miércoles, 22 de septiembre de 2021

Internet. La nueva esclavitud.

 

                                                                                                                                                Imagen tomada de Pixabay

     

 

“Where is the wisdom we have lost in knowledge?
Where is the knowledge we have lost in information?”

T.S.Eliot 

    

     Es fantástico. Si quiero saber cualquier cosa, me basta con teclear la pregunta (a veces sólo una palabra de ella) y obtengo más información de la que pueda leer en un tiempo razonable. Atrás quedaron las viejas enciclopedias (la Larousse, por ejemplo) y quienes se ganaban la vida de un modo tan peculiar como era el tratar de venderlas a domicilio. Tenemos la democrática Wikipedia.

     

    En tiempos había un libro de ayuda en enfermedades, “El médico en casa” (jamás lo vi en la mía). ¿Quién recurriría a algo así teniendo la opción de consultar gratuitamente y de modo instantáneo a la Clínica Mayo, por ejemplo? 

 

    Si quiero aprender chino, que parece muy difícil, puedo hacerlo, más o menos, con alguno de los programas “online”.  

 

    Pero hay mucho más. Las redes sociales, como Facebook, que yo uso, me permiten conectar con alguna gente interesante, e incluso hacer amigos de los de verdad (muy pocos, eso sí). 

 

    Se dice con frecuencia que en internet está todo. Y, en gran parte, es verdad. Está todo lo bueno, como poder comunicarse con alguien de un país lejano o leer magníficos textos de modo gratuito, pero también está todo lo malo, siendo un tristísimo ejemplo al respecto la pornografía infantil. Hay, dicen los que saben, un internet “profundo”, que no sé lo que es, aunque lo intuyo inquietante. 

 

    Lo electrónico es lo que impera, es la gran herramienta con la que, por fin, nos “empoderamos” (término estúpido donde los haya). ¿A qué edad se murió Gary Cooper? ¿Cómo hago para ir a una tienda en mi ciudad sin perderme? ¿Por qué tendré ansiedad? Cualquier pregunta que hagamos tendrá su respuesta en el dios internet, pero será, en una inmensa cantidad de casos, una respuesta inútil, cuando no perjudicial. 

 

    T.S.Eliot se preguntaba dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento y dónde el conocimiento perdido en información. Internet nos proporciona sólo bits que, en el mejor de los casos, podemos reconocer como información, aunque generalmente podríamos continuar en la línea de Eliot: ¿Dónde está la información que hemos perdido en un mero conjunto de datos? Abunda el ruido que, combinado con la excesiva prisa, hace de internet las más de las veces una mirada improductiva, aberrante, descentrada, y que confunde lo virtual con lo real. Es difícil encontrar un oxímoron tan tonto como “realidad virtual”. 

 

    ¿Necesito dinero? ¿Para qué, si puedo pagar con un móvil? Si deseo hacerlo "en metálico", puedo obtenerlo de un cajero electrónico. ¿Para qué queremos personas haciendo de cajeros, oficinistas y demás actividades que creemos que realiza mil veces mejor internet? Por no hablar del internet de las cosas, que suena de maravilla. ¿Quién no desea tener conectado el móvil a su nevera o al chip de su mascota? 

 

    ¿Necesito ir al médico? Pregunta inadecuada en estos tiempos en que hay citas y consultas sólo telefónicas, pero pregunta al fin y al cabo, que sigue surgiendo ante el malestar corpóreo. Si hago el esfuerzo de recopilar mis síntomas y signos de posible enfermedad e introducirlos, aunque sea de modo tosco, en el ordenador personal (un “Smartphone” ya lo es), internet me dirá qué puedo padecer (cáncer casi siempre) y qué puedo tomar, o cómo empezar a “gestionar” el dolor o lo que se tercie ante una plausible muerte próxima, aprendiendo también en "la red" mindfulness. 

 

    Pero no seamos macabros. No se trata sólo de gestionar dinero, de hablar de enfermedades. Somos seres sexuales, eróticos (o no, pues uno ya duda de todo). Atrás quedaron los populacheros lugares de encuentros aleatorios para "ligar", como se decía entonces (bailes en verbenas, discotecas, aulas o espacios de trabajo…). Ahora tenemos plataformas (pagadas, eso sí) en las que todo el aburrido cortejo se evapora porque, tras el pertinente análisis psicométrico y antropométrico (fotos de caras sonrientes), los “expertos” (quizá sólo un sencillo algoritmo) nos sugerirán la pareja adecuada. Ya ni habrá que recurrir a la maestría de geniales programas como “First Dates”, con sus citas a ciegas sólo para quienes a ellas concurren.

 

    Juego al ajedrez. Suelo hacerlo con frecuencia de modo “online” y, supuestamente, con alguien cuyo país me es indicado con su banderita. Qué subidón de alegría me da cuando le gano a alguien, a pesar de ser absolutamente desconocido o, tal vez, me resisto a imaginarlo, un robot. Y, por esa experiencia lúdica tan placentera, me prohíbo a mí mismo engancharme a lo que me parece (cosas de la vejez) una gran adicción, los videojuegos. Eso, los videojuegos, y no el diseño de naves interplanetarias o complicados cálculos matemáticos, sí que es el gran motor de internet y de los ordenadores que lo soportan, pero he ahí que algo tan maravilloso y esencial como las tarjetas gráficas que permiten jugar en el ordenador, empieza a estar en peligro ahora, al igual que los coches, por falta de suministro de chips. Parece que hay gente malvada empeñada en hacer fracasar la ley de Moore, con lo bien que iba.

 

    Me llevaría muchas páginas cantar las excelencias de internet, conocidas, por otra parte, por bastante gente (mucha menos, no obstante, de la que se pretende). Y, sin embargo, cosas que tenemos los humanos, me da por ponerme en contra de lo que considero un engendro diabólico, aunque lo use para esto que hago ahora mismo, intentar comunicarme con los demás. 

 

    Lo califico de diablo porque pretende lo que me parece más abominable a los ojos de Dios y de los hombres, deificarse a base de esclavizarnos al servicio de unos cuantos ricos y poderosos.  

 

    Es claro que con internet (o en internet, como les ocurre a los hikikomoris) se pueden lograr muchas cosas (incluso físicas, desde hamburguesas o aspiradoras hasta libros, que ya es decir). No negaré su extraordinaria utilidad. Pero el problema reside en que internet no es sólo una herramienta magnífica, sino que pasa a hacerse progresivamente condición que se pretende suficiente y necesaria para todo tipo de tarea humana, tocando y contaminando todo lo que configura nuestra existencia en este momento de la Historia. 

 

    Ya no ocurre que podamos usar internet sólo para nuestro beneficio. Se nos pretende condenados a usarlo por parte de muchos gestores directivos, agentes comerciales y de servicios. Y esa condena es algo visible, palpable (impalpable, más bien) y omnívora. El diabólico internet es una gran boca que todo lo traga y tritura para alimentar a unos cuantos amos, la mayoría de los que nos serán siempre desconocidos. 

     

    De mes en mes, el acceso a la información deja de ser gratuito como fue. Hay periódicos que ofrecen suscripciones temporales a un precio simbólico, que pasará a no serlo tanto y costar lo suyo. Bueno, quedan periódicos en papel, que ya se venden en panaderías, cosa curiosa, a la vez que el número de quioscos se reduce hasta que desaparezcan definitivamente. 

 

    Cualquier vendedor de lo que sea está abocado a que su actividad deje de considerarse laboral. Sea quiosquero, bancario, camarero, tendero o, pronto, médico, cualquier persona parece destinada a engrosar un paro terrible. 

 

    He tenido un regalo para poder pasar una estancia en algún lugar (no daré detalles, no sea que el diablo reticular, que ve casi tanto como Dios, lo estropee). Pero sólo puedo usarlo mediante internet. De nada sirven llamadas telefónicas o la presencia en lugares. ¿No usas internet? El regalo se evapora. Fin. Eso sí, el aspecto pretendidamente bondadoso de internet acoge todo tipo de quejas, sean referidas a este tipo de regalos o a cualquier compañía telefónica, en tiempos en que la fidelización es castigada y se induce al cliente al cambio continuo.

 

    Cada vez que visito una página (“web” les llaman), con independencia de su contenido, tendré que ceder previamente mi privacidad y ser inundado de cookies, trátese de páginas de física cuántica o de chicas guapas. Eso es ya algo universal, se acabó el voyeurismo gratis, sea científico o erótico. 

 

    Es curiosa la abundancia del suicidio laboral, que intentan, quizá inconscientemente, tantos trabajadores que nos incitan a tramitar lo que sea (en el banco, en Renfe, etc.) a través de la web corporativa consiguiente, lo que supondrá para ellos un riesgo obvio de despido próximo. El número de empleados en entidades bancarias ha caído drásticamente. En muchos pueblos de España no hay sucursal bancaria alguna. ¿Para qué, si todo está “online”? Y resulta que "online" uno puede ver de forma instantánea cómo su dinero ha viajado desde su banco a Tailandia, para partir inmediatamente hacia otros bolsillos no precisamente virtuales.

 

    En nuestros hospitales, dirigidos, como siempre, por adelantados a su tiempo, no podían faltar ni los recursos ni los cursos de formación en “e-Health”. Quienes, desde asépticos despachos, planifican la educación, tampoco se quedan cortos y promueven un “e-Learning” que contrasta, sin embargo, con la masificación en las aulas de secundaria. 

 

    Por alimentar las fauces de internet acabaremos, paradójicamente, tragándolo y no sólo en sentido metafórico, pues cada vez más y más sensores podrán ser integrados en nuestro organismo voluntariamente (sin necesidad alguna de los “chipeos vacunales” con que nos alertan los conspiranoicos). Una semiología oculta cada vez más rica no sólo nos hará cibercondríacos, sino que auxiliará a agencias de seguros de vida para nuestro mal, a la vez que los médicos descansarán en la sabiduría algorítmica, también para nuestro perjuicio. Incluso cuando hayamos muerto podremos contribuir a alimentar la insaciable hambre de los procesos Big Data. 

 

    Este tipo de modernidad dista mucho en sus consecuencias, aunque tenga parecidos, de las habidas en la Revolución Industrial, por dos motivos. Uno, es que es querida por los siervos voluntarios o les es impuesta si no la desean, como única herramienta vital cotidiana. El otro motivo es que internet se asocia al aislamiento laboral, lo que previene cualquier reacción colectiva, de tal modo que organizaciones de trabajadores, como los sindicatos, ya débiles, están condenadas a extinguirse o mantenerse como figuras simbólicas y simbióticas con el poder real.

 

    Esta triste pandemia vírica no sólo ha traído muerte y tragedias vitales. Ha sido, es, un gran catalizador de la “e-idiotez” que ya se anunciaba antes de la llegada de un coronavirus que hizo ridículas las promesas cientificistas relativas a la salud.  

 

  ¿Qué podemos hacer para seguir llamándonos humanos y, por ello, libres, en este entorno que esclaviza de modo incruento? Ni podemos volver atrás en el tiempo ni parece deseable convertirnos en amish o integrar colectivos similares. Pero tenemos la capacidad, aunque sea en forma singular, rara se dirá, de resistirnos a esa corriente autoritaria con su cara amable. Serán importantes los gestos de comprar los periódicos donde siempre se vendieron, de pagar con dinero metálico, de reclamar, si vivimos en un pueblo, que el banco siga con nosotros, al igual que los demás servicios elementales. También si requerimos con todos los medios legales un soporte sanitario de verdad en vez de ser maltratados por teléfono por alguien o algo con bata blanca con un fonendo colgado al cuello. Tenemos la capacidad de exigir mucho más que la apertura de bares, única demanda claramente respaldada por el poder político. Si en Roma se daba pan y circo, ahora tenemos bares y “realities” alimentados por los "like" de internet.  Ah, los "like" esos que premian la estupidez biográfica de "influencers" y por los que unos cuantos "premios Darwin" satisfacen la sed de sangre del diabólico internet.

 

    Hay algo muy llamativo a día de hoy, no del año pasado ni, tal vez, del siguiente, y muy relacionado con internet. Se potencia al máximo la presencialidad en las aulas (con una gran cantidad de jóvenes, adolescentes y niños sin vacunar), llegando a reducir la “distancia de seguridad” entre pupitres y, con ello, el número de profesores por centro educativo. A la vez las consultas médicas caen en picado, sustituyéndose por una mala comunicación telefónica, a pesar de que prácticamente todo el personal sanitario está vacunado, como lo está la mayoría de pacientes adultos. Es decir, se propicia la proximidad escolar de no vacunados y se disminuyen considerablemente los encuentros clínicos entre médicos y pacientes, todos ellos vacunados. 

 

    Las consultas tardías tienen efectos de morbi-mortalidad evidentes. La proximidad aquí y ahora de adolescentes y jóvenes no vacunados entraña un riesgo de contagio de coronavirus, lo cual también se traduciría potencialmente en morbi-mortalidad por Covid 19.  ¿Será esa conjunción extraña de dos decisiones políticas aparentemente antagónicas, simple y llanamente, un ejemplo notable de pulsión de muerte?

 

 


viernes, 10 de septiembre de 2021

PSICOANÁLISIS. Una lectura de "Face to Facebook", de Gustavo Dessal

 

 


El nuevo texto de Gustavo Dessal, “Face to Facebook”, de agradabilísima lectura, con toques de excelente humor, nos orienta en la mirada a lo que llamamos progreso. No nos proporciona ningún consejo, pero sí nos advierte con sabiduría de los efectos de un desarrollo tecnológico que puede hacerse inhumano.

 

Otros autores, como John Gray, ya habían incidido en el nuevo mito del progreso incesante.

 

Es bueno estar alertados ante lo que pueden suponer los principales logros que afectan y afectarán en mayor grado a nuestras vidas. Tenemos un buen ejemplo en la suplantación electrónica de la palabra hablada, con los despidos y jubilaciones anticipadas consiguientes, haciendo de internet la oficina universal y mostrando que quien no tenga y use un “Smartphone” sencillamente no existe en la vida cotidiana, algo sencillamente terrible por segregador. Los ejemplos proporcionados en el libro de Dessal lo ilustran muy bien.

 

El libro es una recopilación de textos breves que el autor ha ido publicando periódicamente en Facebook, una vez superada, como nos dice al principio, su reticencia a la inmersión en ésta y otras redes sociales. De ahí el acertado título, pues será usando Facebook que nos fue dando a conocer inicialmente tantos y tantos casos “casos” de su “Manicomio Global”. 

 

Aunque el trabajo que se condensa en este libro se basa en una inmensa revisión bibliográfica que ya de por sí le confiere un gran valor, importa especialmente la luz que Dessal aporta al contemplar, con la sencillez que lo caracteriza, todo ese material. Nos dice que lo hace asido a dos grandes “cuerdas”, “el discurso del psicoanálisis y la ficción literaria”.  Contempla así aspectos de la realidad actual en la que el lenguaje, lo más propiamente humano, se convierte, gracias en buena medida a la perversión alienante del uso de la técnica, en diana de dominación. Por ello, desde una larga trayectoria como psicoanalista y escritor, bien puede afirmarnos que “el psicoanálisis y el decir poético tienen la enorme responsabilidad de organizar la Resistencia contra la toma del lenguaje”. Y es que lo poético remite a lo poiético, a ese mundo habitable al que se refirió Hölderlin.

 

No se destaca en el libro un intento que pudiera llamarse prioritariamente filosófico, aunque ese contexto se halle presente, sino que estamos ante otra cosa, algo que sintoniza mucho más propiamente con el psicoanálisis, acercándolo de un modo tan claro como impactante a quienes nunca hubieran oído hablar de él. Y lo hace con respeto y rigor, sin ceder a la tentación excluyente ni a la divulgadora. Tampoco cae en nostalgias que se opongan al avance tecnológico; le basta con la advertencia sensata dirigida a nuestra responsabilidad moral en las implicaciones que dicho progreso puede tener. 

 

Aun siendo muy variados los temas que el autor ha ido recogiendo en el “Manicomio Global”, los agrupa aquí en nueve apartados de extensión heterogénea, pero todos ellos de gran riqueza.

 

Desde las limitaciones que me son propias, diría que es en el capítulo IV, “Realdistopik”, donde mejor se puede apreciar el valor incuestionable del psicoanálisis a la hora de reflexionar sobre los cambios tecnológicos que, como la inteligencia artificial, ya son cosa del presente. El capítulo V, “El amor, el deseo y otras enfermedades oportunistas”, realza también la mirada analítica, ofreciéndonos la esperanza basada en lo más importante, el amor, no como emoción sensiblera, sino correctamente entendido, como el mejor motor humano, del que la Historia ha proporcionado grandes ejemplos. Dessal lo muestra con una frase espléndida, “el amor puede abrirse camino entre los intersticios del mayor espanto”. 

 

Estamos, pues, ante un libro amoroso, de un autor al que nada humano le es ajeno, y por ello no podía faltar en su obra un nutrido conjunto de reflexiones, contenidas en su último capítulo, relacionadas con la pandemia que aún nos afecta, y que fueron redactadas en su época inicial, llena de incertidumbres y sin vacunas, mostrándose “a posteriori” como proféticas en no pocos aspectos. Ya nos advirtió entonces, en línea con Fromm, que “los seres humanos no soportan demasiado ni la vida ni la libertad”; abundan los ejemplos cotidianos al respecto. Cerramos el libro con un final pronosticado que se ha hecho presente en forma de un hogar transformado en otra cosa.

 

En este último capítulo, afianzándose en la “cuerda” literaria, nos induce a leer de nuevo a Shakespeare, aduciendo que “allí está todo”. Y es curiosamente ese recurso del autor el que me ha hecho especialmente breve el capítulo VIII, dedicado a “La curación por la Literatura”. Sería deseable que Gustavo Dessal nos brindase un futuro trabajo dedicado a esa “cuerda”, a la ficción literaria, quizá no tanto como un canon al estilo de Bloom, sino como una reflexión sobre los autores que más han influido en su lúcida mirada al mundo y al ser hablante, pues, aunque todo esté en Shakespeare, Dessal da muestras de un vasto conocimiento literario que no se limita a ese autor, por gigante que haya sido.    

 

En síntesis, es éste un texto con una sólida base de conocimiento sobre el avance tecno-científico, que analiza la realidad, no sólo con rigor sino también de un modo extraordinariamente ameno, y que nos permitirá un cierto “déjà vu” con el que encajar los nuevos retos de un mundo que, a pesar de los pesares, puede seguir siendo maravilloso. De nosotros depende.

 

 


viernes, 3 de septiembre de 2021

MEDICINA. Los síndromes y el reverendo Bayes

Imagen tomada de Pixabay

 “Guerir quelquefois, soulager souvant, consoler toujours” (BMJ.1967;4:47-48)

 

    El diagnóstico médico es fundamental para ayudar a un paciente y, aunque la Medicina ha tenido un avance extraordinario en los últimos cincuenta años, lo ha recibido más del lado diagnóstico que del terapéutico. Exagerando un poco, podría decirse que todo mal es diagnosticable pero no todo es tratable.  Esa posibilidad incide en la mirada del médico que, en ocasiones, se orienta de un modo obsesivo hacia la marca diagnóstica, como un naturalista decimonónico lo haría hacia la identificación taxonómica de una especie. 

 

    El logro de un diagnóstico certero alcanza una importancia que puede ser vital, ya que a partir de él podrá establecerse una terapia adecuada o un pronóstico realista, aun dentro de la variabilidad individual.  

 

    Nombrar adecuadamente es la primera actividad del enfoque científico. Y la Medicina, aunque no sea una ciencia, avanza gracias al desarrollo científico. Muchas enfermedades se refieren al órgano, tejido o sistema que afectan, y su nombre incluye sufijos que apuntan a un carácter inflamatorio, degenerativo, neoplásico… Abundan las denominaciones epónimas en situaciones en que se asiste a la aparición de una semiología peculiar con diversos síntomas y signos de diferente origen orgánico y que se manifiestan a la vez o de modo relacionado. De ese carácter de simultaneidad proviene precisamente un nombre abarcador, surgido del griego, “síndrome”. La evolución conceptual de ese término ha sido analizada por Stanley Jablonski  quien, en su “Dictionary of syndromes and eponymic diseases” de 1991 incluyó más de quince mil síndromes. Uno de los investigadores que tuvo una mirada clara en la maraña de manifestaciones clínicas fue Robert J. Gorlin. Aunque se doctoró incialmente como dentista, describió más de cien síndromes relacionados con patología oral, craneofacial, otolaringológica y ginecológica, constituyendo su obra cumbre el libro “Syndromes of the Head and Neck”.

 

    El valor de ese término, “síndrome”, deriva de que las diversas manifestaciones de muchos de ellos suelen deberse a una etiología concreta, con frecuencia genética. No sorprende así, por ello, que Gorlin colaborase con Victor McKusic, fallecido en 2008, y creador, con otros colaboradores de la Universidad Johns Hopkins, de la base OMIM (Online Mendelian Inheritance in Man), un catálogo de desórdenes genéticos.

 

    Hay dos polos negativos en la mirada clínica ante algo infrecuente. Uno es la ignorancia de una rara posibilidad, lo que conduce al tardío diagnóstico de muchas enfermedades de baja prevalencia. Otro es el agotamiento de posibilidades en busca del síndrome rarísimo cuya confirmación no aportará beneficios terapéuticos ni pronósticos. Su hallazgo puede ir acompañado de una estética peculiar, por no decir perversa, expresada a veces en el parloteo médico al hablar de algún caso bonito o precioso para referirse a situaciones que, a pesar de su muy discutible belleza, comportan un pronóstico o una calidad de vida infaustos.

 

    No es infrecuente que la obsesión diagnóstica centre su mirada en lo más extraño. Conan Doyle le hacía afirmar a Sherlock Holmes que “una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.  Pues bien, el exceso diagnóstico, que a veces torna en puro encarnizamiento, permite una ligera pero importante transformación de la frase anterior para decir que una vez descartado lo imposible, lo que queda, por PROBABLE que parezca, debe ser la verdad.

 

    Hay dos elementos importantes en Medicina, además del saber técnico. Uno es la intuición del médico, eso de lo que personalmente carezco y que suele conocerse como “ojo clínico”, y que responde a asumir una probabilidad a priori sensata de un diagnóstico, tras lo cual algunas pruebas lo sostendrían o no. Otro es la calma necesaria ante situaciones no urgentes, en la que un facultativo asuma la principal responsabilidad y, evitando el exceso de peregrinaciones a diversos especialistas, indique las pruebas complementarias precisas. Ambos elementos vienen a ser la aplicación pragmática de la perspectiva bayesiana, aunque no se haga ningún cálculo matemático en su adopción.

 

    Cuando alguien acude a un médico y se ve sometido a una cascada de pruebas diagnósticas, tiene, como siempre en la relación clínica, derecho a ser informado, pero no el deber de serlo, cosa bien distinta y que acarrea el riesgo de ser contagiado por la incertidumbre que todo médico debiera reservarse hasta tener un diagnóstico claro. Las consecuencias de ese afán de comunicar el abanico de posibilidades a “descartar” son claras, especialmente en estos tiempos en que cualquier nombre sindrómico será clave para una búsqueda por el paciente en internet, algo que siempre revelará lo peor, facilitando que pueda instalarse una deriva hipocondríaca perdurable si las condiciones biográficas la facilitan. 

 

    Un proceso diagnóstico puede hacerse largo antes de poder “curar a veces” o “paliar con frecuencia”. Pero también en ese transcurrir de pruebas y más pruebas en el que el paciente puede tener miedo e incluso angustia, el “acompañar siempre” sigue siendo preciso. Y esa compañía, imposible desde el academicismo cientificista, requiere del arte compasivo que supone ejercer la Medicina en cada encuentro clínico, algo que es siempre singular.


domingo, 15 de agosto de 2021

Hablar

 

 


 

    Aunque seamos sordomudos y ciegos a la vez (el síndrome de Usher no es tan infrecuente), hablamos. Eso es algo que reconoce con notables efectos terapéuticos el psicoanálisis.

 

    Podría decirse que en hablar nos va la vida. 

 

    Hablamos a otro, a nosotros mismos, a mascotas, a ordenadores… algunos, a veces, también a Dios. 

 

    Parece que no podemos dejar de hablar. 

 

    Se alaba muchas veces, y con gran razón, el silencio. Y es que, si no tenemos nada relevante que decir, cosa que ocurre con frecuencia, parece mejor callarse. También, como nos advirtió Wittgenstein, es posible que no podamos decir propiamente nada de lo que más necesitamos decir y, en tal caso, lo mejor también es callar. El sentimiento místico hace que lo más verdadero para uno sea inefable.

 

    Podemos escribir, pero no es lo mismo, aunque sea una buena suplencia. 

 

    Las cartas, por ejemplo, algo que parece propio de un pasado que no sabía de ese futuro, ahora presente, electrónico, tenían su liturgia asociada. Había un papel “de carta”, que podía tener o no sus renglones, que era más ligero en los correos “air mail” (así se indicaba en los sobres, aunque sólo supiéramos castellano), que recogía de un modo formal lo más informal del mundo, atendiendo a detalles hoy casi ignorados, como la ortografía y la caligrafía, y la esencia de lo que se deseaba decir. Encerrado en un sobre, tras su franqueo y entrega en un buzón, se instauraba un tiempo calmado o no de espera de respuesta a la dirección postal inscrita como remite. Había personas que, tras haberla meditado, dedicaban toda una tarde a redactar una carta, algo que hoy llamamos malamente correo.

 

    Por poder, podemos hasta escribir libros, sin saber si alguien los leerá alguna vez. También un diario personal, algo sólo aparentemente paradójico por ser lectura para no ser leída más que por quien “no debiera” hacerlo, deseando en el fondo ese fin.

 

    Pero escribir no es lo mismo que hablar. Tampoco lo es escuchar. Lo hacíamos más antes, atentos a la radio; ahora oímos (a veces también vemos) la televisión. Alguien habla, muchos escuchan, aunque sea como ruido de fondo, como “compañía” se dice incluso. La publicidad está incluida y, en un mundo mercantilizado, se registran índices de “audiencia”, algo realmente curioso, especialmente cuando se extiende a lo que no se escucha, sino que se lee, como los periódicos. 

 

    Nos es posible percibir sentimientos de otros, incluso antiguos, transmitidos en libros que recogen historias, poemas, correspondencia. Hay lecturas de estudio, de divertimento, de “cultura”. También se da la lectura del libro sagrado, algo que supone exégesis, hermenéutica, aunque a veces se haga crudamente literal para esclavitud de muchos. La religión como “religare” descansa en la mediación de ese libro santo. La religión como “relegere” lo precisa para la repetición del ritual salvífico.

 

    Casi todo lo que sentimos, no lo más importante, es decible, aunque sea malamente, desde una perspectiva toscamente intelectual. Hablamos para decirnos y lo hacemos constantemente en la relación familiar, laboral, social… Hablar tendría la finalidad de comunicar algo esencial, pero ocurre más bien que es al revés, que lo esencial, lo más básico, es el hablar mismo, aunque sea prescindible todo lo que se dice y se escucha en el acto de hablar, que pasa a ser más importante como tal, como acto de mostrarse, que como vehículo de transmisión de lo que se pretende decir. 

 

    En la relación psicoanalítica ese valor del habla se muestra del modo más claro, definitivo, cuando el lenguaje atraviesa al hablante, cuando su inconsciente lo “traiciona” del mejor modo mediante la palabra dicha, y revela del modo menos intelectual pero más íntimo y obvio lo importante sobre su biografía, su situación y su posibilidad realista de un cambio, de ser, que no es sino tratar de llegar a eso, a ser.

 

    Cualquier circunstancia, por nimia que parezca, puede enseñarnos humildad. Una mañana de domingo estaba esperando a entrar en un lugar de venta de prensa (de los que ya no quedan), donde el aforo pandémico permitía solo la presencia de una persona, y la que estaba no salía, instalada en una cháchara que parecía eterna. Cuando salió, reconocí la insensatez de mi prisa, porque todo apuntaba a que esa persona no sólo iba a comprar el periódico. Iba, de paso, pero esencialmente, a algo más, iba a hablar. No sé de qué; probablemente del tiempo o de cualquier noticia intrascendente, pero su necesidad fue paliada o colmada con un ratito breve de comunicación humana. 

 

    Hace años había un programa de radio que se emitía de madrugada, “Hablar por hablar”. ¿Hay algo más necesario tantas y tantas veces? En ocasiones, esa necesidad imperiosa puede, incluso, aunque parezca extraño, prescindir de la palabra misma. Ocurre cuando sobrevaloramos el valor de algunas amistades (amigos siempre hay pocos) frente al de la simple humanidad, que puede llegar a serlo de tal modo que parece angelical. Así, en un bello y duro poema, Octavio Paz se refería a algo impactante, experimentable raramente, pero afortunadamente real:

 

            …“tocar la mano de un desconocido

en un día de piedra y agonía

y que esa mano tenga la firmeza

que no tuvo la mano del amigo”…

 

    Esta cruel pandemia ha traído a muchas personas demasiados días “de piedra y agonía”, en forma de una soledad inaudita, insoportable. Pero también cabe esperar que algunos afortunados hayan tocado la mano de un ángel, de esos que existen de verdad, y que, a veces, se muestran como desconocidos.


martes, 3 de agosto de 2021

Necesidad de saber y pasión de ignorancia.

 

Imagen de Pixabay

 

 

    In der Mathematik gibt es kein “Ignorabimus”
David Hilbert.


    Sabemos que el gran Hilbert se equivocó, aunque muy pocos (me excluyo) puedan ver de forma realmente clara por qué. Una ignorancia esencial subsiste y subsistirá en el ámbito menos sensible a albergarla. No habrá nunca la completitud soñada, ni siquiera en Matemáticas.

     Gödel demostró que cualquier sistema consistente de la lógica formal que fuera lo bastante potente como para formular en él enunciados acerca de la teoría de números (aritmética) ha de contener enunciados verdaderos que no pueden ser demostrados.

     Ignoramos e ignoraremos siempre. Y, si eso ocurre en el ámbito matemático, ¿qué no sucederá en el de la vida?

     Y, siendo así, persiste de modo poderoso, asumible, otra de las expresiones de Hilbert, la que se llevó a su tumba en Göttingen como epitafio, “Wir müssen wissen, wir werden wissen”. La necesidad de saber se hace deber, magnífica obligación humana, aunque el futuro de esa expresión no sea del todo alcanzable. “Ignoramus” y, por más que nos devanemos los sesos y se desarrolle nuestra tecno-ciencia, “ignorabimus”… siempre.

     El misterio del mundo se nos escapa. Y siempre se nos alejará.

     Y ni siquiera es preciso mirar las estrellas o centrarse en la contemplación de la danza subatómica. Basta con vernos, con situarnos, albergados en una región minúscula del espacio-tiempo. Podemos incluso, desde nuestra perspectiva cotidiana que, naturalmente, es clásica (incluso aunque los fundamentos de la consciencia no lo fueran, algo que desconocemos), separar lo espacial, como contexto, de lo que nos hace seres temporales.

     Lo biológico y lo biográfico se interprenetran y es ahí donde surgen, cuando surgen, las grandes cuestiones, que lo son porque son de vida y muerte, de sentido y sinsentido, propias de cada cual y, a la vez, de todos, aunque no todos se las formulen. Y es ahí donde topamos con la ignorancia esencial, con ese no saber qué decir ante la gran cuestión, tan concreta, tan singular, ¿Por qué esto, un organismo muy complejo en términos moleculares, pero casi idéntico a tantos otros, se reconoce como un yo, por qué un algo biológico pasa a concebirse a sí mismo como un alguien? 

     Por su propia naturaleza, la Ciencia no puede responder de modo completo a ese tipo de pregunta. La Historia de la Filosofía puede ayudarnos a concretar las preguntas, el Psicoanálisis puede aclarar hasta qué punto yo no soy precisamente yo, no al menos como ser plenamente consciente. Pero, sea como sea, tomemos los asideros que tomemos, los grandes interrogantes que suscita la vida permanecen.

     Podríamos, en plena ingenuidad, aspirar a la ignorancia socrática, llegar a saber que no sabemos, aspirar a una falsa humildad, pero no basta, porque ocurre que, por el mero hecho de vivir aquí y ahora, sabemos algo, muy poco, pero algo que puede interferir en mayor o menor grado con la posibilidad virginal de una docta ignorancia. Ese saber, aunque sea residual, elemental, soporta de hecho, incluso, la terrible pasión de ignorancia, esa que se cierra a la apertura trágica y, a la vez, luminosa.

     De las célebres preguntas kantianas, quizá la relevante no sea qué puedo saber, sino qué debo hacer, entendiendo, eso sí, el deber como impulso más que como obligación, como tarea amorosa sin atender a la tercera pregunta de Kant, pues basta con hacer sin esperar, aunque esperemos.

     Es lo amoroso como eros, el conocimiento como episteme, lo que subyace a lo ético de modo auténtico. Y eso supone asumir la soledad, la desaparición de los dioses, aunque en Dios mismo se espere, porque Dios sólo puede ser reconocible en el desapego y en la coherencia trágica, esa que no excluye la decrepitud, el absurdo y la muerte, salpicada por instantes numinosos de sentido, de unión, a veces, por gracia divina, mística.

jueves, 22 de julio de 2021

MEDICINA. Covid 19. Miedos y negacionismos.

 

 


Imagen tomada de Pixabay


“El espíritu humano fabrica permanentemente el miedo para evitar una angustia morbosa que desembocaría en la abolición del yo”. 

Jean Delumeau. El miedo en Occidente.

 

 

    Parece darse cierto mecanismo de defensa que nos hace negar la realidad cuando es inquietante. Sucede a escala individual y también colectiva. Esa negación es propiciada frecuentemente por los gobiernos porque se considera que es peor el miedo que el peligro real de lo que se teme.

 

    La gama de temores posibles es extraordinaria, y abarca desde el miedo realista que induce a medidas de prudencia hasta el miedo al miedo mismo causado por los ataques de pánico aparentemente inmotivados. Es, en la práctica, imposible ponerse en el lugar de quien sufre un terror a la muerte inminente a causa de un infarto. Y también difícil entender el poder paralizante de muchas fobias.

 

    A la vez, el valor mostrado en un ámbito, bélico incluso, puede asociarse a una gran cobardía en otro, como tan bien lo describió Stefan Zweig en su obra “La impaciencia del corazón”. 

 

    Los objetos del miedo han ido cambiando a lo largo de la Historia, algo que nos muestra con gran sabiduría Jean Delumeau. También han cambiado las actitudes frente a lo temido, convirtiendo muchas veces a inocentes en chivos expiatorios de males reales o imaginados. 

 

    De los miedos posibles, no son menores los que surgen ante la enfermedad y la muerte. Con una Medicina muy avanzada, parecía que el problema lo teníamos con las distintas formas de cáncer, con enfermedades degenerativas, infartos de miocardio, ictus, … pero no con los microbios. Sí, se empezaba a tener más respeto a las resistencias bacterianas, pero quién iba a pensar en un virus. Ahora ya sabemos, no totalmente, lo que ocurrió con éste. El cuidado se dirigía en tiempos normales a pacientes; en 2020 y lo que llevamos de 2021 el cuidado se dirige al sistema sanitario mismo, a evitar su colapso.  

 

    Y, en plena pandemia asistimos, curiosamente, a la negación de lo evidente. Se hizo al principio, cuando los expertos y autoridades sanitarias se referían a que la situación estaba controlada, “en contención”. Se siguió haciendo fácticamente con la indecisión política reiterada y apoyada por pretendidos expertos. 

 

    Demasiados muertos, demasiados pacientes crónicos cuya evolución se desconoce todavía en su diversidad, ignorancia sobre cómo la nueva variante puede afectar a corto o medio plazo a niños. Un impacto económico brutal reflejado en las colas del hambre. Aplausos que se apagaron. Todo sobradamente conocido. Pero afortunadamente, gracias a la ciencia básica y a la avanzada técnica farmacéutica, la vacuna, en distintas versiones, todas eficaces, aunque con muy infrecuentes efectos secundarios serios, ha alcanzado ya a un amplio, pero insuficiente, sector poblacional en nuestro primer mundo y, en conceto, en nuestro país. La conveniencia de extender la vacunación a los niños en la actualidad o el criterio de cuándo sería adecuado hacerlo están siendo discutidos, especialmente para menores de 12 años (véanse este artículo y este enlace a los CDC) por lo que esta breve reflexión se refiere sólo al caso de adultos.

     

    Parece que podemos respirar (incluso en sentido literal), gracias a las vacunas, como ha sucedido a lo largo de la Historia con otras enfermedades muy serias, pero tenemos un problema, el de la negación de muchas personas adultas a ser vacunadas. Una negación que parece surgir de dos miedos diferentes. Uno es el temor a efectos potencialmente graves, incluso letales, aunque muy raros, que se han asociado a vacunas. El otro es el miedo propio de la creencia mágica, el “conspiranoico”. 

 

    A efectos prácticos, poco importa el motivo de cada negacionista, pero sí y mucho sus efectos sobre la población, pues hay algo meridianamente claro. Mi inmunidad no depende sólo de que yo opte por estar vacunado, aun siendo esto crucial, sino de que quienes me rodean también lo decidan. Ese es el valor de la inmunidad grupal, que favorece la protección que confiere una vacuna y que incluso llega a proteger al sector minoritario que no la haya recibido todavía.

 

    Al negacionista “lógico” el cálculo probabilístico que compara riesgos altos de enfermar por Covid con los muy bajos asociados a vacunas no le convencerá casi nunca si se encuentra bien y confía firmemente en estarlo, pase lo que pase alrededor (muchos comparten ya, sin vacuna, conductas sumamente imprudentes), o si su miedo a los efectos de la vacuna son muy fuertes y prefiere esperar a que la situación remita por vacunación masiva… de los demás.

 

    En cuanto a los que creen ciegamente en tonterías (que el virus no existe, que el tratamiento bueno es agua de la fuente o la MMS, que las vacunas son un modo de enfermarnos o de controlarnos con tecnología 5G, etc., etc.), algo que, en vez de ser reducido a foros de “conspiranoicos”, resuena en los medios de comunicación con afán pretendidamente crítico, no hay mucho que hacer, porque la creencia mágica es, siempre lo fue, impermeable a cualquier evidencia. 

 

    Se habló en su día, y se sigue hablando, de la posible obligatoriedad de la vacuna, cuestión éticamente delicada, pero cuestión a plantearse en el orden pragmático restrictivo, porque, en el estado actual del conocimiento sobre la Covid y las vacunas relacionadas, sabemos ya que todo tiene su precio y que hay, aunque sea mínimo, un riesgo asociado a la vacuna. Vacunarse disminuye muy claramente el riesgo de enfermedad por Covid, especialmente de enfermedad grave y de muerte. En ese juego, quien no se vacuna pudiendo hacerlo, no sólo asume una actitud que podría considerarse suicida por jugar a una especie de ruleta rusa con un virus potencialmente letal o que puede dejar serias secuelas (“covid persistente”), sino una actitud con apariencia de homicidio imprudente porque su “revólver” también dispara a los demás, a quienes puede contagiar e incluso matar. 

 

    Por eso, el cuidado de la ciudadanía requiere una decisión política firme, como la enunciada recientemente en Francia por el presidente Macron. No vacunemos a quien no quiera, no obliguemos, pero que quien individualmente rechace algo colectivamente bueno asuma el propio coste personal en los ámbitos clínico, profesional, social o económico que su decisión puede conllevar. La solidaridad debe primar sobre egoísmos y magias. 

 

    Un artículo de la sección "News" de "Nature" indica que la mayoría de personas de países pobres habrán de esperar otros dos años para ser vacunadas. Según se recoge en “Our World in Data” sólo un 1,1% de los países pobres han recibido al menos una dosis. Presenciamos y permitimos coqueteos negacionistas a la vez que olvidamos el significado del término “pandemia”.

viernes, 16 de julio de 2021

MEDICINA. La obsesión nosológica. Lo idiopático o el resto esencial.

 


“El hombre puso nombres a todos los ganados, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo”. Génesis 2, 20.

 

    Nombrar es el gran acto simbólico de la “auctoritas” que acoge al otro desvalido. Nuestros nombres y apellidos nos han venido dados por nuestros padres y los ancestros anteriores a ellos. En el mundo romano, un hijo natural podía ser rechazado, expuesto, expósito, a la vez que alguien, ya adulto, podía ser adoptado, aunque no hubiera ningún vínculo de sangre. 

 

    Fuera de la familia, de ese ámbito de jerarquía fundada en el nombre del padre, en el “pater familias”, se podía y aún se puede reconocer a alguien precediendo su nombre con una nueva expresión que rememora al viejo “cursus honorum”. Uno pasa a ser “Don”, “Doctor”, “Profesor”, “Excmo. Sr.” “Sir”, “Lord”… Algo así como si lo curricular llegara a hacerse esencial en la vida de alguien.

 

    Linneo siguió mejor que nadie que lo precediera la misión bíblica, poniendo nombre a animales y plantas, que fueron agrupados jerárquicamente desde los “phyla” a las especies. Darwin propició las bases de una taxonomía más adecuada, propiamente filogenética, pero que no llegó a arrinconar en absoluto el trabajo de Linneo.

 

    En cierto modo, nuestro nombre nos confiere un ser. De alguien importante por el motivo que sea no se dice que tiene un nombramiento, sino un nombre, que ha logrado de forma meritoria o al que le ha hecho honor si es de origen familiar.

 

    Nombrar se ha hecho obsesivo. Nuestros académicos nombran todo lo que suponen nombrable, desde estrellas a insectos, desde fósiles de animales extintos hasta diatomeas actuales. Nombrar es el primer paso para hablar de algo. Nadie sabía de un virus llamado SARS-CoV-2 antes de la pandemia que sufrimos. Ahora eso, que en otro tiempo sería un “être de raison”, es visible y nombrable hasta en sus variantes, asociadas a letras griegas.

 

    La Ciencia trata de explicar el mundo e incluso a nosotros mismos. El método científico, simbolizado por aquella fruta edénica, subyace al deseo de explicación del mundo y de nosotros mismos. Tras morder y gustar la manzana, caben varios tipos de preguntas, siendo dos importantísimas el “cómo” y el “por qué” fenoménicos. Pero, precediéndolas y sucediéndolas, existen dos formas de otra, ¿Qué? Esa cuestión es la inicial, la nominativa y taxonómica. Y también acaba siendo, de otro modo, la final, la ontológica o, con más sencillez, la hermenéutica: ¿Qué es? Parece que se trata de reducir al máximo lo importante, lo esencia, pero lo sencillo abruma; ¿Quién podría decir con propiedad qué es un fotón sin limitarse a relatar sus propiedades? ¿Quién podría decir qué es la vida? 

 

    La Medicina no es ajena al afán taxonómico traducible como nosología, como una clasificación de enfermedades. Algo osado porque no parece fácil en muchos casos. Y, a la vez, algo necesario desde el punto de vista metodológico y pragmático. Si sabemos de qué hablamos podemos abordarlo, tratarlo, al estilo que recuerda a Lord Kelvin, no médico, pero he ahí que acabamos confiriendo ser precisamente a la falta que afecta al ser mismo. 

 

    Muchas enfermedades se parecen semiológicamente, pero su diferente etiología se corresponderá con la adecuación o no de un tratamiento dado. La visión médica actual es etiológica y neo-mecanicista, incluso aunque se desconozcan relaciones etiopatogénicas, como suele suceder en Psiquiatría, con intentos patéticos como los del DSM en sus “progresivas” versiones. 

 

    Esa perspectiva de conferir ser a la carencia, incluso aunque su etiología sea no carencial, como sucede con la microbiana o la proliferativa, neoplásica, “ontologiza” a la propia enfermedad a tal punto que quien la sufre pasa a tener el nombre de ella, de lo que lo aflige o lo pone en riesgo lejano o inmediato de muerte, y así se hablará del diabético tal o del ACV cual. Uno pasará a “ser” una “neo”, un íleo, un SCASEST. El viejo ideal hipocrático pronóstico subsiste, aunque muy malamente, a la hipertrofia diagnóstica y muchos casos diferentes se englobarán con frecuencia llamándoseles “terminales”. 

 

    Ese frenesí taxonómico no soporta la ignorancia, menos aún la incertidumbre, y hará toda clase de pruebas diagnósticas hasta excluir todo lo imaginable y obtener una marca diagnóstica en la que todo estará condensado, el futuro pronosticado, y uno, como paciente, como “caso”, será predicho en el declive. Hasta su ser en el mundo será insensatamente dicho. Sólo después de un silencio del cuerpo o del alma resistente a todo tipo de pruebas, a veces cruentas, se asumirá un término ya antiguo y que no dice nada referido a una causa. Se hablará de algo “idiopático”.  Es un término que curiosamente se ha hecho sinónimo de otro, “esencial”.

 

    Quizá fuera bueno que los nuevos médicos se pararan en la importancia esencial de eso que así es llamado. Esencial. Da igual que se trate de una hipertensión o un temblor. El término “esencial” se sigue usando sin apreciar lo que realmente indica, la ignorancia que subyace al hablar de la falta en ser de alguien, eso que siempre fue de la mano de la Medicina, la que subyace al quehacer clínico. 

 

    Olvidamos con frecuencia que la Medicina fue mágica antes que científica y sencillamente mirada empírica antes que comprensión molecular. Y así no sólo se avanza; también se facilita lo peor, que ocurre cuando alguien, un paciente, es convertido en algo, un organismo constituido por fragmentos que enfocan la mirada de múltiples especialidades. Al lado de simplificaciones obscenas (es un viejo, es un psicópata, es un oncológico, es un terminal…) hay la obsesión nosológica que no ve a un ser humano como doliente sino como reto intelectual, clasificatorio. En ese marco, el frenesí diagnóstico basado en multitud de pruebas “complementarias”, algunas con riesgos potenciales asociados, está servido y supone con frecuencia una peregrinación del paciente entre especialistas de campos parcelados, que miran trozos de cuerpo, que llegan a priorizar lo epistémico a lo pragmático, el diagnóstico a la cura, porque no siempre van necesariamente ligados. Es esa obsesión tantas veces inhumana la que puede confundir lo horrible con lo bello, llegando a decir de alguien que es un caso “precioso”, algo que preludia casi siempre la catástrofe para el así destacado. La perversión estética parece haberse hecho consustancial desde hace años a la mirada de muchos médicos.

 

    En aras del supuesto saber, se prescinde de la docta ignorancia, de poner en juego como clínico al alma, a la incertidumbre, primando el bienestar de quien se atiende ante la mirada anatómica o molecular, tan necesarias como auxiliares, tan peligrosas como pretendidamente esenciales. Esa contemplación autista, por más que sea compartida en esa entelequia conocida como trabajo en equipo, que nunca es tal, es reductiva y cruel, y no tolera carencias en su persecución de la marca taxonómica, nosológica.

 

    Y, sin embargo, todos quienes fuimos o seremos pacientes, agradecimos y agradeceremos la mirada limitada y humana del médico, de quien no entiende su ejercicio al modo de la Hygeia de Klimt, sino como arte científico y compasivo en el noble sentido del término. Es médico quien se resigna cuando es preciso a asumir eso que, por ponerle un nombre, se llama idiopático o esencial, poniendo todo el empeño en curar, aliviar o acompañar, más que en nombrar.