vez, tenga la suficiente empatía y, algo que está faltando, sentido común.
Tu última frase es una gran verdad. Antes de que la Medicina fuera cintífica (en el sentido en que lo puede ser, muy limitado) era mágica precisamente por eso, porque esperamos siempre que los médicos que nos atiendan sean dioses aunque sepamos que no lo son.
Un abrazo,
Javier.
Les cuento una experiencia reciente. Tras una cirugía pelvica se presento el dolr. Insoportable. Los médicos y enfermeras entra y salen de la habitacion. No más mofina, miedo a un ileo paralítico. El paciente dice, entre su dolor “por favor no se vaya, quédese”...
ResponderEliminarGracias por esta aportación.
EliminarUn cordial saludo,
Javier Peteiro