martes, 14 de noviembre de 2017

La popularidad distópica.


Hubo un tiempo en que los vendedores de lo que fuera asumían el lema “el cliente siempre tiene razón”. Algo lejano pero que retorna del peor modo, por dos motivos. Uno deriva de asumir que todo es vendible, desde pares de zapatos hasta la salud y casi uno mismo. Otro descansa en la facilidad de hacer registro contable indeleble de la opinión del cliente universal.

Asistimos a una provisión de servicios que, en tanto no sea posible realizar con máquinas, se efectúa a través de individuos indiferenciados en aspecto, vestimenta y modales, sea en tiendas de ropa, de teléfonos o talleres de mantenimiento de coches. Pero también en los hospitales es frecuente que el protocolo de actuaciones haga intercambiables a los médicos que las prestan.

En una sociedad mercantil impera el criterio de la calidad, pero no ya entendida como un buen hacer, sino como algo reconocible como tal por agentes externos ajenos a lo que juzgan. Los servicios ofertados llevarán un marchamo ISO y se tendrá en cuenta la satisfacción del cliente.

La industrialización progresiva hace que las personas que trabajan en un sector determinado sean fácilmente intercambiables, pues basta con que sigan un protocolo establecido. Ya se pretenden lejanos los tiempos en que se precisaba un mecánico de coches experimentado o un médico con buen “ojo clínico”. Basta con los protocolos, los diagnósticos electrónicos y sustituciones de piezas y la intermediación con el cliente (término que se ha universalizado para englobar incluso a pacientes). De ese modo, dicho cliente, aunque se relacione con personas, lo hace más bien con una empresa en la que tales personas son individuos intercambiables y que será la que requiera de él una encuesta de satisfacción, criterio supremo de la calidad del producto que se compra (sea un teléfono o un trabajo). 

Todo es ya susceptible de comparación por un sistema de votos deificado. Incluso alguien puede “venderse”, como dicen los modernos, en las redes sociales, haciendo que sus selfies u otras ocurrencias colgadas en YouTube alcancen altas cotas de popularidad, lo que los puede convertir en “influencers”.

No es malo poder echar un vistazo a internet y tener en cuenta opiniones de otros a la hora de elegir un hotel o un restaurante. Pero hay algo de perverso en este criterio de pretendida calidad. Es habitual que, tras la reparación de un coche o después de resolver una duda sobre un teléfono, se nos pregunte si estamos poco, mucho o sumamente satisfechos con el servicio. Si nuestra puntuación no es la máxima, y no somos los únicos en mostrarla, las potenciales consecuencias perjudiciales no serán para un proceso a revisar sino para personas concretas que podrán perder su trabajo. Así las cosas, uno pasa de ser sujeto trabajador a individuo obediente de pautas y susceptible de ser examinado por sus sonrisas aun cuando no sea responsable de un trabajo que no sólo depende de él. Las estrellas han pasado de Michelin a todos los sectores del mercado. Y no caben justificaciones tras una caída en el estrellato correspondiente.

Lo humano es considerado como un gran mercado que incluye valores posicionales incluso a la hora de encontrar pareja (las habituales que se dan entre futbolistas y modelos son ejemplares). En ese mercado la singularidad cede ante lo individual que, a su vez, pasa a reificarse. De ese modo, la autenticidad de cada cual tiende a descender progresivamente en aras de una pretendida adaptación social.

Uno de los episodios de la serie “Black Mirror”, “Caída en picado”, mostraba cómo la imagen pública era evaluada constantemente por los demás mediante puntuaciones otorgadas desde sus teléfonos móviles. No estamos lejos de esa distopía.



viernes, 10 de noviembre de 2017

PÁNICO.



Suele ocurrir gradualmente. O no. 

Pasan días de cierta sensación de absurdo, con pesadillas, ansiedades, sudores y taquicardias; al final, una caída angustiosa en el absurdo.


Lo aprendido en el pasado, lo que se ha sido en el pasado, todo lo conquistado en la configuración del propio ser, parece esfumarse. El cuerpo no parece propio, sino enemigo, renunciando a la homeostasis cotidiana. Nada sirve. Todo lo que nos rodea es inútil excepto para recordar la inutilidad del propio estado, su brutal e incontrolable absurdo.


De repente, ha surgido. Aparece el demonio. Un demonio que se recuerda, que se recordará siempre, haciéndolo temible. Tiene un nombre: ataque de pánico. Su poder es extraordinario. Nos trae el infierno mismo. Nuestro Dios amoroso nos abandona en sus garras. Sería igual ser ateo porque nuestra racionalidad se desmorona. La imagen de la locura se hace perceptible. La necesidad de apoyo se asemeja a una regresión infantil, fetal; se necesitaría un amnios en el que refugiarse, porque el frío penetra hasta la médula ósea. Se encarna lo absurdo.


Ni siquiera se percibe la inminencia de muerte, tal vez porque en la muerte misma parezca que nos instalamos. Sólo hay necesidad de escapar. Pero no hay escape del demonio interior. No hay distracción que valga ante lo que nos precipita a un extraño Hades en vida.


El exorcismo es ineficaz, pues el auxilio de otros será un paliativo breve. El recurso a medicamentos puede ayudar. Ansiolíticos, antidepresivos… Habrá quien recomiende terapias de afrontamiento, de relajación… ¿Una relajación en medio de esa agitación demoníaca? 


Amanece un sol negro. La negra noche puede calmar. Como para un vampiro, la luz se hace molesta porque no hay claridad admisible en esa negritud. El contraste de la luz exterior con la oscuridad anímica es insoportable.


En una situación de pánico colectivo se intuye una acción, aunque pueda resultar letal; se sabe que hay que escapar de algo exterior a nosotros, sea un incendio, un atentado, un tsunami. Que se logre o no, es otra cosa. Cuando el pánico carece de fundamento aparente, cuando es demoníaco, no hay escape, pero el cuerpo moviliza todo su potencial para hacerlo posible por inútil que sea, con descargas hormonales, con una movilización bioquímica sólo perjudicial. 


No es depresión. Es angustia en estado puro, aunque los excesos químicos que induce produzcan una inundación de tristeza, desánimo, impotencia. Es ese afecto que, dicen los psicoanalistas, no engaña. Una extraña y siniestra Alteridad es mostrada. Sólo desde esa perspectiva, dura, brutal, quizá sea concebible tener esperanza en salir del pozo y en acogernos nuevamente a la luz que alimenta a los árboles.


jueves, 9 de noviembre de 2017

Cáncer. Drama personal y épica científica.


Un diagnóstico de cáncer no es fácil de asumir. Hay quien se derrumba, hay quien pasa por esas fases que Kübler Ross  describió a raíz de su trato con moribundos… No lo es por el paciente ni por sus familiares, especialmente cuando los afectados por la enfermedad son niños.

Hay incluso quien lo llega a vivir de modo aparentemente extraño a los demás, gozando de la vida que le resta más plenamente que de la vida anterior, porque ante una situación así, de perspectiva de muerte, los valores cotidianos se transforman a veces en los ontológicos, como diría Irvin D. Yalom  siguiendo a Heidegger. Esta posibilidad se plasma a veces en libros que narran experiencias personales, como "Momentos perfectos"
de Eugene O’Kelly. 

También hay algunas excelentes películas que muestran la dignidad y el sentido gozoso de vivir la vida que reste del mejor modo posible. Una es “Truman”. Otra,“The Bucket List” (en versión española, “Ahora o nunca”). 

Pero, se mire como se mire, cada uno es como es y, a quien se hunde, de poco le valdrá saber que otro se toma con aplomo un diagnóstico así. La vida definitivamente cambia (o no en la práctica) y eso, sea como sea, es dramático.

A la vez, vivimos tiempos de un avance tecno-científico impresionante. Ya lo fue, en su día, conseguir poner un hombre en la luna y traerlo de vuelta. Y eso indujo mediante fuertes presiones a la administración Nixon a lanzar una guerra contra el cáncer firmando el “National Cancer Act” en 1971. Si el proyecto Apolo había sido exitoso en poco tiempo, también era de esperar que el cáncer fuera derrotado. Pero la dificultad que suponen las restricciones físicas a la hora de ir a la luna es muy inferior a la que implica la complejidad de lo viviente. En el primer caso, hay pocas variables, en el segundo cada vez se ven más numerosas e intrincadas de forma no lineal. Y sigue siendo así. Por complicado que fuera, la detección de los quarks o del bosón de Higgs fue posible desde el proyecto. Pero no cabe hablar de un proyecto contra el cáncer. No, al menos, de un proyecto único; tampoco del cáncer como una entidad nosológica única.

Parece que estamos estancados, que sólo cabe insistir en una prevención primaria (no fumar, no beber, hacer ejercicio…) y en detectar “a tiempo” lo peor, mediante una proliferación de cribados de eficacia cuestionable. Los tratamientos siguen siendo agresivos, largos, cada vez más caros, muchas veces inútiles… Es fácil caer en la decepción.

Las promesas televisivas que surgen tras el hallazgo de un gen o de un nuevo tratamiento suelen ser eso, meras promesas y no hechos. Precisamente la proliferación de tantas novedades facilita la frustración ante la realidad del aquí y ahora.

Pero cierto optimismo es concebible no desde la imaginación del futuro sino desde la visión del pasado. Sólo desde su Historia es factible entender el marco filosófico en que la Medicina se desenvuelve o puede desenvolverse, algo descuidado pero que impregna todo acto clínico y toda tarea de investigación. 
 
En 2010, un médico estadounidense de origen indio, Siddhartha Mukherjee, publicó un libro de gran interés, “El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer”. Ese interés, que le hizo merecedor del premio Pulitzer de 2011, es doble; reside en lo que narra y, sobre todo, en cómo lo hace, con una reflexión filosófica sobre la propia naturaleza de la vida, íntimamente asociada a la de la muerte, no pudiendo concebirse una sin la otra. 

El libro nos muestra el valor de lo empírico y de lo científico, una mezcla que, a fin de cuentas, es la que sigue haciendo que la Medicina sea un arte y que lo sea influenciada por la concepción filosófica de quienes la practican y de quienes la desarrollan mediante la investigación. 

Se nos describe lo que ha supuesto padecer cáncer a lo largo de la Historia y cómo la Medicina ha ido avanzando en los últimos siglos en una extraña mezcla de empirismo y ciencia, con una concepción de la enfermedad que ha ido también modificándose, conservando a la vez viejas influencias. Lo local y lo sistémico, lo fluídico y lo discreto celular, la base irracional de algunos enfoques terapéuticos exitosos, la impotencia de la investigación incipiente y su recientísima simbiosis con la clínica. No falta el contraste entre médicos abnegados y los que cometieron fraudes descarados. Podría decirse que todo lo humano con sus valores y defectos aflora en esta historia.

Si el avance terapéutico es perceptible desde hace unos doscientos años,
ha sido claro desde mediados del siglo XX. Esa claridad se hace obvia cuando tomamos perspectiva temporal realista, que nos permite ver no sólo avance sino avance acelerado. Cegados con los avances técnicos en microelectrónica, no percibimos la rapidez real pero más lenta habida en los avances oncológicos. Se sabe mucho del cáncer y se va incrementando el potencial terapéutico desde una causalidad molecular ignorada hace unas cuantas décadas y cuyo conocimiento se incrementa de día en día con proyectos como “The Cancer Genome Atlas”. Se diagnostica mejor y se trata mejor. Hay curaciones. No es lo que era, aunque haya formas tan letales como en la época en que se construyeron las pirámides.

El libro concluye con una mezcla de realismo y optimismo. Es una gran obra, que debiera ser leída especialmente por los jóvenes médicos, porque nos sitúa, nos indica el valor humano de la Medicina y su necesidad de la Ciencia, que cede sin embargo ante la importancia de lo singular. En el texto se muestra cómo, a veces, no es factible el ensayo clínico bien estructurado, con sus controles y enfermos asignados al azar, por una razón bien simple: la gente se muere antes de que el ensayo concluya y no está para consideraciones estadísticas. A veces, lo individual revela la gran posibilidad. Otras, será el poder de la estadística el que muestre lo interesante. Ese balance entre método científico (desde el laboratorio hasta el ensayo doble ciego) y relación clínica siempre es, debe ser, muy delicado. Si, en general, cada paciente es distinto, esa singularidad es mucho más clara en el caso del cáncer, tanto por la diversidad de sus formas como por el modo de afrontarlas. Estamos ante un libro que recuerda vagamente a otro muy hermoso, "Cazadores de microbios", de Paul de Kruif

El tiempo de la Ciencia es una cortísima fracción del tiempo de la Cultura. La Medicina fue mágica, empírica y sólo recientemente también es científica. 
 
Tal vez el mayor valor del libro de Mukherjee sea mostrarnos la rapidez con la que, a pesar de lo aparente, se dan grandes avances en Medicina; a veces paso a paso, a veces de modo revolucionario gracias a felices contingencias. Desde 2010, fecha de la publicación del texto, hasta ahora, ese progreso sigue dándose centrado cada vez más en terapias científicas que en las simplemente empíricas. En 2011, la FDA aprobaba un anticuerpo monoclonal (ipilimumab) para el tratamiento de un tipo de cáncer, el melanoma. La inmunoterapia está abriendo perspectivas con enfoques múltiples. También el estudio de las bacterias que conviven con nosotros (microbioma). Y no son pocos los avances tecnológicos de diagnóstico y tratamiento físicos.

Es esa tarea de tantos, actuando en la relación clínica y en los laboratorios de investigación, la que hace de la Medicina una narración épica y de éste un momento de esa noble historia.

martes, 31 de octubre de 2017

El terrible goce de la pureza.


“Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: nadie, Señor”. (Jn 8,11).
“No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Lc 5,32)

Quizá el ideal más atroz, el más pernicioso, sea el de la pureza. 


Lo puro se muestra como límite, como lo más precioso. Lo puro atrae. Se habla de oro puro, de agua pura, pero también de filosofía pura, de matemática pura, como si hasta el intercambio de conocimientos con otros campos perturbara lo esencial de eso que se llama puro.


Lo puro es lo inocente, lo infantil. Que Freud hablara de una sexualidad perversa y polimorfa no es óbice para ver al niño como encarnación misma de la pureza. Si un niño muere, sus padres creyentes grabarán en su tumba que ascendió al cielo. Así, directamente, porque la pureza infantil es la angelical, la prístina. 


Lo puro es lo virginal, lo que no ha sido mancillado, lo que puede evolucionar a una pureza distinta, la que supone la relación de entrega única, para siempre, a otra persona, también pura. Pureza y castidad pasan a identificarse en seres que se pretenden casi asexuados. Es cierto que esa concepción parece desterrada, pero sólo lo parece porque las familias siguen existiendo y, con ellas, los amores y los grandes odios.


La pureza supone la rectitud, la coherencia, el cumplimiento del deber, la honorabilidad. En el ámbito religioso, el ideal de pureza ha neurotizado, enloquecido incluso, a muchos que lo vieron inalcanzable a pesar de penitencias y oraciones. Podría decirse que, en su ideal de pureza, los cristianos más religiosos se han hecho por ello anticristianos; el aspirante a puro no puede soportar las palabras de Jesús, buscador de almas perdidas. 


En nuestro tiempo, la pureza no afecta sólo al alma. Es también corporal, higiénica. Uno se purifica de toxinas, se libera de grasas aterogénicas, se protege contra virus, atiende a la pureza física que muestran hermosos cuerpos jóvenes, referentes con los que compararse. Desde esa perspectiva, el médico pasa a ser el exorcista moderno.
Lo puro es no beber, no fumar, chequearse, protegerse de una enfermedad a la que se le confiere ser, ontologizándola cada vez más. Y la impureza, que apunta a lo que uno es, puede hacerse sinónimo de lo que uno tiene, de enfermedad, en forma de alcoholismo, ludopatía, adicción al sexo…


La pureza parece intuitivamente exigible, especialmente a los demás. Y con ese ideal es contrastada la acción política. Robespierre, el incorruptible, se hizo ejemplar, aunque fuera por poco tiempo. El nazismo mostró la impureza asociada a ser judío o gitano, un mal terrible que justificaba la muerte industrializada en beneficio de la raza. Pero incluso los nacionalismos más humanistas tocan ese diabólico ideal: los nuestros, nosotros, somos distintos, hablamos nuestro idioma, creemos lo mismo, pisamos nuestro suelo, nos entendemos, no tenemos los vicios de los otros. Los grupos emergentes en política lo son desde la virginidad, desde la pretendida pureza que se desea transformadora de un orden corrupto. 


La pureza también es profesional y puede decirse de alguien que ha deshonrado su uniforme o traicionado su juramento hipocrático.


La idea de la pureza se hace afán purificador. Y, si los metales se hacen puros, libres de ganga, de otros elementos, mediante elevadas temperaturas, el fuego se ha hecho también purificador social. La Inquisición lo usó como medio para liberar al pueblo santo, puro, de brujas, herejes y endemoniados. Fuego santo como prevención del fuego infernal, el último y eterno fuego purificador ante un Dios veterotestamentario, viejo, monolátrico, que no admitiría el menor atisbo de impureza en su creación.


Hoy el fuego es otro, es el de la segregación social más o menos clara del impuro por los que no han caído en su bajeza. 


La falta, la caída que supone ser humano, lo que en tiempos se llamó pecado, esa falta en la que todos sin excepción acabamos incurriendo, sólo Dios puede perdonarla (sólo un dios puede salvarnos, decía Heidegger), porque los demás no lo harán. Y así, con demasiada frecuencia, los pecados del padre no serán jamás perdonados por sus hijos porque, aunque ellos mismos no sean puros, pues humanos son, su óptica sí lo será hacia los demás y, especialmente, hacia los más próximos; desde esa mirada justificarán un rencor, un odio, eternos.


Y, si en alguien es especialmente imperdonable la impureza, es en el envidiado. Si un gran escritor, por ejemplo, es sorprendido en cualquier tipo de falta moral, esa falta será tanto mayor cuanto más alto haya sido su mérito literario. Es la pobre y ansiada recompensa de los mediocres e infames que, por serlo, llegan precisamente a creer que ellos sí son puros.


Es por todo eso que sólo desde el reconocimiento de la propia falta, de todo lo que en nosotros es defectuoso, maligno, aborrecible, podremos cambiar un poco a mejor, sólo un poco, llegando a perdonarnos antes de pretender perdonar a otros, llegando a ser literalmente compasivos.

sábado, 21 de octubre de 2017

Vida y gratitud. La creatividad amorosa.






 “Sólo puede ser conocido con el corazón, que se halla más allá de la sabiduría y la mente”. (Katha Upanishad, II,6:9).
“Porque quien quiera salvar su vida, la perderá”. (Mc.8,34).



Prácticamente cada día del año está siendo dedicado a una enfermedad. No faltan lacitos de colores, carreras, historias de supervivencia y ecos de avances científicos que podrían (siempre en condicional) eliminar una enfermedad ontologizada. Los supervivientes sostienen la promesa cientificista salvífica.

No es malo oír historias de supervivencia. Pero quizá fuera mejor escuchar relatos de vida porque, aunque no se esté muerto, no es lo mismo vivir que sobrevivir.

¿Cuánto tiempo vivimos o viviremos? Es una pregunta que, en realidad, carece de sentido porque suele asociarse a algo muy distinto: ¿Cuánto tiempo duramos o duraremos? Y es que no es lo mismo vivir que sobrevivir, que durar. 

Vivir de modo auténtico se asocia necesariamente a eternidad y gratitud. Si vivimos realmente, lo hacemos en el instante eterno. Si vivimos realmente, vivimos para siempre.

Vivir se asocia a gratitud, pero ¿a qué o a quién? Podemos agradecer estar vivos, pero eso es muy distinto a dar las gracias por vivir. Así, agradecemos a nuestros padres, hermanos, médicos, maestros, amigos, pareja, hijos, muchos o pocos que nos han ayudado a llevar la vida del mejor modo, a compartir nuestros problemas, etc. 

Pero vivir va más allá de existir. Y supone un sentimiento de gratitud sin alteridad a diferencia del que evoca la mera existencia como vivientes. Es un sentimiento claramente poético, místico, pues nos pone en comunión con toda la variedad de la vida, incrustada en el universo que la hizo posible. Nos recuerda nuestra raíz animal que precede al lenguaje, que lo sustenta mediante ese maravilloso proceso evolutivo que lo hizo posible. Nos indica la gran oportunidad del goce eterno aquí y ahora, a sabiendas de que tal goce no inmuniza de la muerte ni protege ante los terribles demonios de la depresión, de la angustia, del sinsentido, del hundimiento absoluto en el absurdo. 

Tal vez por eso, siendo seres hablantes, la gratitud sea el sentimiento más originario e inefable, incluso podría decirse que animal, y quizá también lo bueno en nosotros que nos es inconsciente, eso que un psicoanálisis puede ayudar a revelar.

Agradecimiento sin lenguaje, aunque hablemos. ¿A quién? ¿A qué? Podemos darle las gracias a Dios si somos creyentes, a las estrellas que formaron los átomos que nos constituyen, al Universo, a Todo, a Nada. En realidad, es una gratitud no dirigida. Antes de suicidarse, Violeta Parra había compuesto una hermosa canción, “Gracias a la vida”. Le daba gracias a la vida por la vida misma, resaltando lo que supone eso, mirar, oír, amar, reír, llorar... Tal vez fuera una canción plenamente acertada, por tautológica, porque no cabe expresión finalista, por no requerir la alteridad, aunque desde la creencia pueda ésta ser invocada, por no requerir siquiera la permanencia futura de quien la canta y en ese sentido, quién sabe, tal vez fuera también profética de su muerte.

Esa perspectiva gozosa supone el sentimiento poético de lo eterno, porque, si vivimos, vivimos ya para siempre; no en sentido cronológico, sino sumergidos en el río de la vida, que requiere de la franciscana hermana muerte, de tal modo que una eudaimonía no es ya concebible como un progreso de acumulación de saberes y posesiones sino más bien como una tarea de desapego y de un vaciamiento que mira al origen, a lo esencial, haciéndonos partícipes de la evolución cósmica, acercándonos al misterio del Ser.

Y ese agradecimiento esencial nos impulsa a lo mejor, a lo amoroso, a lo creativo. Lo intuimos en grandes ejemplos, aunque no los hayamos conocido, como Renoir, con sus viejas manos vendadas a pinceles para pintar la alegría. Y lo intuimos en desconocidos que lo expresan de forma cotidiana con la palabra transformadora, con el silencio contemplativo, con la acción de ayuda inmediata y constante.

La gratitud que nos recorre el cuerpo vivo con necesidad de expresión puede mostrarse como participación en el ser de un mundo que se despliega en su incomprensible belleza y tiene la imposible posibilidad de enriquecerlo con la humilde y pequeña participación en forma de creatividad amorosa, de vida poetizada.

viernes, 13 de octubre de 2017

La ausencia de voces.



Ya sólo los meteorólogos hablan del tiempo. Antes lo hacía todo el mundo; en el ascensor, en un mercado, al comprar el periódico. Era el tema más socorrido por común, por fácil. Qué buen día, pero dicen que lloverá mañana... Brevísimos encuentros pero suficientes para hablar de algo, aunque fuera irrelevante. 

Cuando el tiempo de compañía con desconocidos se hacía mayor, en un viaje en tren por ejemplo, surgían otros temas de conversación y algunas veces esa comunicación derivaba en el establecimiento de amistades, incluso en formación de parejas. 
 
Ahora, viajar en tren o en un bus urbano es hacerlo solo, aunque el vagón esté lleno de gente. Cada soledad puede pretenderse paradójicamente comunicativa. El “móvil” y las “tablets” son el elemento más usado; sirven para trabajar telemáticamente, para comunicar banalidades en redes sociales o para evadirse viendo películas u oyendo música. El resultado es que en un medio de transporte público rige el silencio.

Es llamativo que un teléfono acabe concentrando todos los poderes de un ordenador a la vez que se desposee de lo que le da nombre: ya no se habla con él; de hecho, en los trenes se recomienda que, en el raro caso de tener lugar una conversación real telefónica, se realice entre vagones, para no perturbar a los demás viajeros.

Pero el efecto va más allá. Tanto silencio se hace universal y se rompe sólo en conversaciones con amigos claramente definidos como tales. Las grandes superficies comerciales son atractivas en parte porque evitan la necesidad de hablar; hay de todo y basta con elegir lo que se quiera, que se pagará rápidamente al pasar por caja, respondiendo automáticamente al “buenos días”; nada más.

Incluso en un lugar de trabajo, el compañerismo que sustenta la conversación en tiempos muertos va en declive, desaparece. En los grandes hospitales, los médicos no se hablan entre sí; se mandan correos electrónicos, atienden sus móviles en los comedores de guardias, en las cafeterías. Lugares de encuentro como salas de descanso o bibliotecas sencillamente desaparecen. Ya nadie conoce a nadie.

En las casas, ese silencio lleva ya tiempo instaurado y es cada vez más corriente que nadie conozca a sus vecinos.

El resultado de tanto silencio, en la era de la información, con tanta supuesta comunicación en “tiempo real”, es la soledad. De vez en cuando, algún periódico resalta que alguien notifica su muerte en soledad por el molesto hedor de su cadáver al cabo de días. 

Cada vez más gente vive sola, sin tener ocasión siquiera de decir, mucho menos de oír, cualquier banalidad sobre la vida cotidiana. Esa ausencia de contacto humano cotidiano se suple con contactos artificiosos reglados, y así habrá quien se apunte a cursos de lo que sea o a un gimnasio con tal de estar con otros, de coexistir al menos una hora al día y no sólo de existir. Hasta las visitas al médico se reducen “gracias” a la conversión de la propia vivienda en un consultorio, con glucómetros, tensímetros, básculas... y “apps”, esas maravillosas aplicaciones que “cuidarán” de nuestra salud. Y cuando se produce esa visita clínica, habrá siempre en la consulta un elemento disuasorio, el ordenador, barrera entre médico y paciente, que registrará sólo lo que de nosotros valga, sólo datos digitalizables y que servirán para lo que tantos ven maravilla de maravillas, el enfoque “Big Data”.

No sorprende que calen con cierta fuerza iniciativas de resultado incierto como el “cohousing” ante el temor que supone la perspectiva de envejecer en soledad. Pero, si para viejos tanto silencio no es bueno, parece aún más pernicioso para niños, como los que vemos aturdidos ante tablets con las que entretenerlos para que ellos también se callen. 
 
A veces hay la tentación de creer en la existencia de un amo incorpóreo que nos mandara callar y suplir las voces con datos en teclados. Sólo ruidos masivos y gregarios, como los del botellón o de campos de fútbol rompen tanto silencio. Un silencio que ni tal es porque casi nadie se escucha siquiera a sí mismo. Un silencio de parloteo en la nube electrónica. 
 
En la película “Gravity”, la protagonista mostraba la necesidad de oír a alguien aunque no entendiera lo que dijera por hacerlo en chino. La necesidad de la voz del otro es vital si tenemos en cuenta que somos seres hablantes. Sin esas voces reales, no es descartable que uno las acabe oyendo de un modo psicótico, como alucinaciones auditivas. El tiempo dirá.

miércoles, 4 de octubre de 2017

MEDICINA. El premio Nobel de 2017 y los ritmos de la vida


El premio Nobel de Medicina de este año ha sido concedido a tres investigadores, Michael Rosbash, Jeffrey Hall y Michael Young por su trabajo sobre los ritmos circadianos

Hace ya muchos años que ha habido trabajos relevantes relacionados con lo que se ha venido en llamar “cronobiología”, es decir, sobre el hecho de que muchos fenómenos fisiológicos, bioquímicos, que ocurren en diferentes seres vivos, incluidos nosotros, varían cíclicamente con un período próximo a las 24 horas (con cierta tendencia a que sea de 25 horas más bien). 
 
Hay así un ritmo interno que acompaña al ritmo planetario. 

En general, hasta hace relativamente poco tiempo, los trabajos de investigación en este ámbito fueron esencialmente fenomenológicos: tratar de ver qué variables fluctúan y cuáles son los sincronizadores (“Zeitgeber”) relevantes en cada organismo. Una de las herramientas usadas en esos estudios descriptivos fue el llamado “cosinor” , un modo de representación gráfica de procesos biológicos rítmicos. 

La cronobiología tiene ya una edad. Hoy mismo he rescatado del olvido en mi casa un libro viejo, que adquirí hace tiempo, en 1974. Se trata de una obra editada en 1965 por Elsevier, cuyo título es “Biological Rhythm Research”. Su autor, Sollberger, se lo dedicó a dos pioneros, Erik Forsgren y Jakob Möllerström, desconocidos en la práctica. ¿Qué habrá sido de todos ellos? Un gran referente, Franz Halberg, que acuñó el término “circadiano”, murió en 2013.

Pero el enfoque fenomenológico no basta. Hay que ir más allá, desentrañando los mecanismos de ese reloj interno y, para ello, se recurrió, como suele hacerse siempre, a modelos experimentales más sencillos que nuestros cuerpos para tratar de alcanzar una explicación que acabe en los genes. Así lo hizo un gran investigador, Seymour Benzer figura esencial en la Genética Molecular, con su trabajo sobre la genética de estructura fina, y que utilizó moscas de la fruta (Drosophila melanogaster) para tratar de comprender mejor los mecanismos subyacentes a estos ritmos, llegando a descubrir, con Konopka, un gen relacionado con ellos. También usó sus moscas para estudios de neurociencia. Uno acaba encariñándose con los organismos que estudia; en algún artículo perdido vi que quien quisiera trabajar en su laboratorio tenía que pasar por una ceremonia iniciática de ingesta de esas moscas. 
 
En esa búsqueda de los genes involucrados en los ritmos circadianos, cobraron una gran relevancia los hallazgos de los tres galardonados con el Nobel, un premio que a veces se otorga a lo que, siendo importante, ha dejado de ser llamativo, si alguna vez lo fue. 

Muchos científicos han sido y son tentados por el impacto, tanto en publicaciones especializadas como en el ámbito social. Se descubre un gen involucrado en el cáncer, se descubre la importancia de un marcador de Alzheimer, surge un robot quirúrgico, etc., etc. Y resulta estupendo publicar en Nature y salir en la televisión. Siempre hay esa mirada pragmática y vanidosa de la Ciencia como una herramienta de aplicación para resolver un problema, y, a la vez, una carrera hacia el reconocimiento personal. 

Pero el afán real de la Ciencia es el conocimiento en sí. Nada más y nada menos y, a veces, lo que parecía olvidado es felizmente rescatado y valorado.

Aunque se conocía la importancia de la cronobiología desde hace tiempo, se la llegó a asociar con publicaciones pseudocientíficas sobre biorritmos. El caso es que hay situaciones clínicas en las que se sabe de la importancia de la hora para medir un parámetro clínico o analítico o para ingerir un fármaco. Poco más. La cronobiología parecía cosa de unos cuantos chiflados. Ahora se reconoce su valor otorgando un premio Nobel a tres investigadores relevantes de ese campo. Curiosamente ahora, cuando hay tantos avances en el microbioma, en el epigenoma, en tantos “omas”, los del Instituto Karolinska deciden rescatar el valor de una variable física esencial, el tiempo, de un contexto, el bioquímico, en el que suele brillar por su ausencia. Y es que tenemos una visión demasiado estática de la Biología Molecular. Analizamos moléculas, secuenciamos genes, pero no atendemos a sus tiempos, a sus cinéticas. El avance en el conocimiento biológico sufre de esa visión empobrecida de la ausencia del tiempo, siendo así que la vida es dinámica.

Y, sin embargo, tantos tiempos particulares se integran en una gran armonía con el tiempo cósmico, que, a escala de la vida que conocemos, es el planetario, es el del sol, el de la luna, moviéndose a nuestro alrededor (nuestras células no tienen una visión heliocéntrica). Esa armonía es organizada por sincronizadores internos, que llegan a poder prescindir de señales externas aunque se hayan ajustado a ellas, a los ciclos diarios, semanales, mensuales, Esos “Zeitgeber” integran todos los flujos temporales de nuestras moléculas, de nuestras células, de nuestros órganos, para que nuestro cuerpo lo sea aquí y ahora, fluyendo en el tiempo cíclico del mundo. Es un ahora el que impulsará en especies de aves y peces movimientos migratorios. Un ahora también el que nos hará a nosotros sentir hambre o sueño, un ahora sin el que no sabríamos vivir. Y un ahora que retorna, cíclicamente. Día y noche, meses lunares, estaciones, años, enmarcan la vida periódica de nuestro organismo. 
 
Desde lo más básico, desde los estados estacionarios fuera de equilibrio que estudia la Termodinámica de procesos irreversibles, hasta las terribles alteraciones temporales maniaco-depresivas, pasando por los ciclos menstruales y los ritmos circadianos. Una repetición mantenida cíclicamente en un tiempo lineal. 
 
La narración mítica ha sabido armonizar esos dos modos de vivir el tiempo, el de la repetición cíclica y el del progreso lineal en él.

Como es habitual, alguien se preguntará (siempre sucede) ¿Para qué sirven los hallazgos reconocidos con el premio Nobel de este año? y muchos se esforzarán con mayor o menor acierto en responder. Pero es una pregunta extraña a la ciencia, insensata, porque la ciencia, aunque las otorgue, no persigue utilidades sino miradas. Y la mirada cronobiológica nos recuerda que nuestras células bailan la danza de las abejas, de las flores, del sol y de la luna.

Estamos incrustados en la maravilla del Ser, en la danza de Shiva.

Post dedicado a mi amigo, el Dr. Leopoldo García Alonso, quien concibió la Cronobiología como campo apasionante de investigación.

martes, 26 de septiembre de 2017

Psicoanálisis. Reseña imposible de un libro necesario.



Del psicoanálisis puede decirse con cierta facilidad sólo lo que no es. No es una “técnica”, aunque suponga un modo de encuentro clínico. No es una “teoría”, aunque no cese de construirla, no se instala en el “furor sanandi”, aunque asiste a quien precisa una cura. 


No es… no es… ¿Qué es?


Si acudimos al diccionario de la Real Academia Española vemos sólo una pobre acepción: “Doctrina y método creados por Sigmund Freud, médico austriaco, para investigar y tratar los trastornos mentales mediante el análisis de los conflictos inconscientes”. Hubiera sido mejor no haber dicho nada. Hasta se distorsiona la Historia, pues si es cierto que Freud desarrolló su actividad en Austria, no lo es menos que fue judío en una época, la de su vejez, en la que eso no era nada bien visto en su país.


Pero esa dificultad de definición del psicoanálisis no resulta de que estemos ante algo esotérico, sino que es inherente a la complejidad que supone ser humano, al hecho de ser en el mundo, de ser con otros, de ser dicho, traspasado por el lenguaje.


En realidad, sólo los psicoanalistas, a su vez psicoanalizados, pueden hablar de lo que supone el psicoanálisis desde el punto de vista clínico y de su importancia cultural, pues fenómeno cultural es, con una historia que se inicia en Freud, el gran revolucionario que nos mostró nuestro extrañamiento radical, la importancia de lo que desconocemos de nosotros mismos por próximo, por insistente que sea en nuestra vida.


Muchos tomaron fuego de la antorcha freudiana, una antorcha que quema las manos, que es difícil sostener y, sobre todo, alimentar. De todos ellos, una persona es considerada ampliamente como especialmente relevante. Se trata de Jacques Lacan. Su enseñanza ha sido seguida y desarrollada, lo es también hoy en día, por numerosos psicoanalistas, que no se limitan al encuentro clínico sino que también hablan de él, entre sí, en un lenguaje que puede percibirse como difícil desde fuera, pero todo lenguaje acaba siendo difícil si es riguroso. Lo es el matemático, lo es el físico, lo es el de cada área del saber que se precie. Y el psicoanálisis tiene que ver con eso, con un saber, quizá el más importante, al que nada humano le es ajeno en absoluto.


No cabe la vulgarización, una divulgación imposible. Pero sí es factible un esfuerzo de transmisión y eso es lo que han hecho todos los psicoanalistas lacanianos que han contribuido a una excelente compilación realizada bajo la batuta de Gustavo Dessal y Miriam Chorne. Sin pérdida alguna de rigor, su esfuerzo ofrece un libro que es sencillamente interesante, algo que sólo de pocos se puede decir.


La compilación, ofrecida como un texto cuya lectura es difícil pero apasionante, marca un hito en la aproximación de todo un mundo, como es el psicoanálisis, al lector ilustrado, inquieto, buscador. Da respuesta a una curiosidad que no se permite la asfixia de la rapidez que pretende una síntesis banal. 


Su título incluye el nombre del maestro de tantos, Jacques Lacan. Y el subtítulo apunta a la pretensión esencial, desde esa gran referencia: “El psicoanálisis y su aporte a la cultura contemporánea”. De eso se trata; de mostrar la extraordinaria influencia que el psicoanálisis tiene y, sobre todo, puede tener, en la cultura actual y futura.


Resumir un libro así equivaldría a amputarlo. Reseñarlo parece tarea imposible. Darlo a conocer es un mínimo y necesario gesto de gratitud a quienes lo han construido.


sábado, 23 de septiembre de 2017

México llora. Dios se calla.



"Que nuestra respuesta sea o el silencio o las palabras que nacen de las lágrimas” Francisco, Papa.

Ocurrió en Lisboa en 1775 y Voltaire escribió “Candide”. Ya había pasado en Pompeya. Se repitió en muchas ciudades. Ahora le tocó a México. Volcanes, terremotos, tsunamis... Un terremoto hace ver que los temblores de la tierra no son precisamente los de la madre que a veces es imaginada por un ecologismo ingenuo. No se estremece Gaia; simplemente el suelo deja de ser sólido y todo se cae.


Bueno, ya lo sabemos. Esas cosas pasan. Un meteorito extinguió los dinosaurios y las nuevas condiciones propiciaron la expansión de los mamíferos y, al final, de esa ramita colateral que nos dio origen. 


En la frontera Pérmico - Triásico muchas especies se extinguieron. Quién sabe, de ellas podría haber surgido una inteligente y, a la vez, buena, no como la nuestra. Contingencias.


Desde la posición atea, no hay nada más que decir y mucho que hacer: investigar para que la ciencia avance y permita pronosticar esas catástrofes, reduciendo su impacto.


¿Y desde la opción de la creencia en Dios? Quizá la misma respuesta en la práctica, pero parece imposible no asociarla a tintes emocionales. Se retorna al eterno problema de la teodicea, ¿Por qué Dios, siendo omnipotente y supuestamente bueno (no cabe mayor antropomorfismo en esto), permite que haya decenas de niños muertos, sepultados en un minuto? Si coincidimos con el escéptico creyente Martin Gardner, un milagro podría hacerse de modo elegante, sin ser percibido, si Dios manipulase la longitud de onda asociada al fenómeno básico que inscribe algo. Y, por otra parte, ni milagro parece necesitarse. ¿No podría evitar Dios una tragedia así? Ni nos daríamos cuenta de que lo hace. ¿Por qué esa lejanía?

Ante una catástrofe tan grande, ante la visión súbita del mal natural, como ante el choque con la maldad humana, la creencia colisiona frontalmente con el gran silencio del Absoluto en quien se cree. Un silencio mostrado en Auschwitz, un silencio que resuena aquí y ahora en México, como lo hizo, como hace, tantas veces.


La única oración que parece permisible es la queja, incluso odiosa más que de resignación. El Absoluto, lo Innombrable, el Gran Espíritu, Dios, parece alejado, como si no existiera, invitando a creer, de hecho, que no existe en realidad, porque no le importa lo importante. ¿O acaso no es importante lo sucedido? 


No es que Dios se haya muerto. Es que es inconsciente, nos dijo Lacan.


No hay consuelo religioso que valga ante tamaño absurdo. Sin embargo, aun así, algunos somos obstinados y persistimos en dar por hecho que, a pesar del horror y del absurdo, un fundamento amoroso sostiene el mundo. Parece un sentimiento patético. No es algo racional. Tampoco es algo emocional, sensiblero. No es el resto de una aspiración infantil. Es el sentimiento de una evidencia íntima que se resiste incluso ante lo más horroroso. Sostenida en la belleza del propio universo, en la contemplación de una flor silvestre, de un gorrión. La estética natural puede fundamentar la creencia esencial, aunque sea difícil expresarla como discurso no simbólico.


Mirar serenamente una brizna de hierba nos funde con ella, nos permite la participación cósmica que nuestro pensamiento racional elude. No es propiamente el sentimiento oceánico freudiano. Es distinto. Esa mirada, que se hace infantil, renuncia paradójicamente al infantilismo que permanece como sesgo antropomórfico de la perspectiva. 


De algún modo extraño, tanto como evidente e inefable desde la creencia real, Dios, a quien se llega a poder incluso “odiar” de algún modo en más de una ocasión, esta ahí, sugiriendo que lo más próximo, lo más inmediato, nos resulta a la vez demasiado lejano. Si Jesús, que llegó a defender su natural filiación divina, sintió el gran abandono, toda esa aparente crueldad del Padre, en la cruz, parece que la única opción del creyente ante la tragedia sea la minúscula ayuda que pueda ofrecerse, como la que presta ahora mismo tanta gente, y el abrazo espiritual realizado con unos ojos limpios por las lágrimas con que aflora la gran incomprensión del mundo que nos hace humanos. 

De algún modo extraño, el amor se impone en medio del horror. Eso también nos humaniza y nos acerca al Gran Misterio ante el que justificadamente nos quejamos.

lunes, 18 de septiembre de 2017

MEDICINA Y LENGUAJE. Ser, Estar y Tener.


No seríamos humanos sin el lenguaje, y todo lo que hacemos y sentimos es dicho de un modo u otro. Sólo lo místico es inefable aunque se intente mostrar poéticamente.

La Medicina está también atravesada por el lenguaje, y el énfasis que se pone en determinados verbos parece ir ligado a cambios en la historia de la práctica clínica reciente y parece además tener consecuencias.

Así, aunque parezca lo mismo, no es igual decir que se está, que se es enfermo, o que se tiene una enfermedad.

Cuando se habla de ser, parece darse una identificación ontológica con la falta, con lo que amenaza la vida o perturba la salud. Cuando hace años se decía de alguien que era tuberculoso, se aludía en la práctica a una alta probabilidad de muerte. Eso no ocurre hoy en día, en que la tuberculosis puede desaparecer tras un tratamiento eficaz (en nuestro primer mundo al menos). Tal vez por eso se diga más bien que la tuberculosis se tiene; sólo porque puede dejar de tenerse.

La ambigüedad se da en enfermedades consideradas hoy muy serias, como el cáncer en general (aun cuando haya muchos tipos y de muy distinta agresividad). En una época en que se ofrece una visión de la Medicina como algo omnipotente, nadie es canceroso; se disimula eso en los hospitales hablándose de pacientes oncológicos, que parece lo mismo, pero suena de un modo muy distinto. Y, de hecho, se dice más bien que alguien tiene cáncer, nunca es canceroso, lo que propicia a la vez que se insista en la conveniencia de que el paciente “luche”, como si eso fuera factible, contra lo que “tiene”, para dejar de tenerlo. Se harán carreras con lazos y globos de colores, se mostrarán testimonios televisivos de supervivencia, etc. Nada como ser positivo, asertivo y todas esas cosas de la psicología positiva.

Parece que se tiene lo que es agudo y generalmente curable (una apendicitis o una amigdalitis) o lo que, no siéndolo, se intenta curar, incluyendo situaciones graves (un cáncer metastásico, un infarto, un ictus...)

El verbo “ser” alude en general a lo crónico pero que no supone un peligro letal inmediato. Se es broncópata, cardiópata o hepatópata, por ejemplo. También alcohólico, obeso o drogadicto. El término “es” puede incluso usarse para hablar de algo que sí se tiene realmente y se dice, por ejemplo, de quien desarrolla anticuerpos contra el virus del SIDA, que “es” VIH positivo, algo muy diferente a decir que es un sidoso.

Puestos a ser lo peor, nada parece tan malo como ser un “caso bonito” según el pintoresco criterio “estético” que usan a veces los médicos, porque un caso así, a diferencia de cuerpos modélicos, nunca es envidiable.

Cuando la situación es aguda y remite con cierta facilidad se utiliza también el “estar” como un modo transitorio de ser. Se está con gripe, se está enfermo, se está mal simplemente. Ese “estar mal” puede ocurrir en un contexto de gravedad o no. En cierto modo, estar equivale a tener.

Hay también un término de uso lamentable por parte de algunos médicos. Se trata de “hacer”. No es raro que se diga que un paciente hace una complicación. Alguien hizo una neumonía, un derrame, incluso un fallo multiorgánico. Es así el paciente el que hace, el que construye, sin querer desde luego, su propia muerte.

La diferencia entre ser, estar y tener supone connotaciones no despreciables en un amplio campo de la salud, el mental. Decir de alguien que está deprimido no supone lo mismo que indicar que “es” un enfermo uni o bipolar. Como en el contexto orgánico (no ha de olvidarse la aspiración organicista de muchos psiquiatras), estar o tener sugiere algo curable, a diferencia de ser. No parece lo mismo decir “es esquizofrénico” que “tiene esquizofrenia”. El uso del verbo ser supone con mucha frecuencia una estigmatización ontológica, en tanto que el tener alude a una cierta esperanza en el poder de la Medicina o de la Psicología. Algo va mal con la serotonina o con cualquier amina y para eso están los profesionales.

A la vez, el verbo ser puede facilitar cierta identificación subjetiva con la enfermedad, en un juego que siempre se da con culpabilidades asociadas. Ha de tenerse en cuenta que, en el ámbito orgánico, se sugiere que, a veces, uno enferma por su culpa (por no mirarse, no cuidarse, por ser sedentario, por una “mala vida” en general). Esa culpabilidad más o menos percibida, frecuentemente asumida, no es igual si se es enfermo que si se tiene una enfermedad. Uno podría considerarse más culpable de “ser” broncópata (por fumar, por ejemplo) que de “tener” un cáncer de páncreas.

De modo análogo puede ocurrir que el ser enfermo (o supuesto enfermo) implique una responsabilidad propia en tanto que el tener una enfermedad aluda a la exclusiva responsabilidad de profesionales. No es lo mismo ser un niño rebelde, inquieto, que no atiende en clase, que tener TDAH (trastorno de déficit de atención con hiperactividad). No es lo mismo estar deprimido que tener una depresión; el enfoque personal ante lo que parece igual puede ser muy diferente. Desde el estar deprimido puede surgir un análisis en tanto que ante la depresión como añadido se recurrirá a aumentar la serotonina. No es incompatible la farmacología con la palabra pero con frecuencia se excluyen.

Parece ser precisamente ahí, en el ámbito de la salud mental, en donde debiera cuidarse más la terminología, porque entre ser y tener hay claras diferencias tácitas. Lo que se tiene puede desaparecer, lo que se es, no, para bien y para mal. Y vivimos una época de alegre etiquetado ontológico, facilitado por tristes manuales como el DSM.

Incluso en la situación límite, parece más digno, más humano, decir que alguien se está muriendo a señalar que es terminal.

Este post ha intentado ser una mera y pobre aproximación a la necesidad de considerar la importancia del lenguaje en algo tan importante como lo concerniente a la salud y, especialmente, a la salud mental. Desde aquí, la pretensión es sugerir más que afirmar. Probablemente mucho de lo expresado (que es muy poco por otra parte) sea errado o requiera matizaciones. Pero parece que algo habrá que hacer con el lenguaje médico, especialmente para centrar las cosas, sin crear estigmas pero tampoco falsas expectativas. Serís deseable usar siempre un lenguaje compasivo, entendiendo compasión en el noble sentido, en el plenamente humano, y mostrada desde la posición profesional.

El lenguaje usado lo es en un contexto de obsesión por algo inexistente, el ser normal, pues nadie lo es; lo es en una época en que somos “certificables” como las máquinas, en un contexto fuertemente neomecanicista. No sorprende que en el lenguaje cotidiano se hable de “ITV” para referirse a un examen clínico que, por otra parte, sí tiene muchas analogías con un examen de conocimientos en el que uno puede ser culpable de suspender, también por pereza. Y ese suspenso, muchas veces en una evaluación clínica no siempre necesaria, "preventiva" (horrible palabra en Medicina por la exageración que de tal término se hace), puede ensombrecer innecesariamente la vida aunque pretenda conservarla o incluso alargarla.