"Y Dios añadió: Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra". (Génesis 9, 12-13)
Sabemos, desde que Newton lo explicó, de la naturaleza física – geométrica básica que se da en el bello fenómeno del arcoíris. No sorprende que Dios mismo lo eligiera como señal de lo mejor, su alianza con nosotros.
Las furias meteorológicas, tiñendo de gris el paisaje, evocan e incluso amplifican la intensidad de las tormentas anímicas y su oscuridad.
La alianza con Dios a escala individual, singular, puede traducirse, religiosamente, en confianza (“Jesús, en ti confío”) cuando el terremoto anímico que supone acompañar a quien sufre depresión parece inacabable. Aunque con un matiz terrenal, la esperanza de curación evoca, desde la fe religiosa, a la esperanza que alababa Sta. Teresa o la confianza de Sta. Teresita (ambas proclamadas doctoras de la Iglesia). “Spes non confundit”.
Regalo de gracia divino, en el que podemos crecer, mantener la esperanza es la parte difícil de la fe como “fides”. No guarda relación alguna con ser o no optimista. Es optar por la “niñita esperanza” de Péguy, “pequeñita” entre las otras virtudes teologales. Hay, con respecto a la confianza en Dios una hermosísima oración de Teilhard de Chardin, “Adora y confía", que sostiene la esperanza a pesar de los pesares.
Lo peor de la depresión es la gran expresión de lo absurdo. ¿Por qué ocurre y de modo prevalente? ¿Por qué parece haberla mantenido la selección natural? Cuando se interioriza, activando mecanismos de mantenimiento o amplificación endógenos, la pobreza de los fármacos se muestra no pocas veces ante algo que parece demoníaco, como decía Andrew Solomon. El propio transcurrir temporal se perturba según la afirmación adecuada de ese autor: “Cuando uno está deprimido, el pasado y el futuro quedan por completo absorbidos por el presente”. De la importancia de vivir el momento presente, se pasa del peor modo a morir en él. Del insensible calendario se eliminan meses y más meses como tiempos muertos ante la pobreza del conocimiento actual para enfocar adecuadamente el problema de la depresión, su naturaleza, cómo prevenirla y la investigación necesaria para lograr tratamientos y marcadores realmente eficaces.
Acompañar a un ser querido que padece depresión tiene riesgos, pero también potenciales efectos benéficos en quien acompaña. La salud puede resentirse, siendo lo peor la posibilidad, muy alta, de contagio. La soledad real y sentida se acrecienta dificultando cualquier lazo social más allá de breves paréntesis en los que la desconexión de lo real casero es difícil.
Y, sin embargo, esa compañía, dura, da qué pensar. La presencia cercana no sólo puede ser benéfica para quien sufre. También es ocasión de purificación del acompañante en el mejor de los sentidos, si opta por lo que, sin desearlo, la propicia, una prueba de amor, probablemente muy débil en comparación con todas las muestras de amor que el acompañante ha recibido de la persona acompañada, de forma cotidiana y callada a lo largo de muchos años, como algo sencillamente normal.
Aceptar esa posibilidad desafiante, brindar una compañía que trata de vencer inercias y ser más justa y amorosa, tal vez proporcione una mayor benevolencia cuando caiga la tarde, esa en la que, según S. Juan de la Cruz, seremos juzgados en el amor.
“¿Por qué parece haberla mantenido la selección natural?” Desde luego, no porque tenga una clara utilidad para sobrevivir, como el miedo. ¿Existe acaso un “per aspera ad astra” catártico que se muestre revelador de una realidad espiritual de la que somos conscientes en estado de depresión o, más bien, cuando la vencemos? Quizás sólo quien no conoce el miedo está libre de sufrir depresión, pero para ello ha de ser el protagonista de una leyenda, un héroe de ficción, un Sigfrido, alguien definido claramente por el valor aunque carente, por otro lado, de inteligencia práctica. La lucha del común de los mortales no es contra un dragón, sino contra (o por) la existencia, una lucha sin esperar la inmortalidad de la fama póstuma o la gloria futura, quizás sí el consuelo de que nuestros actos no provoquen el sufrimiento ajeno o propio, de cumplir las reglas de la moral (demasiado kantiano, sin duda) o los mandamientos de la fe. Vivir y dejar vivir. Los motivos para vivir son inconmensurables para cualquier persona individualmente, al margen de los grandes universales: el amor, la belleza, la felicidad, la amistad, la solidaridad…
ResponderEliminarPero la depresión es el gran absurdo en el que el tiempo pierde su arquitectura: el pasado y el presente son una casa sin habitaciones ni pasillos, más parecida a una caverna (platónica o no) en la que las sombras vuelven a confundirnos, a desorientarnos. El futuro deja de construirse. Se ha iniciado una huelga indefinida dispuesta a paralizarlo todo y la vida funciona, apenas, con servicios mínimos. Perdón por la metáfora.
Es, sin ninguna duda, una enfermedad. Y los que la hemos padecido y los que vivimos con quien la sufre sabemos que es una enfermedad compartida, contagiosa al menos en ese término. Estamos obligados a ser más fuertes de lo que en realidad somos porque creemos que nuestra fortaleza es el contrapeso de la debilidad que sufre nuestra pareja, que sin ella se caerá. Tiene sentido verlo así, y por eso nos mostramos fuertes, porque lo que tiene sentido tiene que prevalecer. En realidad, quien sufre depresión ya se ha caído, ya se ha hundido. Esa fuerza es para no caer nosotros. ¡Qué difícil! Sí, qué difícil no sucumbir cuando los días pasan, cuando el verano en el que habíamos creído que sería más fácil recobrar las ganas de vivir, ganar al menos una batalla, se ha ido con toda su luz y todo su calor a otra parte.
Cuando este absurdo se acabe, cuando recobremos la normalidad ¿seremos más fuertes?, ¿estaremos inmunizados o tendremos que vacunarnos cada año?, hoy, cuando la realidad viene sin garantía.
Gracias, Javier, por hacernos reflexionar.
Miguel.
Querido Miguel,
EliminarMuchas gracias por tu excelente comentario. Es lúcido y, por ello, crudo, especialmente en el contexto histórico – social en que nos movemos.
Coincido absolutamente con tu referencia al tiempo en el marco de una depresión (no vivido propiamente, sin arquitectura).
Diría que una depresión se parece a una inmunodeficiencia en que quien la padece se queda sin defensas, inerme. Es, no obstante, una mera analogía.
Un abrazo !!!