Es bien sabido que la Navidad es continuación de la fiesta
solsticial. Nos lo suelen recordar los ilustrados estos días, tal vez tratando
de dismitificarla. Pero la Navidad no se sostendría sin su carácter mítico y
perderla supondría perder algo bueno de nosotros mismos. La Navidad
real, no la parafernalia sensiblera y consumista, sólo puede ser mítica.
No siempre ganamos con pasar del mito al logos porque ocurre
que somos seres simbólicos y el mito es consustancial a nosotros. Nunca lo
perdemos; sólo ocurre que con demasiada frecuencia hacemos del logos mito, de
la ciencia cientificismo y del progreso material fe salvífica. Es decir,
seguimos creando mitos y figuras heroicas, modelos, pero extraordinariamente pobres y alienantes.
Dos evangelistas, Mateo y Lucas, nos hablan del nacimiento
de Jesús. Pero los evangelios no son propiamente textos históricos aunque haya
historicidad encerrada en ellos, algo reconocido también por investigadores
ateos. Refieren a la creencia. Siempre nos movemos en ese terreno. Incluso en
el ámbito científico creemos en la inducción, la deducción y la isotropía del
universo. No viviríamos humanamente sin la creencia, aunque lamentablemente
ésta se haga en ocasiones excluyente y letal.
De algún modo hay que hablar de lo misterioso y la
divinización humana sólo es así posible, en tal contexto, mediante la mujer. Algo
más allá del texto cala en la perspectiva simbólica. No fue en los evangelios
sino en el concilio de Éfeso en el año 431 cuando se atribuyó a María el
término theotokos. Aporía de aporías, como un koan, pero que alude a lo más
misterioso, al ser humano, su vida y su posibilidad.
Ratzinger nos recordó un día que
en los evangelios canónicos no se dice nada de los animales que figuran en
todos los belenes, el buey y el burrito. Pero la divinización sólo parece
posible fuera de los hombres, entre los animales. Roma fue factible por la
leche de la loba capitolina. También un dios como Zeus o un héroe como Ciro
precisaron el soporte animal.
Los evangelios no lo dicen pero
el dulce San Francisco asumió la bondad de la tradición. Si no hay casa, un
establo o una gruta acogerán el deseo de Dios. La Naturaleza será más bondadosa
que los hombres. Si no hay calor humano, lo proporcionarán los animales. Un
buey y un burro bastan. Respirando
alientan. Viviendo soportan la vida de un bebé, dándole calor.
Lo animal se impone en la
representación del nacimiento del héroe divino, que, sobre un asno, entrará
siendo adulto en Jerusalén. A diferencia de Buda, Jesús no buscará la
Iluminación. A diferencia de Mitra, Jesús no precisará sacrificar un animal
para vivificar la tierra. Lo hará con su propia sangre.
La Navidad celebra la unión de
familias, algo que puede explicar el aumento de divorcios en enero, pero en
realidad remite a la soledad inicial de la familia que para muchos es ejemplar,
a su aislamiento brutal. El recuerdo navideño de esa soledad puede hacernos
solidarios con algunos de tantos que nacen y mueren así, en soledad, que no es
lo mismo que solos, pues solos nacemos y morimos. A veces con la dulce compañía
de un perro o un gato. A veces, muy cerca hoy de nosotros, bajo las bombas
lanzadas por insensatos.
La Navidad se mantiene precisamente
porque no puede desmitificarse. Brilló en 1914 cuando grupos de contendientes
dejaron sus trincheras y los odios implantados para celebrarla. Poco duró, pero sigue brillando
en muchos sitios y seguirá haciéndolo. Ese brillo inmaterial es la estrella que
encaminó a los magos de Oriente y que sigue facilitando la búsqueda humana.